Tensión en Las Torres de Cotillas tras una pelea multitudinaria

Acceso al bloque de viviendas, tapiado por los vecinos./J. C. / AGM
Acceso al bloque de viviendas, tapiado por los vecinos. / J. C. / AGM

La trifulca, en la que se usaron palos y cuchillos, se produjo el mes pasado entre los okupas de un bloque de viviendas y varios vecinos, que siguen amenazados

Raúl Hernández
RAÚL HERNÁNDEZ

Los ecos de los gritos y los golpes de la pelea multitudinaria, ocurrida hace tres semanas en un barrio de Las Torres de Cotillas, aún resuenan en sus calles. Las consecuencias de la trifulca, en la que se vieron implicadas casi una treintena de personas con palos y cuchillos, mantienen en tensión a los vecinos de la barriada de El Carmen y de los distritos cercanos, en Las Torres de Cotillas. «Desde aquello, nadie quiere acercarse por aquí», explica una residente.

La reyerta se produjo el pasado 14 de octubre, cuando familias de etnia gitana, que habían ocupado un bloque de viviendas, y residentes del barrio de origen africano se enzarzaron en una batalla campal, en plena calle. Duró más de veinte minutos, «muy violentos», en los que hubo cuatro heridos, recuerda una testigo. La pelea se fraguó meses antes, cuando algunos integrantes de las familias de okupas empezaron a acosar al dueño de un locutorio, de origen senegalés. «Le amenazaron de muerte varias veces. Le rompieron el escaparate de la tienda. Una vez embistieron con un vehículo su coche. Dentro iba su mujer con sus hijos», asegura la empleada de un bar. El propietario del local, indican, aguantó los ataques. Pero la chispa prendió tras una discusión en el colegio entre su hijo y un menor, miembro del clan.

«El tío del niño vino al local a pedir explicaciones. Mi marido le dijo que ya había hablado con la madre del chiquillo, y que todo estaba solucionado. Pero el hombre le contestó que le iba a romper el cristal del locutorio otra vez y que le iba a matar. Ese lunes empezó la pelea», lamenta la mujer. A la refriega entre los dos hombres se unieron más de quince miembros de los clanes y otra decena de amigos del dueño de la tienda. Varias patrullas de la Guardia Civil acudieron al lugar y los agentes desplegaron, ese día y durante toda la semana, un dispositivo de vigilancia para calmar los ánimos. «Fue una semana intensa», recuerda una de las afectadas, de origen africano. Añade que tuvo que llevar a sus hijos al colegio escoltada.

«Nos siguieron amenazando, y llamamos a más familiares para que hicieran guardia». Finalmente, dieron un ultimátum a los okupas para que se fueran y se marcharon a la semana siguiente. Los vecinos tapiaron el acceso a las viviendas. «Dicen que se han ido a Lorca, pero tienen familiares que siguen en el barrio, y vigilan. Están esperando a que se calme todo para vengarse», advierte una residente.