La historia de una oftalmóloga imparable

La historia de una oftalmóloga imparable
ÁLEX

Dolores López fue una de las primeras mujeres médicas de la Región; a sus 85 años imparte clases de japonés en la Obra Social La Caixa. Pionera y luchadora por la igualdad, cree que «es preferible que las mujeres hagan su papel y demuestren lo que valen en lugar de estar sacando pancartas por las calles»

Juan Ruiz Palacios
JUAN RUIZ PALACIOS

A sus 85 años no quiere parar. Porque Dolores López, una de las primeras mujeres médicas en Murcia y colegiada como oftalmóloga en 1962, tiene claro que la vida es una carrera constante. Esta murciana recibió con entusiasmo el premio 'Murcia en igualdad', otorgado por el Ayuntamiento a principios de mes. Ni la silla de ruedas en la que se desplaza ni los achaques de la edad le impiden continuar viviendo cada día como si fuera el último.

Dolores nació en el barrio murciano de San Antolín, donde sintió desde bien pequeña el flechazo de la medicina al ver a su padre, doctor, como una persona ejemplar. Este médico fue «preso político al terminar la guerra y permaneció en la cárcel durante ocho años», explicó un día Dolores, que estudiaba en aquella época en el colegio Nuestra Señora de Los Desamparados, en Murcia. Como su madre no podía seguir pagando sus estudios, se dirigió al centro para dar de baja a Dolores. Pero su profesora, doña María Hurtado, le contestó: «Su hija seguirá viniendo a clase para no estropear su brillante porvenir». Y así fue. Dolores continuó cursando sus estudios hasta que finalizó el Bachiller, allá por 1950.

Nada más terminar, esta murciana le dijo a su padre que tenía que ser médica, pero este le contestó que en Murcia no había facultad y que una mujer no se iba sola por esos mundos de Dios. Así que ella se matriculó un año en Químicas. Al finalizar, volvió a insistirle con persuasión a su padre, y este accedió finalmente a que su hija estudiara Medicina en la Facultad de Granada.

Cerca estuvo de no cursar Medicina, ya que no había facultad en Murcia y su padre decía que una mujer no debía andar sola por esos mundos de Dios. Pero tras hacer un año de Químicas, le insistió -siempre fue muy insistente- y lo convenció para que la dejara marcharse a Granada

Dolores, que sigue siendo una persona insistente, se marchó a tierras andaluzas para convertirse en lo que ansiaba. «Éramos cuatro mujeres entre 300 estudiantes de Medicina. Entonces sí que había desigualdad», confesó cuando recibió el premio del Ayuntamiento. Porque esta murciana es de las que piensan que «es preferible que las mujeres hagan su papel y demuestren lo que valen, al igual que los hombres, en lugar de decir que hay desigualdad y sacar pancartas en las calles. Los hechos son los hechos».

Durante su trayectoria profesional -montó su clínica en la calle Madre de Dios de Murcia- se dio cuenta de que era feliz en su lugar de trabajo. Por eso pasaba largas horas en la consulta, que por cierto tenía una lista de espera de hasta tres meses. Su marido le decía que era feliz cuando la veía trabajando. Pero el momento más duro de su vida fue cuando un accidente se llevó para siempre a su esposo, con tan solo 45 años. A pesar de ello, Dolores sacó fuerza para sacar a sus tres hijos adelante.

Quienes la conocen saben que es una anciana adorable, insistente, trabajadora y exigente. «Es una persona que no se detiene en su empeño hasta que consigue sus objetivos», cuentan sus más allegados.

Amante de la pintura

Ella se resta importancia cuando muchas compañeras de profesión recuerdan que fue quien abrió el camino de las mujeres médicas en la Región. «En aquel entonces, la gente veía raro que una mujer fuera médico. Pero hay que hacer las cosas, no decirlas», advierte. De hecho, un compañero le propuso que encargara tarjetas solo con sus apellidos, pero ella, que siempre fue una mujer contundente y firme en sus principios, se negó en redondo.

Después de largos años trabajando y curando enfermedades oftalmológicas a sus pacientes, Dolores se jubiló a los 58 años, empujada por tres ictus que inmovilizaron parte de su cuerpo, pero de los que acabó reponiéndose. Y de nuevo decidió no quedarse quieta y se convirtió en voluntaria de la Obra Social La Caixa, donde imparte talleres y conocimientos de diversas materias. Porque su mayor afición, como siempre ha dicho, es el trabajo.

Al margen de ello, le gustan la música clásica, la pintura y los vídeos de fotografías. Pero su pasión es el japonés. Su sueño siempre fue ir al País del Sol Naciente, aunque por circunstancias de la vida no lo logró. Ahora imparte clases de este idioma y además enseña a utilizar algunas herramientas informáticas para hacer presentaciones con diapositivas. En el último año, ha hecho nada menos que unos 500 vídeos con fotos tomadas por ella misma. «Yo moriré con las botas puestas, porque prefiero seguir trabajando», cuenta esta mujer, luchadora como ella sola. «Todavía tengo la cabeza en su sitio para seguir adelante con mis cosas», confiesa, con una voz que suena tan tierna y débil como firme.