Una muy fea historia carcelaria

Imagen de las instalaciones del centro penitenciario de Campos del Río, donde se produjo la agresión. / Edu Botella / AGM
Imagen de las instalaciones del centro penitenciario de Campos del Río, donde se produjo la agresión. / Edu Botella / AGM

Un juzgado de Mula investiga a cuatro internas de Campos del Río sospechosas de retener a una compañera e introducirle los dedos en la vagina en busca de cocaína

Ricardo Fernández
RICARDO FERNÁNDEZ

Las cárceles ya no son lo que fueron -ni siquiera se les llama así desde hace largos años-, pero una cárcel siempre será una cárcel. Un ecosistema peligroso. Bien lo sabe E., a quien nadie definiría como una pardilla. Toxicómana con múltiples ingresos en prisión a sus espaldas, acumula innumerables sanciones disciplinarias por utilizar las comunicaciones con sus familiares para introducir sustancias estupefacientes en el centro penitenciario. Incluso le han llegado a ser suspendidos esos contactos, después de haberse hallado algunos paquetes con droga entre las ropas que le entregan.

Pero ese día, el del pasado 3 de enero, sí le han autorizado a comunicar. Y todo quisque en el módulo 15 de Campos del Río sabe que le toca vis a vis y que quiere aprovechar la coyuntura para meter unos gramos de farlopa en el talego. Incluso a una de sus colegas, C., le ha prometido unas dosis, ya que le tienen que hacer la prueba de la cocaína y quiere que le salga positiva, y a otras les ha garantizado que saldará con ellas todas las deudas contraídas.

Su particular cuento de la lechera se desmorona, sin embargo, cuando las funcionarias le encuentran el paquete con la droga en el habitual cacheo tras el encuentro con su pariente. Ella se dice que lo raro, teniendo en cuenta sus antecedentes, hubiera sido que colara.

La víctima había tratado horas antes de introducir droga en prisión durante un encuentro vis a vis, pero las funcionarias le requisaron el paquete

La juez ha calificado en un principio estos hechos como constitutivos de presuntos delitos contra la integridad moral, vejación injusta y lesiones

En esas está E., ya de vuelta al patio, rumiando su rabia y su frustración, cuando se le acerca Esmeralda y le dice que la siga, que quiere dar una vuelta y hablar con ella. La tal Esmeralda es, para quien no la conozca, una de esas internas a las que resulta complicado darles un no por respuesta, si es que le tienes un mínimo cariño a tu jeta y no tienes interés en que te la remodelen sin anestesia. Con siete ingresos en prisión desde el año 1995, el último de ellos por meterle fuego presuntamente a una vivienda tras un rifirrafe con los dueños, y con nueve sanciones acumuladas en un solo año por agresiones a otras presas, por robarles la medicación, por fabricar alcohol con frutas fermentadas y por alteración del orden en el patio, entre otras minucias, bien puede decirse que Esmeralda responde a lo que en la jerga carcelaria de conoce como una 'kie'. O sea, una chunga. Una chunga, pero chunga que te cagas.

Así que E. se pone en marcha y camina unos metros junto a Esmeralda, hasta que esta toma asiento en un banco situado a las puertas de los aseos, y le indica con la cabeza a E. que haga lo propio. Por su lado pasan Dolores, María Belén y María, que se asoman a los servicios y con un gesto le hacen saber a Esmeralda que está el camino libre. Y en un segundo, rodeada por sus compañeras, E. se ve arrastrada hacia el baño.

«No tengo lo que buscáis»

«Les dije que lo que buscaban lo tenían las funcionarias, porque en el cacheo me habían quitado la droga», contaría solo unos minutos más tarde, cuando por pura casualidad se vio libre de una pesadilla de la que no sabía cómo escapar. «Pero ellas me empujaron contra el baño y me lanzaron contra la pared».

«Mientras Esmeralda me empujaba, las otras tres sujetaban la puerta para impedirme que salga. Esmeralda me bajó los pantalones, me metió los dedos en la vagina y luego lo volvió a repetir, con más dedos, porque no encontraba lo que buscaba (la droga). Dolores me sujetaba por los brazos, María Belén me abría las piernas y María seguía sujetando la puerta. Yo me oriné encima del shock. Cuando no encontraron nada, Belén colocó una bolsa negra en el suelo y me dijeron que tenía que defecar en ella».

El incidente, de una gravedad extrema, se resuelve por mera casualidad cuando una funcionaria comienza a llamar por megafonía a E., requiriéndola a pasar por la cabina para firmar el parte por la aprehensión de las drogas efectuada unas horas antes. Las cuatro internas supuestamente implicadas en la agresión cambian drásticamente de actitud y salen al patio como si nada hubiera ocurrido, mientras E. apenas acierta a recomponer la figura. Temblorosa y todavía aterrada, sale del aseo y se encamina hacia la garita de las funcionarias, a las que relata lo que le ha ocurrido. Rápidamente se activa el protocolo previsto para este tipo de sucesos.

Una versión por cabeza

Las reclusas son llamadas a comparecer para que ofrezcan su versión de los hechos y cada una sale por un sitio. Ninguna explicación coincide con otra, salvo en el intento de cada una de las internas de exculparse a sí mismas y en el hecho, no rebatible, de que la víctima iba a tratar de introducir cocaína en el centro penitenciario y todas lo sabían. Así, Esmeralda reconoce que «todas decían que ella tenía droga, que la iba a meter en el centro a través del vis a vis y prometió a muchas chicas que iba a saldar sus deudas, por lo que la estaban atosigando».

Pero, seguidamente, no solo se aleja de cualquier agresión, sino que se pone a sí misma como salvadora de E. «Les dije a las chicas que la dejaran en paz, que si tenía droga o no era suya y que si ella quería invitarnos, pues perfecto. Había mucha gente dentro del baño y nadie para solucionarlo. Yo solo intervine para que cumpliera con las chicas con las que tenía una deuda».

Al ser interpelada acerca de si le bajó los pantalones, afirma que «eso no va conmigo. Ella se ofreció a hacerlo para demostrar que no tenía nada, aunque yo le dije que no hacía falta».

Dolores, por su parte, relata que «entré al baño al ver que había mucha gente. Vi a E. y una bolsa negra en el suelo para que hiciera de vientre. Ella decía que no tenía nada porque se lo habían requisado. Me fui enseguida porque no quiero peleas».

Una versión idéntica, prácticamente, a la que ofrece María. «Vi mucha gente y me asomé al baño a ver qué pasaba. Estaba Esmeralda en el váter con E. y le decía: 'Sácatelo todo, porque si no te lo voy a sacar yo'. Cogí y me salí del baño».

Y María Belén, que reconoce que se enteró de que E. iba a traer droga porque lo estaban comentando las otras internas en el patio, explica que al asomarse al aseo «me dio risa escuchar a Esmeralda diciéndole a E. que tenía que defecar en una bolsa. La puerta estaba entreabierta y no vi más. Luego salió Esmeralda diciendo 'qué asco' y se lavó las manos con lejía y friegasuelos. E. estaba muy afectada, en shock».

Contra la integridad moral

La dirección del centro penitenciario da parte al juzgado de guardia de Mula y le remite el expediente que se ha incoado contra las cuatro reclusas, así como el contenido de las declaraciones que han prestado ante los funcionarios.

Pocos días más tarde, todas ellas se ven obligadas a comparecer ante la titular del Juzgado de Primera Instancia e Instrucción número 2, Belén Lentisco, donde vienen a repetir más o menos lo mismo. Solo Esmeralda se acoge a su derecho a no responder a la juez ni al fiscal y, a preguntas de su letrado, se limita a dejar constancia de su condición de toxicómana. «Tomo drogas desde los catorce o quince años. Consumo cocaína base, caballo (heroína), pastillas como Rohypnol, Trankimazin, Tranxilium... de todo lo que encuentro. También estoy en tratamiento psiquiátrico».

La juez les imputa presuntos delitos contra la integridad moral, vejaciones injustas y lesiones. Por esta vez resulta bastante indiferente que dicte o no auto de prisión. Están ya todas dentro. Ahí siguen.

Castaño: «Dudo de que no se defienda alguien tan curtido en esos ambientes»

Melecio Castaño, letrado de Esmeralda, la principal encausada por estos hechos, expresó sus muchas reticencias sobre el relato de la víctima. «Dudo de su veracidad, ya que si los hechos ocurrieron como relató, es decir, siendo forzada entre varias, que la empujaron contra la pared, la sujetaron de los brazos y las piernas, y la golpearon en el pecho, no se entiende cómo al ser examinada por el médico, tan solo dos horas después, solo se detectó una pequeña lesión superficial, y ni un solo hematoma en todo el cuerpo».

Además, resaltó que la interna agredida «no es una reclusa apocada precisamente, sino que cuenta con numerosas sanciones disciplinarias. De ahí que me llame la atención que una mujer más que curtida en los ambientes carcelarios no se defienda mínimamente. Habrá que esperar a ver cómo evoluciona la investigación antes de llegar a conclusiones precipitadas».