El caso Gromenauer

Costó mucho lograr unas cotas mínimas de libertad para dilapidarla con estas actuaciones de otra época. Y encima, haciendo el ridículo

Jerónimo Tristante
JERÓNIMO TRISTANTE

Qué grande aquella época en que la literatura alumbraba malos tan sofisticados como el conde Fosco o Sauron. Porque, amigos, hasta para hacer el mal hay que estar 'preparao', tener estudios e inteligencia, porque de no ser así acabas haciendo el ridículo y alumbrando titulares que nos ponen en evidencia a todos los murcianos. Sé que el mal nunca descansa, pero que mejoren, coño. Cuando no se tienen argumentos, y mucho menos la razón, uno busca excusas, patrañas, y queda como Cagancho en Almagro. Los miembros de la Plataforma Pro Soterramiento le enmiendan la plana a los que mandan una y otra vez: están más preparados, son más inteligentes, dominan la comunicación y saben más hasta de ingeniería y trenes, y los otros van de charco en charco, de un ridículo a otro y no dan pie con bola.

El caso Gromenauer. Para empezar, está el asunto de este vecino que firma en Twitter como Pepe Gromenauer y que tuvo un rifirrafe con un periodista. Fue denunciado por el colegio de periodistas y, como ya contó mi buena amiga Rosa Roda, se alcanzó el delirio cuando la Policía se presenta a buscar al señor con un atestado: «¿Es usted Pepe Grijander»?, preguntaron. «No, yo me llamo Gromenauer», contestó el ciudadano. El acabose. Menos mal que la cosa no llegó a juicio porque el afectado, el periodista, tuvo la clase de no denunciar y la cosa quedó en nada porque el colegio nada pintaba allí. Imaginen los titulares y el descojono en lo que hubiera sido un juicio antológico. Aún así, la Policía llamó al susodicho para que acudiera a firmar un nuevo atestado porque se habían equivocado poniendo Grijander en lugar de Gromenauer.

El comando Zarangollo. El grado de nerviosismo de los que mandan y sus palmeros es tal que hace pensar que lo de la llegada del AVE en superficie esconde oscuros intereses. Otro ridículo, el de un asesor de los poderosos demandando en la tele pública la aplicación de la ley antiterrorista en las vías. En Murcia, sí. Surrealista, ¿verdad? Ya veo al comando Zarangollo detenido y sus morcillas, longanizas, paparojotes y, cómo no, las bolsas de pipas. Y no, no se me ha ido la pinza: las pipas.

Implacables contra el fruto seco. Y es que un vecino de Santiago el Mayor ha sido multado con mil euros en pleno frenesí represor del delegado del Gobierno, en un atestado que amenaza con aparecer en la prensa nacional dando una imagen de risa de todos nosotros. Se llega a afirmar en el mismo que el vecino «comía pipas en actitud desafiante lanzando las cáscaras hacia donde estaban los agentes». De traca. Estoy seguro de que en toda la historia de la dictadura franquista en Murcia, no encontraríamos un atestado como este. Yo tengo una bolsa en casa, pero confieso que no sé cómo comérmela por no molestar o ser multado por tan distinguido prócer y adalid de los derechos civiles.

Los chapuzas de Adif. Y para rematar, ahí están los de Adif, los Pepe Gotera y Otilio del ramo del tren. 'Pos' si poco castigo llevaran los Fer Boys, cuando apenas se habían recuperado del escándalo de la fallida subida de sueldo a sus asesores, se encuentran con que los de la Plataforma descubren que una acequia pasa a menos de un metro de las zapatas de la pasarela con el efecto que aquello puede provocar en la seguridad de los vecinos que la crucen. Los de Adif, muy tranquilizadores, dicen que no la incluyeron en su informe por «error». ¿Qué podemos esperar de una empresa con cuatro tíos inculpados en un sumario del que faltan 60 millones de pavos? Dan pánico. Yo cojo el tren porque no me queda más remedio, pero tienen más peligro que Julián Muñoz jugando al Monopoly. En este país ya vimos cómo la inauguración de un tren a prisa y corriendo, sin las medidas de seguridad necesaria, en superficie y por unas elecciones, terminó provocando 80 muertos. Da la sensación de que no aprendemos. En suma, amigos, el Gandhi de La Unión persigue Gromenauers, va a por la industria del fruto seco, busca terroristas en la huerta y se le comienzan a disolver las pasarelas en acequias que no existían. En toda España saben de esta represión, de este retroceso de las libertades y de este viaje en el tiempo de esta panda de nostálgicos. Costó mucho lograr unas cotas mínimas de libertad para dilapidarla con estas actuaciones de otra época. Y encima, haciendo el ridículo.

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