Un pie griego señala a la bestia

Iván, el pasado marzo, tras ser detenido como principal sospechoso del asesinato de su madre y de su hermano. / Edu Botella / AGM
Iván, el pasado marzo, tras ser detenido como principal sospechoso del asesinato de su madre y de su hermano. / Edu Botella / AGM

El 27 de marzo fueron hallados en su casa de Las Torres los cuerpos, masacrados a golpes, de una mujer y su hijo; el hermano mayor, Iván, sigue siendo el principal sospechoso. El sumario ofrece múltiples indicios, pero ninguna prueba definitiva. El acusado, que lleva 9 meses en prisión, asegura que estaba comprando droga en Murcia cuando ocurrió el doble asesinato

Ricardo Fernández
RICARDO FERNÁNDEZ

Unos gritos horripilantes sacudieron a María (nombre ficticio) de su placentero sueño. Le erizaron el vello de la nuca y le impregnaron el ánimo de una desazón desconocida. Eran los chillidos de una mujer. Y sonaban cerca. Muy cerca. Por cuatro o cinco veces la oyó pedir ayuda. «¡Socorro!», suplicaba. «Me impactó mucho porque parecía alguien que temiera por su vida o que se enfrentara a un grave peligro», explicó más tarde ante la Guardia Civil. Después todo quedó en silencio. Un silencio denso y frío, de camposanto. Pero María no logró conciliar el sueño. Se sumió en un inquieto duermevela del que otros gritos y el chirriar de unos neumáticos la volvieron a arrebatar un rato, quizás una hora, más tarde. Los alaridos eran ahora los de un varón. «¡Mi hermano! ¡Mis padres! ¡Policía!», repetía el chico, enloquecido. María y su esposo se precipitaron hacia la ventana y lo reconocieron al instante. Era Iván, el «violento» hijo mayor de sus vecinos. Chillaba y corría como si acabara de enfrentarse al descarnado rostro de la Muerte.

Toda la madrugada de farra Al volante del C3 de su madre

Pese a ser lunes, la 'madrugada' había empezado para Iván G.P. a las nueve y media de la noche y se acabaría prolongando hasta las siete de la mañana siguiente. Que no está nada mal, hay que insistir, para un mero lunes que conduce a un simple martes.

Su madre, Antonia, había regresado a casa hacia esa hora, pasadas las nueve de la noche del lunes, e Iván había aprovechado la coyuntura para cogerle el coche, un Citroen C3 de color gris, y marcharse a Molina de Segura en busca de su colega Rachid, quien le entregó cinco euros y un porro de marihuana.

Tras comprarse un kebab y zampárselo en un callejón, se dirigió a la salida de Alguazas, echó gasolina en la estación de servicio El Puente y se encaminó hacia el barrio de Fátima en busca de un tal Pedro, que también le debía dinero y que le acabó entregando -no consta si con mayor o menor agrado- 65 euros.

Con el bolsillo ya nutrido, Iván retornó a por Rachid, quien le dijo que llevaba cinco euros de hierba, y juntos se desplazaron hasta Zarandona para ver a su amigo Ismael. Después de un rato en casa de este, donde estuvieron gastando bromas y hablando «de negocios», hacia la una de la madrugada Iván volvió a sentarse al volante del C3 y condujo a Rachid de vuelta a su barrio de Molina, tras lo cual retornó a Murcia para recoger a una amiga, por nombre Alex, que no tuvo problema en bajar a la calle en pijama y acompañarle hasta Puente Tocinos, donde fueron a un pub llamado Seybol, del que salió Juan, a quien Iván le dio 20 euros que le debía y luego ambos, Iván y Álex, se marcharon a casa del primero, en Las Torres de Cotillas, donde estaba su hermano Miguel Ángel durmiendo en un sofá del salón y allí Iván se fumó un par de cigarrillos y lió otros cuatro, dos para Álex y dos para él, y los dos retornaron a Murcia, y volvieron a parar en otra gasolinera para repostar cinco euros de combustible, y él dejó entonces a Álex en su domicilio y se marchó a un garito de La Fama a comprar diez euros de cocaína para su amigo Juan, y luego estuvo dando vueltas por Puente Tocinos porque Juan no cogía el teléfono y por eso retornó a Las Torres de Cotillas, y vio que la tele seguía encendida, y subió a su cuarto se sentó en la cama, cogió unas pastillas de Nolotil o algo parecido, y las mezcló con cocaína, pero vio que había echado demasiada pastilla y había jodido la droga y...

'Armas' improvisadas Unas pesas y un acumulador

En ese ir y venir sin rumbo fijo, en ese transitar como pollo sin cabeza en busca de estos y aquellos, en ese oscilar entre ese que me debe dinero y aquel al que se lo debo yo, en ese échame cinco euros de gasolinera y pásame diez de perico, en ese sin sentido de existencia, se le había ido media noche. Una noche que comenzaba a expirar y en la que todavía habrían de expirar su madre y su hermano, masacrados a golpes de una mancuerna y de una especie de resistencia eléctrica -acumulador- de contundentes dimensiones.

La clave de ese salvaje crimen hay que buscarla, como han venido haciendo los investigadores de la Policía Judicial de la Guardia Civil, entre las 4.20 horas de la madrugada, la hora en que Iván dejó en su casa a su amiga Álex, y las siete de la mañana, en que entró en el dúplex familiar para toparse con esa escena digna de una película gore. Fue entonces cuando, en aparente estado de 'shock', el chico salió a la calle corriendo y lanzando alaridos y golpeando puertas y vehículos como si estuviera poseído. Después volvió a subirse en el C3 y salió quemando gomas hacia el cuartel de la Guardia Civil, al que llegó dando golpes en la valla y patadas en el suelo mientras gritaba que había llegado a su casa y había hallado a su hermano lleno de sangre. «¡¡Sangre, sangre, mi madre, mi hermano, están muertos, sangre...!!», repetía en una enloquecida letanía.

Cuando los primeros agentes se desplazaron a la vivienda constataron que lo ocurrido superaba con creces sus peores previsiones. La sangre, concentrada en densos y extensos charcos y en alargadas salpicaduras que se extendían por paredes y techo, confería un aspecto terrorífico al hogar familiar. Sobre sendos sofás estaban tendidos los cuerpos desfigurados de un joven y una mujer madura, a la que el asesino había tapado con una manta como si le violentase la visión de su frágil cuerpo semidesnudo.

Coartada con lagunas A La Fama a por farlopa

Cuando Iván empezó a calmarse explicó a los agentes que al entrar en su casa y ver a su hermano lleno de sangre, se acercó a él, lo agarró y comprobó que seguía vivo, ya que lo escuchó agonizar. Entonces salió precipitadamente a la calle en busca de ayuda.

Con esa explicación, el joven venía a situar el momento del homicidio en unos instantes muy cercanos a su irrupción en la vivienda. Como si el autor o autores del doble crimen hubieran actuado unos minutos antes de su llegada. Precisamente en un tiempo en el que él disponía de una irrebatible coartada, pues a las 6.18 minutos había llamado a su amigo Carlos, que trabajaba de vigilante en la planta de Cañada Hermosa, y le había preguntado cómo se llegaba a esas instalaciones. Después había permanecido junto a él hasta las 6.45 horas, lo cual había quedado fielmente registrado por las cámaras del circuito cerrado del centro de tratamiento de residuos, y se había marchado a casa para toparse con la infernal escena.

Antes de eso, explicó, había estado en Murcia, aunque para probarlo no disponía de testigos. Simplemente explicó que después de estropear la mezcla de cocaína y pastillas, tomó el coche hacia las cinco de la madrugada y se dirigió al barrio de La Fama, donde adquirió otros quince euros de farlopa. Volvió a realizar una nueva mezcla en su coche, se untó las encías y se dirigió a la planta de Cañada Hermosa.

Según su propia versión, Iván habría estado ausente del domicilio entre las cinco y las siete de la mañana, minuto arriba o abajo. Justo el periodo en el que su madre y su hermano habrían sido salvajemente asesinados.

Pero los agentes de la Guardia Civil no tenían el día crédulo. Ni ese, ni ninguno. Para empezar, conocían el carácter conflictivo de Iván y que su listado de antecedentes policiales, muchos de ellos por delitos violentos, daban para varios folios. De otro lado, el escenario del crimen aportaba muchos elementos que apuntaban en la línea de que el asesino no era ajeno a la familia.

Así, de un lado, y eso era especialmente evidente, las numerosas huellas que aparecían por toda la planta vieja de la vivienda, plasmadas sobre la sangre y más tarde proyectadas por varias estancias, eran las de un hombre descalzo, con los pies cubiertos solo por calcetines. Y no tenía mucho sentido, se dijeron los guardias, que un asesino se descalzara para acabar con alguien, sino que era más propio de quien residiera allí y estuviera relajado en su casa.

Por otro lado, no se echaba en falta ningún objeto de valor, lo que parecía descartar el robo. Ninguna de las puertas y ventanas aparecía forzada. Y luego estaba el asunto de las 'armas' homicidas: una pesa y un pesado acumulador eléctrico, que eran propiedad de los hermanos y que parecían descartar la participación de un extraño, pues lo normal es que este hubiera portado sus propias armas.

Tapada con una manta Un gesto de arrepentimiento

Después estaba el hecho, evidente, de que habían trasladado el cuerpo de la madre hasta un sofá y la habían dejado allí en una postura fetal, cubierta con una manta, como si quisieran ocultar su desnudez (iba vestida solo con ropa interior). Un comportamiento típico, para los psicólogos forenses, de quien muestra un cierto arrepentimiento.

También sorprendía que la ropa de Iván no mostrara grandes manchas de sangre, ni había huellas de sus zapatillas en los charcos del salón, lo cual no casaba con su explicación de que había entrado precipitadamente en la casa y se había agarrado a su hermano. Pero lo que menos cuadraba era que asegurara haberle escuchado agonizar, cuando las primeras impresiones de los forenses indicaban que en realidad llevaba muerto un buen tiempo cuando Iván entró en la casa. Concretamente, apuntaban a que el chico y su madre habían sido asesinados a las cinco y media o seis de la madrugada, lo cual se correspondía además, fielmente, con las palabras de esa vecina que declaró haber escuchado fuertes gritos de una mujer en torno a esa hora.

En esas circunstancias, los policías judiciales llegaron a la conclusión de que no quedaba otra opción que detenerlo, como principal sospechoso del doble asesinato, y recabar cuantos datos y pruebas pudieran servir para esclarecer los hechos. Con ello pudieron comprobar que Iván presentaba dos heridas muy recientes en una mano, que bien podría haberse ocasionado en un forcejeo o cuando asestaba un golpe, y al recogerle sus ropas se toparon con un elemento que puede ser clave en la resolución del suceso: en las uñas y entre los dedos de los pies había sangre reseca. Un dato que le incrimina más que cualquier otro, pues apunta a que fue la persona que pisó la sangre cuando iba en calcetines, para seguidamente desprenderse de esas prendas manchadas y sustituirlas por otras limpias -las que le quitó la Guardia Civil estaban intactas-, aunque sin haber adoptado la prevención de haberse lavado los pies a fondo.

El hecho de que las pisadas dejadas en la casa por el asesino fueran de calcetines, y no de los pies desnudos, ha impedido hallar huellas dactilares y plantares, pero un informe pericial establece que quien las dejó tenía un tipo de pie denominado griego, caracterizado por ser el segundo dedo más largo que el pulgar, y que además era cavo en función de su arco plantar. Exactamente igual que los pies de Iván.

Algo a lo que se suma que las dimensiones de las huellas del asesino y las del sospechoso son muy similares, lo que lleva a los especialistas a concluir que «no puede descartarse que las pisadas hayan sido cedidas por los mismos pies».

Después de casi nueve meses en prisión, Iván sigue manteniendo su inocencia, sosteniendo que en la hora en que en apariencia se cometieron los crímenes estaba en Murcia, comprando cocaína. Pero, aunque es cierto que el sumario no ofrece pruebas irrefutables de su autoría, también lo es que el cúmulo de indicios que lo señalan es abrumador.

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