«Me encerré en la consulta y llamé a la Policía; sentí pánico»

La médica de familia agredida en Las Torres de Cotillas, ayer en la sede del Colegio de Médicos, con un cartel del Día contra las Agresiones a Sanitarios. / nacho garcía / agm
La médica de familia agredida en Las Torres de Cotillas, ayer en la sede del Colegio de Médicos, con un cartel del Día contra las Agresiones a Sanitarios. / nacho garcía / agm

Una médica de familia de Las Torres de Cotillas se recupera del infarto que sufrió hace un mes fruto de una agresión

Javier Pérez Parra
JAVIER PÉREZ PARRA

Lleva más de veinte años trabajando en el centro de salud de Las Torres de Cotillas. En su larga trayectoria se ha enfrentado a situaciones conflictivas, a algún insulto, a pacientes o acompañantes que pierden los nervios y faltan al respeto. Pero nunca esos episodios habían llegado a tal nivel de violencia. Sucedió hace ahora un mes. La médica de familia -cuyo nombre se omite para preservar su intimidad- estaba pasando consulta cuando le derivaron a una paciente que exigía atención urgente. Su facultativo habitual no estaba en el centro, como tampoco el vigilante de seguridad.

La mujer entró en la consulta mientras su acompañante se quedaba fuera. «Empezó a exigir tranquilizantes y derivados de morfina que ya tenía prescritos en su receta electrónica», se detalla en la denuncia que la médica interpuso tras la agresión. Entre otros fármacos, solicitaba Rivotril, una potente benzodiacepina.

Cuando la profesional le explicó que no podía aumentar las dosis que ya tenía indicadas en la receta electrónica, la agresividad subió de tono, con una retahíla de insultos y amenazas directas. La médica optó por darle, ante su insistencia, una copia en papel, no sin antes pulsar el botón del pánico, que permite alertar al resto del personal de que hay una situación de riesgo.

Algunos compañeros acudieron a ver qué ocurría, mientras la paciente abandonaba el centro y se dirigía a una farmacia cercana. Como era previsible, allí no le dispensaron ni Rivotril ni ningún otro medicamento, porque ya había llegado al máximo de dosis indicadas.

La agresora y su acompañante entraron de nuevo al centro de salud dando voces. No había vigilante de seguridad para pararle los pies. «La enfermera subió corriendo para decirme que me escondiese, que venían muy agresivos», relata la víctima. «Sentí pánico. Empezaron a golpear la puerta y a mover el picaporte. Hay otras dos puertas en la consulta, y yo pensaba que en cualquier momento iban a entrar. Llamé a la Policía mientras empezaba a sentir un dolor muy fuerte en el pecho», recuerda. Cuando los agentes llegaron, los agresores habían puesto pies en polvorosa y la médica estaba en pleno ataque de pánico. La acompañaron a la sala de electros, donde la atendieron sus compañeros. Ante los síntomas, fue trasladada por el 061 al Morales Meseguer, donde pasó ingresada cinco días. El diagnóstico, un infarto producido por «un síndrome microcirculatorio en relación al estrés», según consta en su historia.

Un mes después, la víctima se ha recuperado del infarto, pero no de las secuelas psicológicas. El miedo sigue ahí. Ha solicitado una orden de alejamiento para la agresora en un juicio rápido del que todavía no hay sentencia.

Cree que lo sucedido debe mover a la reflexión. «En mi centro, el botón del pánico suena una o dos veces cada semana», advierte. Pide abordar el deterioro de la relación entre médico y paciente. «Muchas personas llegan con unas expectativas que no se pueden cumplir, pidiendo bajas laborales, recetas o pruebas que no podemos indicar. Los médicos buscamos minimizar el daño de la enfermedad, pensamos siempre en el paciente, pero no se pueden dar todos los estupefacientes que uno quiera, o mandar una resonancia si no está justificada. No es ético», reflexiona. Pide restaurar la confianza en el médico. «La gente quiere vivir sin enfermedad, y sin dolor, y lo quiere ya, pero eso no es posible», subraya. «Somos de carne y hueso -recuerda- y las cosas también nos afectan. A mí, de todo esto, me ha quedado una cicatriz en el corazón».

El Colegio reclama protección ante las 'mafias del Rivotril'

Lo sucedido en el centro de salud de Las Torres de Cotillas no es un hecho aislado. En los últimos años, médicos de familia y farmacéuticos hacen frente a una creciente presión por parte de pacientes que exigen la prescripción y dispensación de Rivotril, una benzodiacepina que actúa de ansiolítico. En algunos casos, se trata de personas que se encuentran bajo los efectos de la dependencia que genera el fármaco, pero, en otros, tras la agresividad que despliegan estos supuestos pacientes se esconde la acción de mafias que revenden el Rivotril en Marruecos, donde se utiliza para elaborar una droga denominada 'karkubi', que se consume mezclada con hachís. El año pasado, el Colegio de Farmacéuticos detectó más de un centenar de recetas falsas, como publicó 'La Verdad'. Por su parte, la presidenta del Colegio de Médicos, Isabel Montoya, pide medidas para afrontar esta situación. El lunes, otra médica de familia, en este caso en Los Barreros (Cartagena), fue amenazada y agredida por una persona que acudió exigiendo Rivotril.