«Ellos también lo harían por nosotros»

Varias personas sacan cubos de lodo de la biblioteca municipal Miguel Galindo de Los Alcázares. :/J. M. RODRÍGUEZ/ AGM
Varias personas sacan cubos de lodo de la biblioteca municipal Miguel Galindo de Los Alcázares. : / J. M. RODRÍGUEZ/ AGM

Más de 2.000 voluntarios acuden a Los Alcázares para ayudar a los damnificados a limpiar los destrozos provocados por la riada del viernes

RAÚL HERNÁNDEZLOS ALCÁZARES.

Tumbado en el suelo, con la cabeza apoyada en un botellín de agua, con el barro líquido aún goteándole del brazo y con la cara desencajada por el cansancio. Cristian Nicolás, de 28 años, hace un parón a mediodía en lo alto de la escalinata del edificio del Ayuntamiento de Los Alcázares, rodeado de voluntarios, que como él, reponen fuerzas para volver al tajo por la tarde. Cristian llegó ayer por la mañana, desde la pedanía murciana de Beniaján, al municipio devastado por las riadas. El domingo fue el día en que decidió ir a echar una mano, cuando se acercó en coche y vio el desastre. «Había niños muy pequeños limpiando con escobas y con barro hasta en el pelo. Cuando vi esa imagen supe que tenía que estar aquí hoy y mañana, los días en que no trabajo». Ayer llegó a las 8.30 horas, y desde el Ayuntamiento lo mandaron con un grupo a la zona de casas junto al polideportivo, la más afectada por la riada.

'La Verdad' recorre con las brigadas solidarias la 'zona cero' de la inundación, donde 3.000 casas siguen anegadas por el lodo

A las nueve de la mañana, él y otras cuatro personas formaron una cadena humana para sacar decenas de cubos rebosantes de agua del garaje de una vivienda; «parecía que no se acababa». Tres horas después acudió a casa de una mujer mayor y enferma para sacar de su casa todo el fango. «Cuando llegamos estaba sola, sentada en un sofá, con un palmo de lodo en el comedor y con los ojos perdidos mirando la tele apagada», recuerda. El joven es uno de los 2.100 voluntarios que se desplazaron entre el domingo y el lunes desde distintos puntos de la Región para ayudar a los vecinos de Los Alcázares. Cubierta de lodo, es una localidad devastada en la que el ruido de las bombas de achique se mezcla con el ir y venir de los camiones de la Unidad Militar de Emergencias, bomberos y Protección Civil. Hay unas 3.000 viviendas afectadas en la 'zona cero', desde el polideportivo municipal, en la avenida Joaquín Blume, hasta el Paseo de la Feria, corazón histórico del municipio. El sonido es el del chapoteo de botas colmadas de barro que no amagan la pisada contra los charcos, y la imagen, la de un trasiego continuo de gentes con cubos, escobas, bayetas, guantes y muchas ganas de ayudar.

Los voluntarios se paran frente a las casas. «Buenos días, ¿necesita ayuda?», inquieren tres chicas a un vecino de la calle del Álamo. «No, gracias; ya hay tres personas ayudándome», responde el hombre, agradecido.

«La gente está como en estado de 'shock'. Cuando te ofreces a limpiar, no saben por dónde empezar»

En esta vivienda, otro voluntario, Abel Abellán, trabaja toda la mañana junto con su mujer, Tania. Son de San Javier. Se coordinan con Mari Carmen, profesora en Alcantarilla. «Estamos aquí desde el domingo. Hemos estado en tres casas sacando kilos y kilos de fango y tirando enseres a la basura. No se acaba nunca. Es espantoso lo que le ha pasado a esta gente», manifiesta Abel, mientras enrolla el mugriento césped artificial que rodeaba la piscina. Su pareja le observa con la ropa salpicada de pegotes de barro y añade que «la gente está como en estado de 'shock'. No lo han asimilado aún. Cuando te ofreces a ayudar, no saben qué decir, ni saben por dónde empezar a limpiar. Están en una situación dantesca», lamenta.

A su lado, Mari Carmen explica que cuando llegó se puso a recorrer casas para ofrecer su ayuda a los vecinos. «La mayoría de la gente va al Ayuntamiento para apuntarse en una lista y desde allí les suelen dar un destino. Normalmente van a edificios públicos. Yo prefiero ayudar a particulares, que son quienes más lo necesitan».

«Hay que ponerse en su piel»

En la puerta de la casa, una pareja pregunta por el polideportivo. «Nos han mandado al instituto Antonio Menarguez. ¿Está por aquí? Somos de fuera?». Pedro y su novia, María Victoria, vienen de intentar auxiliar a un hombre en su casa, «pero no puede abrir la puerta porque tiene un metro y medio de barro. Han ido los bomberos para ver si pueden abrirla». Ambos son de Murcia y explican que han aprovechado el puente festivo para arrimar el hombro. «Vamos a estar los dos días que tenemos libres. Después de ver las imágenes decidimos venir. Hay que ponerse en la piel de esta gente. Muchos de ellos lo harían por nosotros y creo que dedicar un poco de tu tiempo a ayudar a quienes lo necesitan es uno de los mayores actos de bondad humana. Si perdemos eso, desaparecemos», afirma.

A escasos metros de allí, en la calle de las Adelfas, está una de las zonas más afectadas. El Consistorio ha enviado a un nutrido grupo de voluntarios. El polideportivo municipal, la biblioteca y la guardería son edificios tomados por el fango. En la escuela infantil, cuatro personas ayudan a las profesoras. Acaban de comerse el bocadillo y uno de ellos llega contento porque ha conseguido dos palas. «Nos falta material. Con escobas, cubos y papel vamos a tardar una eternidad». Javi Carrión es el portavoz de la cuadrilla asignada a la guardería. Ayer aprovechó que no trabajaba y llegó a la localidad desde Mazarrón. «Donde vivo también hemos sufrido inundaciones y sabemos lo que es perderlo todo en una riada. Tras eso aprendí el valor de la solidaridad de la gente que en su día nos ayudó. Simplemente sé que tengo que estar aquí, porque si no me sentiría muy mal».

El centro infantil es un lodazal. Masas de barro marrones cubren libros, mesas y juguetes de colores vivos. Domingo Marcos, de 62 años, vecino de la pedanía murciana de Aljucer, se afana en rascar toda la tierra pegada. El domingo terminó de ayudar a su hija y ayer continuó echando una mano en el resto del pueblo. «Estoy jubilado y tengo tiempo libre. Hasta que pueda aguantar estaré aquí», señala el voluntario.

La pista del polideportivo municipal es una piscina con medio metro de fango. Nadie lo está quitando, porque el acceso está peor aún. Manuel Marín es de Los Alcázares. Asegura que esta riada ha sido tres veces peor que la de 2016. Tiene el garaje inundado y mientras la bomba de achique trabaja, aparta a escobazos el cieno de los pasillos de la instalación municipal. «Lo peor son los centros educativos. Mi hijo va al colegio Petra Sánchez Rollán y se han quedado sin libros. En mi casa tengo en la bañera todos los juguetes de los niños para lavarlos», cuenta abatido.

A su lado, Alfonso Vera le pone la mano en el hombro. No se conocen, pero a ambos les chorrea el agua de la ropa. «Yo trabajo en Molina de Segura por las tardes y por las mañana voy a estar viniendo para ayudar a personas como Manuel para que recuperen la normalidad. La gente ve esto desde su casa, pero no es consciente de lo que hay aquí realmente. Cuando entras en coche y ves la devastación, dan ganas de quedarte todo el día», mantiene. Al escucharle, Manuel le abraza y le da las gracias. «Faltan muchas manos, pero las que hay valen mucho».

Más