«Antes o después tendré que apostar por otros cultivos»

Sobre estas líneas, Pascual Soriano 'mima' una de sus cepas, en la fase final del engorde antes de la vendimia. A la izquierda, una parcela de Jumilla con decenas de vides arrancadas de cuajo. /G. López
Sobre estas líneas, Pascual Soriano 'mima' una de sus cepas, en la fase final del engorde antes de la vendimia. A la izquierda, una parcela de Jumilla con decenas de vides arrancadas de cuajo. / G. López

El joven viticultor Pascual Soriano cree que «cuando nos demos cuenta de que no hay agricultores, ya será demasiado tarde»

GUSTAVO LÓPEZJumilla

«Tiene que haber locos en todas partes», dice. Y entre esos locos se incluye él mismo. Pascual Soriano García es un joven viticultor de Jumilla que, con tan solo 24 años, gestiona en solitario una finca con 55.000 hermosas cepas de monastrell. Lo hace con pasión y mucho amor a la tierra, pero también contrariado porque no sabe si se podrá jubilar como agricultor algún día o, «totalmente abatido, tendré que poner fin a mi aventura», a la que parecía predestinado desde que nació.

Pascual se crió en una familia de agricultores. Su abuelo trabajaba en el campo, en el que después bregó su padre. Por eso, cuando terminó los estudios de Bachillerato, el joven jumillano decidió dar el paso y ayudar a su padre en las tareas agrícolas. Lo tenía claro: «A mí siempre me gustó y sabía que sería agricultor». Después de esa primera etapa, conociendo en primera línea las duras tareas del campo, acabó estableciéndose por su cuenta con tan solo veinte años. Compró 37 hectáreas de viñedo en La Casa del Cerro, dentro del paraje de la Hoya Torres de Jumilla. También invirtió en un tractor nuevo y, con toda la ilusión del mundo, se convirtió en agricultor. En uno de los pocos viticultores jóvenes que a día de hoy existen en la Región.

'Miseria intergeneracional'

Admite que le encanta su trabajo, pero no llega a entender los motivos por los que «solo tengo que optar a cubrir los costes de producción». Algo que no le parece triste, sino «mísero», califica con la voz entrecortada. «Todo el mundo trabaja por un sueldo digno que poder llevar a casa para vivir. Tenemos los mismos derechos que cualquier trabajador. Sabemos que no nos vamos a hacer ricos, pero qué menos que poder vivir con tranquilidad el día a día junto a nuestras familias. No somos tontos del campo», concluye con rotundidad y cierto malestar.

Y esto no es un problema nuevo, ni mucho menos. De hecho, la «miseria» que reciben los agricultores murcianos por las uvas que cosechan ya provocaba hace décadas las protestas de su abuelo. Su padre, que aún trabaja en sus propias parcelas, también lleva muchos años clamando en el desierto por un precio justo. Y ahora le toca a él. Tres generaciones de protestas... caídas en saco roto. «Estamos expuestos a lo que la meteorología nos depare durante todo el año. Y es muy duro que, en tan solo unos minutos, un año pase a tener 24 meses por culpa del pedrisco o del hielo. Pero es que a todo eso se une el trabajar sin saber si vas a cobrar o cuánto dinero vas a recibir cuando termines la campaña», lamenta.

Un «perro verde»

Como cualquier joven de su edad, Pascual se reúne con sus amigos los fines de semana y hablan del trabajo. Reconoce sentirse muchas veces «como un perro verde», una 'rara avis' en un mercado laboral en el que «cada vez menos jóvenes se deciden por trabajar en el campo. El cambio generacional está reducido a la mínima expresión, y es normal que la gente aspire antes a estar bajo un aire acondicionado que a la intemperie de sol a sol», justifica.

También justifica Pascual Soriano el arranque masivo de viñedos que se ha producido en los últimos años: «Nuestras familias necesitan comer. Y si las plantaciones que tenemos no nos son productivas, pues tenemos que buscar otras alternativas. Son ya muchos años luchando por los precios y, si no hay soluciones, habrá que buscar otras opciones para poder subsistir». Aunque sus 55.000 cepas producen unos 100.000 kilos de uva, sabe a ciencia cierta que «antes o después tendré que apostar por otros cultivos, como el almendro que parece que ofrece mayor rentabilidad. Solo parece», puntualiza.

De momento, este joven viticultor solo aspira a que «se reconozca el trabajo que hacemos y que una botella de vino que vale 30 euros no lleve dentro solo 80 céntimos de uva. Estoy convencido de que esto alguna vez cambiará y toda la cadena será mucho más justa, y con esa esperanza me levanto cada día y me subo al tractor a las 6 de la mañana». Cuando alguien le pregunta por qué lo hace, él reitera con humor aquello de que «tiene que haber locos en todas partes». El tono de su conversación es ilusionante, pero Pascual tropieza constantemente con una dura realidad que le hace poner los pies en el suelo y reconocer que «el trabajo en el campo es muy duro. Todo el año con temperaturas bajo cero en invierno y a más de 40 grados en verano, esperando a que llegue septiembre para empezar la vendimia. Luego llevas a la bodega la uva que has cosechado con tanto esfuerzo e ilusión y te das cuenta de que no tienes nada», lamenta mientras se mira unas manos ya rudas, a pesar de la edad. «De la agricultura come todo el mundo pero, cuando nos queramos dar cuenta de que no existen agricultores, será ya demasiado tarde», sentencia.