«Los superdotados pasan a veces por tontos»

La escritora Lea Vélez./
La escritora Lea Vélez.

La escritora Lea Vélez novela su batalla para procurar una educación adecuada a las altas capacidades de sus hijos

MIGUEL LORENCIMadrid

A Lea Vélez (Madrid, 1970) se le vino el mundo encima cuando un cáncer de pulmón se llevó a su marido. Viuda y con dos hijos, necesitaba reconstruir su mundo y rearmarse emocionalmente. Lo logró gracia a sus críos, superdotados, y su empeño por procurarles la educación que demandaban. También a la casa que construyó para ellos en una encina de su jardín. «No es raro que en los colegios lo críos con altas capacidades pasen por tontos o vagos», lamenta Vélez, que ha novelado su batalla por atender las peculiares necesidades educativas de sus hijos y reconstruir su vida con ellos en 'Nuestra casa en el árbol' (Destino).

«Yo odiaba el colegio. Como mis hijos, me sentía como un bicho raro», rememora Vélez, guionista de series de TV además de escritora y también superdotada. Tiene un cociente intelectual superior a 150 puntos. Sus dos hijos, de 3 y 5 años cuando abordó el libro, están entre 140 y 150, muy por encima de la media, que se sitúa entre 90 y 100. Sabe Vélez que «en la superdotación hay un factor genético muy claro» y asegura que su novela es «una fábula para adultos que reivindica la infancia, que es lo que nos construye a todos».

«La superdotación es una maravilla y un problema», plantea Vélez, que convirtió la agobiante curiosidad de sus vástagos en un estímulo vital y literario. «Mis hijos me dan cien vueltas. Me acosaban a preguntas, cada cuál más interesante, y comencé a apuntarlas», explica la génesis de su tercera novela. «Mamá, si el agua no tiene color ¿por qué la vemos?». «¿Por qué flota la madera en el agua solo o largo y no en vertical?». «¿Por qué el sol, si es fuego, arde en es espacio sin oxígeno?» o «¿Por qué pasamos más tiempo en el colegio que en casa?», le preguntaban. «Mami, a lo mejor Dios existe porque es una metáfora», aventuraban los críos.

«Ellos me regalaron este libro. Son pequeños filósofos, pura lógica, como casi todos los niños», asegura Vélez, que ya había contado con carácter «notarial» su duelo y su desafío vital más inmediato tras enviudar en 'El jardín de la memoria'. Ahora mezcla realidad y fantasía para imaginar a una madre, Ana, viuda como ella y que cambia de vida para que sus hijos alcancen sin frustraciones su sueño de ser astrofísico y médico.

«He sido mera notaria de las frases y curiosidades de mis hijos. Como una costurera, he armado luego el 'patchwork' con los retales que ellos me han dado», explica. Y lo hizo mientras construía «con mis propias manos y sin ayuda» la casa arbórea que da título al libro «Toda una metáfora y un desafío para demostrarles que una mujer puede hacer lo que se proponga para construir algo sola, ya sea un libro o un universo. Sólo hay que poner un tablón al día durante un año», señala.

Los hijos de Lea sufrían en el colegio. Se aburrían, se rebelaban ante los deberes y no progresaban. Guardaban silencio en clase y no mostraban la urgente curiosidad que alentaba su madre. «Expliqué la situación a los profesores y solo propusieron subirles de curso», lamenta Vélez. No avanzaron hasta que un cambio del colegio dejó atrás un sistema educativo basado en la memoria y las tarea repetitivas y llegaron a otro basado en estimular la curiosidad, el diálogo y el trabajo de campo».

«Es fácil que un superdotado pase por tonto. No es raro que los confundan con niños, hiperactivos, con déficit de atención o disléxicos», reitera Vélez. «No se les detecta. Están en el cole como esperando un autobús que nunca llega, desmotivados y sin horizonte», dice. «Basar la educación en la memoria es la madre de casi todas las desgracias pedagógicas» lamenta.

«El sistema educativo no sabe qué hacer con esos niños que a veces pasan desapercibidos o se confunden con vagos. Los profesores no saben nada de altas capacidades», denuncia. Y lo peor es que nada mejora cuando se mide bien su elevada capacidad intelectual. «Entonces se tiende a creer que son niños sabios y que deben saber de todo, ser genios como Mozart y responder al patrón de las películas». «Por lo general, lo que ocurre es se obsesionan con un tema, ya sea la música o la ciencia, y si esa obsesión se canaliza surgirá un violinista, un tenista, o astrofísico», asevera.

«Me enseñaron tanto mis hijos que quise transmitírselo a otros padres y a los profesores», dice emocionada. «Aprendí de ellos a darles libertad y dónde reside la felicidad». Todo un regalo «ante el sentido de urgencia que procura la muerte de un padre y un marido». «Aprendí que vivir en libertad y ser feliz hoy es lo más importante del futuro y entender sus frustraciones. Que acumular frustración es lo peor que podemos hacer», asegura aclarando que «no he escrito un libro de autoayuda».

«La muerte es maestra de la vida y los niños maestros de padres y madres. Me han enseñado a ser como soy, a ver la vida con más matices. A ser mas literaria y a penetrar en la psicología de las cosas Por eso empecé a cambiarlas» concluye.

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