Manuel Moyano

Manuel Moyano, fotografiado en el café Zalacaín, en Murcia. /
Manuel Moyano, fotografiado en el café Zalacaín, en Murcia.

Qué razón tiene Manuel Moyano (Córdoba, 1963), ciudadano de Molina de Segura desde 1991, excelente y premiado escritor de relatos, viajero en busca de apasionantes horizontes lejanos -y siempre en familia: ¡qué suerte tienen sus hijos!-, tío listo, un punto raro -o dos...-, mago de las palabras, ingenioso, sorprendente en sus textos, exigente y finalista del último Premio Herralde de Novela con 'El imperio de Yegorov'; qué razón tiene cuando dice que le parece ridículo que «siendo poco más que polvo cósmico, nos comportemos como si todo lo que llevamos entre manos fuera importantísimo». Y tanto que sí. Yo le digo a él: «Estoy de acuerdo con Stanley, la vida es demasiado corta». Stanley es uno de los personajes de esta novela inclasificable del todo que es 'El imperio de Yegorov'.

-En su caso, ¿para qué es ya tarde?

-Para ser músico. Creo que se me daría bien, pero con 50 años me faltan arrestos para aprender solfeo. Esperaré a la próxima reencarnación.

-¿Y pronto?

-Para tirar la toalla, para rendirse, para caer en el estupor vegetal de quien no espera sorprenderse ante la vida, de quien ha renunciado a aprender nada nuevo.

-¿De qué le llegó la hora?

-De alcanzar mayor serenidad, de ser más paciente, de recrearme en las cosas.

-¿Qué es un placer?

-Hay muchos, pero inmediatamente me he imaginado comiendo un guiso con mi mujer en algún mesón de montaña y trasegando vino tinto mientras afuera cae la lluvia.

-En la cara, ¿qué viento le gustaría sentir?

-Un viento que barriera las innumerables injusticias que hacen más triste este mundo. Lo sé: ese viento no existe.

-¿Qué no entiende de ninguna manera?

-La mezquindad, la avaricia, la codicia desmedida, la envidia enfermiza, el deseo de someter a los otros.

-¿Qué gente aparca en el desván?

-A los aquejados de las cualidades que le acabo de referir.

-¿Qué es más inquietante que el sonido de los gatos deambulando por el tejado?

-Oír llorar. Oír gritar de dolor, aunque sea a un animal.

-¿Cómo es su relación con sus semejantes?

-Tiende a ser más cordial según avanzo en edad. A día de hoy, diría que bastante buena. Pero nunca dejaré de ser un poco misántropo.

-¿Cómo anda de cordura?

-Lo bastante bien como para que nadie se dé cuenta de que ando mal de cordura.

- Se mira, se observa, se recorre..., ¿quién es usted?

-No me gusta observarme ni recorrerme más allá de lo estrictamente necesario.

-¿'Podemos'?

-Me atraen y me inquietan al mismo tiempo. Quizá haga falta que alguien llegue y arroje al suelo de un manotazo todo lo que había sobre la mesa; lo que no sé muy bien es qué vendrá después.

-De cuanto observa a su alrededor, ¿qué le inquieta más?

-Que por muchos siglos que transcurran, y por muchos avances que se logren, el porcentaje de estupidez en el cerebro humano no parece disminuir.

-¿Tiene algo de profeta?

-Tiendo a especular sobre el futuro, como todo el mundo, pero no me consta haber acertado en ningún vaticinio destacable.

-¿Qué persigue... en la vida y en la literatura?

-Sentirme satisfecho, haber dado lo máximo que podía dar de mí. En otro orden de cosas, llegar a conseguir que nada tenga la capacidad de atormentarme.

-¿Cómo es su sombra y cómo se lleva con ella?

-No soy celoso. De noche la dejo suelta y no le pregunto adónde va.

-¿Y con el hombre misterioso que habita en usted?

-Nuestro pensamiento es como un diálogo permanente, un continuo tira y afloja, pero... ¿quién coño son los interlocutores?

-¿Qué le mueve a seguir recorriendo mundo?

La curiosidad, el placer de ver cosas nuevas. Si uno ha perdido la curiosidad, puede decirse que ya está muerto, finiquitado, 'caput'.

Para gente única

Le gusta a Manuel Moyano recorrer el mundo. En una ocasión, vio unas camisetas, con la leyenda 'Un lugar para gente única', que se vendían en la recepción del neoyorquino hotel Chelsea, citado en canciones de Leonard Cohen y Bob Dylan y en cuyo desaparecido bar el poeta Dylan Thomas agarró «la tremenda borrachera que se lo llevó a la tumba». Joder, Dylan Thomas: «...mi vino que te bebes, el pan que me arrebatas». Guau.

No compró ninguna camiseta, ni se alojó allí, pero esa imagen la reflejó en 'Travesía americana. De San Francisco a Nueva York por carretera' (editorial Nausícaä), el resultado literario de un viaje en familia que comenzó el 19 de agosto de 2010, aterrizando en el aeropuerto de Atlanta, «atestado de marines, muchos de ellos mujeres», y que finalizó un mes después «dando una última vuelta por Queens» antes de coger el vuelo de regreso a España con la placentera sensación de haber hecho realidad un fuerte anhelo. Y sabía Moyano que iba a pasar, que no se puede escribir un libro de viajes por EE UU sin que salgan a relucir Jack Kerouac y su famosa 'En el camino', la novela de culto, convertida en un clásico de la literatura norteamericana, en la que se narran las peripecias enloquecidas, a lomos de Cadillacs y Dodges triturando kilómetros, de Nueva York a Nueva Orleans, Ciudad de México, San Francisco, Chicago y regreso a Nueva York, de Dean Moriarty, nombre en la ficción de Neal Cassady -«un demente, un ángel, un pordiosero»- y del narrador llamado Sal Paradise, en realidad el propio Kerouac haciendo historia literaria. «Sin querer, ni de lejos, compararme con Kerouac, hay que recordar que él viaja con un chiflado que le mete en un enredo detrás de otro, y eso desde el punto de vista literario es una mina porque no paran de pasarte cosas con el zumbado éste que va haciendo el loco todo el tiempo. Así es que creo que en ese sentido Kerouac -insisto en que sin querer compararme con él- jugaba con ventaja, además de que él iba trabajando donde pillaba y yo iba de viaje de placer», recuerda sonriendo, mientras, sin más, porque le da la gana, maúlla un gato. Cuando Manuel Moyano te cuenta sus espectaculares viajes, te dan ganas inmediatamente de: a) seguir sus pasos, b) pedirle por lo que más quiera que te lleve con él, o c) asesinarlo.

-¿Qué le debe a los libros?

-Grandes momentos de placer, cierta forma de ver el mundo, y la amistad de quienes los escribieron, aunque jamás los haya conocido en persona.

-¿Qué tal crítico de sí mismo es?

-El más implacable. Soy como una vacuna para mí mismo, en el sentido de que, si leo una mala crítica, siempre puedo pensar que yo la haría aún más despiadada.

-¿Cuál ha sido su última aventura real?, ¿y soñada?

-Viajar a Barcelona, dar una rueda de prensa junto a [Jorge] Herralde, cenar con él y con Vicente Molina Foix, tomarme unas copas con David Trueba, Javier Cercas y mi mujer... ¡Espere, ahora no estoy seguro de si esta aventura fue real o soñada!

-¿Qué reto se ha propuesto?

-Si hablamos de algo concreto, palpable, escribir una novela que no defraude a los lectores de 'El imperio de Yegorov' y de mis anteriores libros.

-¿Cómo le ha sentado ser finalista del prestigioso Premio Herralde de Novela?

-Solo puedo decir que muy bien. Tener una aspiración y verla cumplida es algo que todos deseamos.

-¿No hubiese preferido usted la fortuna que ganan los escritores del Planeta?

-No soy codicioso.

-Dígame, ¿qué es 'El imperio de Yegorov'?

-Un experimento arriesgado que ha salido bien. Una novela que rompe la estructura convencional pero que, sin embargo, puede leerse perfectamente como un 'thriller'. Escribirla me ha permitido divertirme, mezclar géneros y estilos, emplear muchas voces, hacer un poco el gamberro, y todo ello sin descarrilar. Funciona en varios planos. Al parecer, los lectores se lo están pasando muy bien leyéndola.

Una tribu perdida

¿Y de qué va 'El imperio de Yegorov'? A ver: «En 1967, una atractiva estudiante de antropología llamada Izumi Fukada contrae una extraña enfermedad en la isla de Papúa Nueva Guinea mientras forma parte de la expedición japonesa que busca a la tribu perdida de los hamulai. Este episodio trivial es el primer eslabón de una imprevisible cadena de acontecimientos que prosigue en Japón, salta a los Estados Unidos y termina alumbrando, setenta y cinco años después, una pesadilla distópica a escala planetaria». Y hasta ahí les puedo leer.

«Novela de aventuras y policiaca, 'thriller' político, sátira social y relato de ciencia ficción -todo ello a la vez-», según Anagrama, «'El imperio de Yegorov sorprende al lector por su audacia técnica, por la originalidad de su trama y por su ritmo imparable. Una 'ópera rock' nutrida de personajes como el médico Yasutaka Mashimura (alias Perseverancia), el misionero Ernest Cuballó, el poeta Geoff LeShan, la actriz Lillian Sinclair, el policía Walter 'Capullo' Tyndall o el abogado Alexandr Shabashkin (alias Chacal)». O sea, «una novela teñida de ironía que es también una reflexión sobre la fugacidad de la existencia humana». Porque en este 'imperio de Yegorov' nadie quiere envejecer. Y harán lo que haya que hacer para lograrlo, y tomarán la sustancia que haya que tomar. ¡Ah, la 'elatrina'! Menudo lío se monta con ella.

El jurado del Premio Herralde, cuyas obras galardonadas se publican en la colección 'Narrativas hispánicas', ya sabía que Manuel Moyano goza de un gran prestigio como escritor de relatos. Pero, ahora, con 'El imperio de Yegorov', los responsables de Anagrama están convencidos de que «el lector se deleitará también con su singular e imaginativo talento como novelista. Resulta revelador que los derechos de traducción de esta novela hayan empezado a venderse ya a partir del manuscrito».

Dice de él Luis Alberto de Cuenca, que no es ningún tonto del bote: «Manuel Moyano es un narrador excepcional. Tiene la magia del chamán que recita los mitos etiológicos de rigor en las largas noches de invierno, al calor de la hoguera primordial». Y todavía se puede superar esa imagen si aprovechamos las brasas de esa hoguera -primordial- para asar castañas. Castañas asadas, historias, sentirte reconfortado, ¡salud!

 

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