El poeta y su sombra

La obra de Jorge Fin (d), junto a la de Ramón Gaya. :: j. carrión / agm
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La obra de Jorge Fin (d), junto a la de Ramón Gaya. :: j. carrión / agm

MARA MIRA

La propuesta va de dos cuadros. La primera es un cuadro de Ramón Gaya. La segunda, gestada por un artista contemporáneo, deviene como resultado de la observación de la anterior. El nombre oficial del juego: 'Diálogos'. Mi lema coloquial: 'El frontón'. Alto es el muro y con contundencia hay que atizar la pelota si se quiere salir airoso del mayúsculo pin pon artístico. En esta ocasión, Jorge Fin (Madrid, 1963) es el convidado al partido. Sobre su obra declara: «Juego a continuar un cuadro (una pequeña acuarela que Ramón Gaya pinta en 1934 a su amigo Luis Cernuda en una playa de Almería) como los surrealistas jugaban a continuar un poema de otro escritor sin ver lo anterior. De ahí surgió el nombre 'Cadáver exquisito'. Mi cuadro se llama 'El galgo fantasma (cadáver exquisito)'».

Pero hay más. En la sala cuelga el texto de Gaya de 1935 que arguye: «Conocí a Cernuda en un jardín. Paseaba, marchaba, pero iba con ese aire del que lleva a su lado unos galgos decorativos». Gaya, quien nunca solía dejar nada al azar, sabía la amplia simbología que empleaba al asociar poeta y can, no en vano ya otro poeta (Dante) fue guiado por un galgo en su descenso a los infiernos. Buen animal el galgo, hasta los musulmanes -cultura que por lo general aborrece a los perros- distingue en su desprecio entre un perro vulgar y un lebrel (galgo pequeño), pues en ellos creen ver una nobleza al andar que los torna en animales puros. La elegancia en movimiento de una buena osamenta obra milagros. Y, a decir por las fotos y lo que se lee por ahí, Cernuda era un ser en extremo misterioso y elegante. No me extraña nada que, deshaciendo los hojaldres de la simbología, Jorge Fin haya decido pintar al lado del poeta esa sombra perruna que lo acompaña. Fin toma la descripción de Gaya y la lleva a imagen completa.

En este juego de cajas chinas o cadáveres gustosos, el espectador se va encontrar reinterpretado el cuadro de Gaya notablemente aumentado en escala. En ambas obras hayamos al poeta tumbado en la playa. En la de Jorge, el galgo paciente se recorta en la arena mirando a su dueño como si de una efigie del tiempo se tratara. El marco que los acoge es un mar tranquilo y en el cielo, incomparables, las nubes de Fin.

Este pintor madrileño, afincado en Molina de Segura desde hace décadas, es un artista de praxis rigurosa y limpia en extremo que, con el tiempo, se está forjando un estilo particular y notable ajeno a cualquier moda; pues su gran apuesta por el paisaje clásico, sazonado con grandes dosis de fantasía no exenta de una parte científica, es realmente singular. El trampolín del cambio lo salta en 2003, cuando presenta 'Cloud Watchers' en el Palacio Almudí. Sus seguidores estamos de enhorabuena. Se ha confirmado que expondrá en el Palacio Aguirre de Cartagena sus últimos trabajos dedicados a los icebergs, ya expuestos en Matadero Madrid ('Ice Watchers') y que, ya informo, rezuman magia.

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