Los gigantes de 'Exodus: Dioses y reyes' son murcianos

El escultor lorquino Antonio Soler, junto a uno de los decorados que realizó para la película ‘Exodus. Dioses y reyes’, de Ridley Scott, rodada en Almería.  /
El escultor lorquino Antonio Soler, junto a uno de los decorados que realizó para la película ‘Exodus. Dioses y reyes’, de Ridley Scott, rodada en Almería.

El escultor lorquino Antonio Soler es autor de las grandes piezas decorativas de la película que hoy estrena Ridley Scott en las salas de

PEDRO SOLERmurcia

No el único, pero sí uno de los escultores responsables de las gigantescas imágenes y los enormes decorados de la película 'Exodus: Dioses y reyes', dirigida por Ridley Scott, que hoy se estrena en toda España. Es Antonio Soler (Lorca, 1969), escultor afincado en la pedanía murciana Rincón de Beniscornia, el primero en sorprenderse cuando, desde la dirección de la productora Babieka Films, le telefonearon, «para preguntarme si quería incorporarme al grupo de escultores que iban a participar en la película, que se iba a filmar en Sierra Alhamilla -en Almería-. Soler, quien lleva más de veinte años trabajando la talla en piedra natural, madera y bronce de forma artesanal y cuyas obras -entre las que figuran imágenes religiosas y bustos- lucen en diversas plazas de ciudades como Lorca, Totana y Murcia, recuerda que «me dijeron que el director de la productora había quedado impresionado al ver las imágenes de mis obras, a través de mi página web. No sabía ni de qué me estaba hablando. Cuando le pregunté cuál sería mi papel, me contestaron que sería el responsable de las esculturas y decorados».

La propuesta era casi un misterio para Antonio Soler, porque «yo vengo trabajando veinticinco años la piedra, el mármol, la madera, el barro..., pero nunca el corcho, el poliespán. Como acepté, tuve que ir a un comercio chino y comprar una serie de cuchillos, con los que me enfrentaría a unos bloques inmensos de corcho». Cuatro días después, se encontró con «una serpiente de furgonetas, con trescientos artesanos, cinco escultores y... cuatrocientos mil euros diarios de presupuesto. Aquello duró cinco meses. Yo trabajé en el momento álgido del rodaje, porque había que hacer las esculturas, los muebles, las antorchas, los pebeteros... Y teníamos que reproducir las lanas, las cabañas, los pozos y los poblados como los antiguos egipcios; todo, como si fuese original».

Antonio Soler reconoce que tuvo mucha suerte, porque «alguien debió decirle al productor cómo era mi trabajo. Él ya me conocía y, aunque pensaba que no aceptaría, acepté. Me presenté en aquel inmenso escenario, de más de cuatrocientos mil metros, con las orejas gachas, porque tenía ante mí a otros artistas, a los que consideraba auténticos maestros, como el director de arte y escenógrafo Benjamín Fernández. Uno de los escultores era el alicantino Miguel Ángel Romero. Fui el último en llegar, pero también el último en salir, porque Benjamín quería que yo lo hiciera todo. Era un trabajo de gigantes, de tiempo sin fin, de echar horas y horas... Hasta perdí ocho kilos».

Jeroglíficos y esfinges

Antonio Soler realizó la cabeza gigante de la esfinge Gizeh, que figura como emblema de la película. «El mayor problema era la imposibilidad de dirigir a tanta gente para hacer esa obra». También son suyas varias figuras de dioses o las enormes rocas de todo tipo y tamaño. «Como eran para primeros planos, debían tener un tamaño especial, y era preciso que quedaran perfectamente indicadas las roturas o las grietas de esos peñascos. También hice los jeroglíficos del palacio real. Con todo, hay que conocer los interiores de la película para saber que funcionaba mucho el ordenador. Si se hubiera tenido que hacer, en realidad, todas las figuras que se contemplan, se habría necesitado a quinientos escultores».

Recuerda que la presencia de Ridley Scott revolucionaba el rodaje. «No hacía más que pedir y exigir más y más. El jefe de los decorados, Arthur Max, que llegaba desde Inglaterra, era quien finalmente daba el visto bueno a todo, porque tenía conexión directa con el Ridley Scott».

Antonio Soler se muestra satisfecho con la experiencia, pero ¿ejerció una labor de auténtico artista o se convirtió en un negociador del arte? «No; eso, no. Hay personas que han visto en mí, entre tanto nubarrón, un poquito de luz. Yo me casé joven, tuve hijos, y tengo la suerte de que me suena el teléfono para hacerme encargos. No puedo negarme. Sé que el mundo del arte es otra cosa, es una firma. Yo he hecho esculturas llenas de sentimiento artístico. Hay quien me ha dicho que me centre en algo, que desarrolle mi estilo. El problema no es que no lo tenga. Mi inseguridad radica en que hago muchos trabajos, que no me gusta enseñar, porque en ellos no me reflejo yo. Pero esto ha hecho que haya podido sacar adelante a mi familia. En el momento en que pueda crear y presentarme al público con una exposición, la gente verá cómo realmente es mi escultura y quién soy yo».

Artistas orgullosos

Confiesa que lleva veinte años conociendo a artistas muy orgullosos, que «sorprenden por su chulería y su prepotencia, aunque no saben hacer arte. Llegan con la escayola de un pavito real a la fundición y dicen: 'Esto me lo haces a diez metros'. Y se van. ¿Esto es arte? Yo sostengo auténticas luchas con bloques de piedra y de mármol. Es una lucha real y constante, porque nunca hay una obra acabada. Tengo esculturas que he improvisado y no me gustan, pero me he tenido que dejar llevar por las circunstancias.

¿Dará algún paso definitivo? «Estoy en ello. Quiero reorientar mi página web y toda mi imagen artística, que, pese a mi participación en la película, con un director tan famoso, sé que actualmente pierde mucho». ¿Por qué no se ha aprovechado de ella? «Porque sigo teniendo encargos. No he querido trabajar para otra película, 'Claudio', aunque sé que negarme es cerrarme muchas puertas. Tengo un bloque de mármol de Carrara de dos mil quinientos kilos. Lo que me apetece muchísimo es encerrarme con él. ¿Qué hago? ¿Me voy a Almería? Ahora quiero disponer de un par de años buenos, con la mente despejada, y centrarme para poder demostrar, por fin, lo que soy como artista. Me he tirado veinte años perdido, muy perdido. No es que quiera renunciar a lo que he hecho, pero sí siento insatisfacción».

Antonio Soler ha dirigido una empresa de decoración con más de dos mil millones de euros de presupuesto. Ha esculpido esculturas que lucen en su Lorca natal o las que adornan la plaza Carlos Valcárcel, en Beniaján; pero reconoce que «nunca he sabido promocionarme bien. Hay quien me dice que me presente a concursos. Si no eres nadie, no ganas ninguno, porque ya están adjudicados. En fin: me da pena no haber podido serenar mi mente un poco. Cuando tienes responsabilidades de familia, dejas de ser tú, y sientes que te tiran para un lado y otro».

 

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