Los dulces, ¿amigos o enemigos?

Históricamente, los dulces nunca habían formado parte de la dieta habitual de los españoles, representaban un grupo de alimentos que consumíamos muy ocasionalmente, festividades especiales como la Navidad, celebraciones de gran boato como bodas y bautizos o algún acontecimiento familiar o social de carácter insólito, el día del santo de la madre o el padre, según el caso y poco más. Por lo tanto, nuestra relación y consumo de dulces han sido a lo largo de la historia muy poco frecuentes.

En las últimas décadas, el consumo de dulces se incluye entre los productos diarios y, lo que es aún peor, se han convertido en el postre habitual, que según nuestra costumbre sustituye a la fruta o en el mejor de los casos se suma o adiciona a la misma.

En pocas ciudades del mundo se puede tener una riqueza tan extraordinaria y exuberante de verduras, hortalizas y frutas como la que disfrutamos en la Región de Murcia. Esta circunstancia permite que los centros de restauración, bares y especialmente restaurantes, reciban los mayores y mejores elogios en relación con la magnífica y variada gastronomía que ofrecen.

Pero, por poner un pero, me voy a referir a un hecho que está siendo demasiado frecuente: a la hora de pedir el postre, algunos restaurantes pueden llegar a ofrecer más de una docena de diferentes tipos de magníficas tartas, incluso con el valor añadido de caseras, pero en general no ofrecen fruta.

Flaco servicio están haciendo a sus clientes, les habrán programado una excelente comida, que con toda seguridad sobrepasará en densidad energética las necesidades de ese 30-35% de energía que debe aportar la comida del mediodía y aún les ofrecerán un 10% más en forma de esa sugerente y abundante ración de tarta.

No se trata de demonizar ni las tartas ni los dulces; en general, desde el punto de vista gastronómico están exquisitas. No lo van a estar, si son bombas de azúcar y grasa (nata, mantequilla, manteca, margarina, aceite).

Desde el punto de vista de la salud ya es otro cantar, al ser pobres en nutrientes y muy ricas en energía su destino está muy claro, aumentar el tejido adiposo, que es insaciable, y nuestros michelines crecerán y crecerán de forma muy importante (puede crecer de forma infinita, como diría Quevedo); esto explica su primer perjuicio, favorecen la aparición de sobrepeso y la obesidad.

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