La reina de los mantones que acabó de cerillera

Uno de los retratos de Emilia Benito cuando disfrutaba de toda su gloria./LV
Uno de los retratos de Emilia Benito cuando disfrutaba de toda su gloria. / LV

Emilia Benito llegó a actuar con Gardel y contrató a Cantinflas, para luego pasar casi a la indigencia y morir olvidada en México

Antonio Botías
ANTONIO BOTÍAS

Era una auténtica diosa. O eso creería aquella noche, no sin cierta razón, cuando cantó ante miles de madrileños desde un balcón de la Puerta del Sol Y luego la llevaron en volandas en una improvisada cabalgata que, al cruzar el Palacio de Oriente, se detuvo para que actuara ante los mismísimos Reyes. Aquella excepcional murciana, llamada Emilia Benito Rodríguez, quien lucía en cada sesión hasta doce lujosos mantones de su propiedad, habría de morir enferma, pobre y olvidada en un asilo mejicano. Esta es la triste historia de la reina de los cantos regionales conocida como 'La Satisfecha'.

Emilia nació alrededor de 1891 en La Unión. Su padre, natural de Murcia y de nombre Joaquín Benito Pérez 'El Satisfecho', trabajaba como practicante en un hospital, además de mantener algunas barberías. La madre, nacida en San Pedro del Pinatar, se llamaba Josefa Rodríguez. Tenían siete hijos.

Como tantos niños prodigio, Emilia despuntó, pues atesoraba oro musical en la garganta. Eso admiraban quienes la escuchaban cantar en la parroquia, cuando apenas tenía siete años, junto a su padre. Hasta el extremo de que la invitaron al Coro de la Catedral de Murcia en diversas ocasiones.

Cuentan algunas crónicas que la pequeña fortuna familiar se esfumó, por lo que a Emilia, cuando tenía 13 años, la obligaron a casarse, si bien aquel enlace apenas duró seis meses. Otros autores solo mencionan ciertas estrecheces económicas en su hogar.

Sea como fuere, la joven ejerció como costurera y luego camarera en el balneario de Archena, en temporada alta. Así lograba algunos ahorros con los que ayudar a su familia. Tras su regreso a La Unión frecuentó el teatro, lo que le permitió conocer la compañía del maestro Francisco Lozano, con Paco Alarcón como primer actor. Y le ofrecieron un contrato.

Emilia solo confió esta noticia a su madre antes de abandonar su pueblo en dirección a Lorca, donde comenzaría a actuar. Y más tarde a Almería y Barcelona, de la mano de la cupletista Pura Oliver. A la ciudad condal la sucederían Palma de Mallorca y Málaga. Poco a poco, el nombre de 'la Satisfecha' fue adquiriendo una fama que crecería tras actuar en el Teatro Romea, en Madrid.

Aquello debió de suceder en 1911, pues al año siguiente se publicó, quizá por vez primera, una noticia en los medios locales. Destacaban cómo la «simpática y aplaudida canzonetista Emilia Benito» había cosechado «tantos triunfos en nuestro coliseo de la calle Mayor».

La prensa se refería al teatro de La Unión, donde incluso actuó en una función benéfica en auxilio de la Cruz Roja. También fue continuo su apoyo al Hospital de Sangre. Allí había trabajado su padre. Y se convirtió ese mismo año en la primera cantaora española en grabar un disco de pizarra. Precursora donde las hubiera.

El salto a América

Este proyecto acercó el cante de la unionense a otros grandes artistas, entre ellos la célebre 'Niña de los Peines', quien interpretaría una taranta al «estilo de Emilia Benito, la Satisfecha». Aquella taranta rezaba así: «Corre y dile a mi Gabriela / que voy 'pa' las Herrerías / que duerma y no tenga pena / que antes que amanezca el día / ya estaré yo en Cartagena».

El amplio repertorio de Emilia incluía jotas, guajiras, cartageneras y malagueñas, entre otras composiciones regionales que iría sumando mientras se desarrollaba su primera gira por el país. Más tarde llegaría a interpretar los cantes flamencos de su amada Unión acompañada por toda una orquesta, otro campo en el que fue pionera.

La repercusión fue abrumadora. En 1916, por ejemplo, el Teatro Circo de Murcia anunció que el esperado debut sobre sus tablas de la cantante debía posponerse «en vista de haberle sido prorrogado el contrato en Madrid por el gran éxito alcanzado». Al año siguiente viajó a Buenos Aires como cantante de jotas y compartió tablas con Carlos Gardel. Ya entonces la conocían como «la Reina de los mantones» y recorrería América hasta establecerse en México. En su compañía trabajó un joven Mario Moreno, que se convertiría en el recordado 'Cantinflas'.

Pero la fama no la acompañaría al otro lado del océano y acabó sus días vendiendo tabaco y cerillas por las tabernas. Carlos Sampelayo, en la obra 'Los que no volvieron' (1975), proponía un triste retrato de la decadencia de la artista: «Daba mucha pena ver a Emilia, con sus muchos años encima, gorda y ajada, [...] ella que había sido la portadora de las mejores peinetas y mantones, ofreciendo lotería». Pena.

Un triste declive

El autor recordaba que algunos españoles emigrados la reconocían e invitaban a sentarse en su mesa para tomarse un café. Y los jóvenes se extrañaban «ante aquel contraste que representaba a un señor convidando a la vieja impertinente y mal vestida, vendedora de lotería». Sampelayo achacaba la ruina de Emilia a la firma de un contrato en Cuba, donde fracasó. Pese a una breve recuperación artística en México, «perdió la voz y luego los mantones, vendidos o empeñados sin liberación uno a uno». Falleció olvidada por todos en un asilo de ancianos, donde estuvo internada tres años. Fue el 14 de enero de 1960. Solo la acompañaba su marido, Ismael Ordóñez. Aunque cierto es que desde La Unión intentaron que retornara a España. No llegaron a tiempo.

En una entrevista concedida a Margarita Nelken en 'El Día', en 1918, Emilia revelaba que le encantaba «jugar con muñecos», la lectura y el cine, sobre todo «esas películas dramáticas que hacen llorar». Y las de intriga.

La artista reconocía, cosa inaudita siendo tan grande en este arte, no gustarle tanto el flamenco como «las jotas y las asturianas». De hecho, confesó que sus lugares preferidos eran Asturias, Zaragoza y Madrid. «Cuando me muera, que me entierren en uno de esos sitios», aclaraba. Ni imaginaba entonces, la pobre y grande Emilia, cuando apenas saboreaba la cima de su gloria, dónde y cómo acabaría sus días.

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