LA MURCIA QUE NO VEMOS

«Este puente será permanente para muchos siglos»

Los arcos del Puente recortando el lugar más fotografiado de la ciudad a lo largo de su historia./
Los arcos del Puente recortando el lugar más fotografiado de la ciudad a lo largo de su historia.

El Ayuntamiento celebra el domingo los tres siglos justos de la colocación de la primera piedra del Puente Viejo

Antonio Botías
ANTONIO BOTÍASMurcia

«Será permanente para muchos siglos». Esta fue la frase exacta que pronunció el ingeniero cartagenero Jorge Próspero Bervon tras revisar los planos del puente sobre el Segura que entonces llamaban nuevo y hoy se conoce como Viejo, con mayúscula. No iba muy desencaminado. Mañana se cumplen los tres siglos justos desde que se colocó, con toda pompa y boato, la primera piedra. Por ello, el Ayuntamiento ha convocado a los murcianos a un espectáculo para conmemorar tan señalada efeméride.

Una riada acaecida el 26 de septiembre de 1701 arrambló con el anterior puente, entre otras cosas por el peso añadido que durante años se le había sumado. Así que era indispensable, aparte de levantar uno provisional de madera, iniciar la construcción de otro. Varios proyectos concurrirían cuando se abrió el plazo en enero de 1702. Resultó elegida la idea del regidor Juan de Córdoba, pero un año más tarde los trabajos no habían comenzado. Curiosamente, en 1703 se encargó la obra a Toribio Martínez de la Vega.

El primer objetivo era elevar el puente para evitar que el agua del Segura volviera a derrumbarlo. Por tanto, el arquitecto levantaría los arcos «hasta quedar su luz superior al terreno de la Huerta». De ahí la dos cuestas que aún hoy se mantienen para cruzar la infraestructura.

Otra particularidad era la propuesta de construir una puerta que, según destacó en su día el profesor Elías Hernández Albaladejo, correspondía a una de las tres que tenía el Torreón de la Inquisición. Al parecer, la construcción serviría para proteger mejor el puente de las aguas, si bien el propio Toribio la descartó años más tarde. Era demasiado caro. El maestro recomendaría construir los molinos del río al mismo tiempo que el puente, porque hacerlo después podría desestabilizar ambas estructuras. Ni caso le hicieron, para empezar, los dueños de los molinos.

Arrancan las obras

La primera piedra se colocó un 10 de septiembre de 1718, fiesta de Nuestra Señora de la Fuensanta, como destacó en su día el cronista regional José Antonio Melgares Guerrero. El autor, además, consignó que el acto tuvo lugar a las cuatro de la tarde.

En la primera piedra, que era hueca, se introdujeron cuatro medallas de plata donadas por el Papa, Cabildo Catedral, el obispo y la ciudad. Fueron acompañadas por un texto con los nombres del Sumo Pontífice y rey reinantes, Clemente XI y Felipe V, además de una medalla de Santa Catalina, dos cruces de Caravaca y dos reales, uno mejicano y otro segoviano.

Pocos años después, en 1722, cuando se agotaron las partidas económicas, el Concejo logró una orden del Rey que obligaba a colaborar con el proyecto a los pueblos situados a menos de 20 leguas, como recordó Melgares, alrededor de 100 kilómetros. El argumento era simple: los ciudadanos de estas poblaciones se beneficiarían del nuevo puente.

Entretanto, la preocupación de Toribio fue la solidez de su obra, para lo cual advirtió de que era necesario utilizar «dovelas de magnitud sólidas, sin quiebra, ni 'cesura' alguna». Los cimientos se hundieron 3,40 metros en el cauce. El arquitecto no vería concluida su obra pues falleció en 1733. En 1739, el corregidor Antonio de Heredia daría al puente el impulso definitivo al nombrar director de las obras al arquitecto Jaime Bort, autor de la fachada de la Catedral.

Otro detalle desconocido es la existencia de dos arcángeles que custodiaban el paso sobre el Puente Viejo. Por su factura barroca y la elegancia de los templetes que los acogían, eran dignos de haber sido conservados. Hoy, en cambio, apenas podemos hacernos una idea de su belleza admirando las esculturas que adornan la fachada de la Catedral, donde el autor de aquellos custodios también cinceló alguna obra.

El escritor dieciochesco Jerónimo de Vílches, en su obra 'Triunfo Evangélico', al comparar la supuesta devoción de los murcianos y la probada de los cordobeses por el arcángel Rafael, recordaba que en el «puente maravilloso» sobre el Segura «se ven colocadas en dos nichos, uno frente otro, de gallarda arquitectura, dos primorosas estatuas, una de San Miguel Arcángel y otra del Arcángel San Rafael».

Si los ángeles se perdieron, no sucedió lo mismo con la imagen que también le da nombre al Puente. Y pocos saben que Murcia le debe uno de sus símbolos más populares, la Virgen de los Peligros, a la generosidad de un barbero. Era el bueno de Alonso Sánchez.

En 1372, la Orden Benedictina fundó el monasterio de Nuestra Señora de Sopetrán en Guadalajara. La fama de milagrosa que adquirió la talla atrajo a los peregrinos, entre ellos a Alonso Sánchez, murciano de nacimiento y que había hecho fortuna en Madrid. Un tiempo después, unos labradores del barbero hallaron una talla enterrada, que Alonso identificó como la Virgen de Sopetrán. Y le dio culto en su casa. Pero cierta noche, soñó que la Virgen quería ser trasladada a Murcia. En julio de 1636 quedó a cargo de las monjas Verónicas, donde profesaba una prima del barbero.

El origen de un nombre

Los milagros comenzaron a sucederse: curaciones de la peste, pechos que volvían a manar leche, paralíticos que caminaban... nacía una leyenda. Coincidió en el tiempo la construcción de un puente de madera que unía la ciudad con el Partido de San Benito. Debido a la popularidad de la imagen, se decidió colocar allí un lienzo de la talla. Y era tan frágil aquel puente -que luego se llevaría una riada- que los murcianos se encomendaban a la imagen representada si tenían que atravesarlo en tiempo de avenidas.

El protocolo que se observaba cuando las aguas empezaban a crecer resulta sorprendente. Los Cabildos de la Catedral y del Municipio, junto a un gran concurso de gentes, se reunían en el Puente Viejo. Allí se tomaba la corona del Niño de Los Peligros y, por tres veces, se introducía en las aguas turbulentas mientras se invocaba a la Santísima Trinidad. Aunque de esta noticia apenas queda constancia, si existen testimonios de la época que la recuerdan. De aquí, según algún autor, arranca el nombre de Virgen de los Peligros para la que fuera de Sopetrán.

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