«Prohibido llevar a los locos a las prostitutas»

La fachada del manicomio, con la iglesia de San Esteban de fondo. /
La fachada del manicomio, con la iglesia de San Esteban de fondo.

La historia atesora mil anécdotas del primer manicomio español que abrió sus puertas en la ciudad de Murcia

ANTONIO BOTÍAS, CRONISTA OFICIAL DE MURCIA

Estaría loco de atar. Vale. Pero para según qué cosas bien que lo desataban. Y aquello le costaría a su cuidador el empleo. Eso decidió la dirección del histórico manicomio de Murcia, del que apenas queda en pie una portada en San Esteban, tras descubrir que interno y enfermero acostumbraban a pasar las noches de farra en la cuesta de la Magdalena, que por algo le pusieron ese nombre. Esta es solo una de las curiosidades de aquel remoto edificio que, por cierto, fue el primero dedicado en España a tratar, de forma exclusiva, las enfermedades mentales.

La plaza de Santa Eulalia, allá por el siglo XVIII, acogió el primer establecimiento dedicado a los locos murcianos, que así se les llamaba por aquellos años. Aunque compartían instalaciones con los pobres de la ciudad hasta que fueron trasladados al palacio de San Esteban, en 1770. Fue el cardenal Belluga quien decidió que aquellas personas «ociosas, disolutas, hechiceros o locos» debían recibir un tratamiento especial, lo que supuso el nacimiento de albergues para su custodia y tutela.

Sería en 1852 cuando, por vez primera, se dedicó un edificio de forma exclusiva para tratar a los ciudadanos que padecían alguna dolencia mental. El Ayuntamiento eligió para ellos la llamada Casa de Recogidas de Santa María Magdalena, que también estaba ubicada en Santa Eulalia, en la calle Vara de Rey.

De nuevo, en 1855 se volvió a destinar para estos enfermos otro local, en este caso el denominado Hospital de Unciones, dedicado hasta la fecha al tratamiento de los sifilíticos. Así lo decidió la junta de gobierno del Hospital de San Juan de Dios, que instaló en sus salas las jaulas que acogerían a los «furiosos». Pero, una vez más, no se les podría administrar un tratamiento adecuado.

De hecho, en 1876, en la 'Memoria de la Comisión', se denunció que en un lugar donde apenas cabían veinte personas se hacinaban 70 internos, situación que animó a exigir que se terminara de construir un nuevo manicomio.

La situación higiénica de los enfermos, en uno u otro emplazamiento, podría calificarse de espantosa. Como poco. «Aquellas jaulas inmundas -se escribió en la época-, oscuras, malolientes». El doctor Maestre fue más claro al describir a los internos: «Ver en esos días de hielo del invierno crudo, retorcer las carnes amoratadas sobre las losas mojadas de sus inmundas celdas, nunca visitadas por el sol». Se refería al Hospital de San Juan de Dios.

Tres décadas de retraso

El nuevo manicomio se convertiría en el primero de planta e independiente que se construyó en España. El edificio, obra del arquitecto Justo Millán, fue construido por el tesón y empuje de Juan de la Cierva, entonces vicepresidente de la Diputación. Pero habría de recorrerse un largo camino administrativo.

Ya en 1863 existía un proyecto de Millán para levantar el «Departamento de Dementes» en el huerto de la Casa de la Misericordia de San Esteban. Las obras de los cimientos comenzaron alrededor de 1867. Aunque tres años después fueron suspendidas. No había cuartos. Y nadie sospechó que permanecerían tres décadas paralizadas por falta de inversiones hasta que De la Cierva decidió terminarlas.

Rifas y funciones en el Romea, colectas en la prensa y un sinfín de actos lograron su propósito. La campaña se extendió por toda la ciudad, cuyas calles cierto día incluso amanecieron tapizadas de unas hojas dedicadas 'A las murcianas'. En ellas podía leerse la siguiente composición: «...¡Pues que a tantos habéis enloquecido, con vuestra gracia y majestad supremas, justo es que procuréis a vuestras víctimas, un Asilo que encierre su demencia!».

El centro fue inaugurado el 30 de octubre de 1892. Su coste ascendió a 256.000 pesetas de la época, de las cuales puso casi la mitad la Diputación Provincial y el resto se obtuvo por suscripción popular, rifas y la aportación de la familia Zabalburu. Pero ya no quedaba un real para contratar a un director. Menos mal que José Cánovas Casanova se ofreció a ponerse al frente del servicio de forma gratuita.

Ocupaba una superficie de 6.000 metros cuadrados, en dos plantas, repartidas alrededor de dos amplías galerías de 100 metros de longitud que comunicaban todas sus dependencias. En la planta baja se encontraba el comedor y las cocinas, enfermería y retretes, así como «las celdas destinadas a epilépticos, furiosos y sucios», según la extensa crónica publicada en 'El Diario de Murcia' el día de la inauguración, cuando se editó un número especial.

Para «dementes tranquilos»

En el primer piso se ubicaron dormitorios, «salas para dementes tranquilos», para el recreo y las visitas, la ropería y las habitaciones de las Hermanas de la Caridad. El edificio contaba con 14 patios de recreo. El cronista de la época, el poeta Frutos Baeza, ofreciendo una descripción que hoy escandalizaría a muchos, quedó admirado al comprobar que las celdas de los «locos furiosos están perfectamente almohadilladas, a fin de no someter a esos desgraciados a la crueldad de la camisa de fuerza».

La sala de hidroterapia, las camas «que son de sommier» y las mesitas de noche en cada cuarto completaban el espectacular edificio, donde se emplearon «millón y medio de ladrillos, cincuenta mil tejas y sesenta y cuatro mil losas», poco más o menos, claro.

Espléndidas instalaciones que, sin embargo, no estarían siempre bien provistas de alimentos. En alguna ocasión fue necesario convocar corridas benéficas para dar de comer a los enfermos. Sin contar que la compañía del gas cortó el suministro por impago y se quedaron a oscuras.

La historia registra no pocas anécdotas de aquel edificio, como sucedió con las constantes multas que se les impusieron a los enfermeros por irregularidades. Entre ellas, el emplear como mandaderos a algunos de los internos. A otro lo despidieron porque «por la noche sacaba a un enfermo, en cuya compañía permanecía hasta la madrugada recorriendo sitios inmorales». Así lo recordó el doctor Luis Valenciano en un interesante estudio sobre la historia de este histórico manicomio.

Después sería demolido, junto a una parte de la Casa de la Misericordia, para terminar convertido en jardín, donde aún se conserva, como recuerdo y por milagro, una de las portadas, junto a la iglesia de San Esteban.