La principal y olvidada fábrica de salitres del Reino

Entrada. Edificio principal, protegido por la ley, en una foto de comienzos de los años noventa del siglo pasado./
Entrada. Edificio principal, protegido por la ley, en una foto de comienzos de los años noventa del siglo pasado.

La factoría murciana fue la única que en la Guerra de la Independencia suministró munición a los guerrilleros para frenar a los franceses

Antonio Botías
ANTONIO BOTÍASMurcia

Aún perdura entre sus remotos muros cierto aroma a pólvora y guerrilla, a recia mirada de orgullo inquebrantable, a amores prohibidos que prenden la húmeda mecha de lo cotidiano, a Patria concebida como el rincón de tierra donde reposan, cuando los dejan, nuestros ancestros. Sin embargo, la gloria es un olvido aplazado. Porque cuantos hoy contemplan los antaño recios muros de la Fábrica del Salitre apenas recuerdan que España le debe a los murcianos su mismísima libertad. Cuando menos, en parte.

Esta industria, que ocupaba también el actual jardín de la Pólvora en el corazón de la ciudad, fue la única que durante la Guerra de la Independencia suministró munición a los guerrilleros que aplastaron el avance del Francés. La única. Generaciones de murcianos habían perfeccionado una cadena de montaje que, con la precisión de un reloj suizo, era la envidia del mundo.

La Real Fábrica de la Pólvora y Salitre fue creada en 1637 por una Real Orden de Felipe IV, quien la ubicó en la actual calle Acisclo Díaz, antes llamada de la Acequia. La elección del lugar no fue baladí. Las instalaciones necesitaban del agua de la acequia Caravija, que por allí discurría y hoy languidece cimbrada, para el refino de salitres. Allí también recargaban sus enormes cántaros los aguadores y el Concejo, bajo graves penas, aseguraba la calidad del caudal.

Operarios fuera de quintas

No fue una fábrica cualquiera. El profesor de Historia del Arte de la Universidad de Murcia Manuel Pérez Sánchez ha demostrado que era la principal del Reino de España, como describió en 1815 Isidoro de Antillón en 'Elementos de la geografía astronómica, natural y política de España y Portugal'.

Las efemérides de la factoría atesoran cuantiosas referencias y fechas para el orgullo de la ciudad. Entre ellas, que en 1780 fue declarada fábrica «de primera clase» y vital para el progreso de la nación. Quienes allí trabajaban, por concesión del rey Carlos III, estaban exentos de las quintas. Y en 1799 su producción bastaba, como también destacó Pérez Sánchez, para abastecer a todos los ejércitos de España.

La extensión original de las instalaciones, amuralladas como correspondía a su función, se extendían a lo largo del jardín. De hecho, aún permanecen en pie antiguos edificios, como es el caso de uno de los talleres, que ocupa el Museo Taurino; la biblioteca, donde se instaló el Servicio de Estadística municipal o la chimenea del taller de carbonizar.

La historia también recuerda algunas etapas más trágicas. Por ejemplo, durante la terrible riada de San Calixto, el 14 de octubre de 1651. La tempestad comenzó a las tres de la madrugada y fue tan copiosa que estremeció la ciudad. El caudal del Segura, unido al de sus afluentes y ramblas, asolaron cuantas poblaciones recorrían. Tres mil casas quedaron convertidas en escombros y la riada se cobró mil vidas. En Murcia se perdieron las reservas de cereales del Almudí, los vinos y el aceite, se cegaron las acequias y pereció el ganado. Los salitres refinados de la fábrica desaparecieron. Quienes lograron sobrevivir a la trágica noche sufrirían una nueva avenida al amanecer.

Existe otro hecho sorprendente relacionado con la fabricación de pólvora, aunque difieren los autores si sucedió en estas instalaciones de la ciudad o en la fábrica de Javalí Viejo. Eso sí, ocurrió el 27 de julio de 1742, cuando una gran explosión costó la vida a siete hombres. Todo quedó destruido. Lo curioso es que, según la leyenda, la mano arrancada de un operario voló hasta caer en la plaza de Santo Domingo. Y aquí difieren los cronistas.

El investigador Díaz Cassou destacó en su día que «se cuenta la de haber ido a caer en la plaza de Santo Domingo de Murcia, esto es, a una legua de la fábrica, una mano de hombre arrancada y lanzada por la explosión». Una legua, equivalente a unos 5,5 kilómetros, aunque desde la capital a Javalí hay en torno a seis.

Otros, en cambio, mantienen que los hechos ocurrieron en la fábrica del Salitre de la calle de la Acequia. Sea donde fuere, que aún está por investigar, el impacto en la España de la época fue tan grande que los ciegos, como continúa Pérez Sánchez, relataban el acontecimiento en sus romances por todo el país. Se conserva la literatura de cordel relativa a esa catástrofe.

Desidia municipal

Más desconocido que la fábrica era su huerto, reducto privado de quienes la habitaban y hoy convertido en jardín. Después de ser en propiedad privada, las instalaciones retornaron al Estado, que convirtió la factoría en residencia de los militares de la Fábrica de Pólvoras de Javalí Viejo.

Hace apenas unos años, en 1987, parte los terrenos pasaron a ser propiedad del Ayuntamiento de Murcia, institución que no se preocuparía demasiado en recuperar el resto del entorno. De hecho, terrenos y edificios fueron subastados por el Estado y adquiridos por el empresario Tomás Olivo.

La última actuación en la zona, aparte de la apertura de una nueva calle que partió en dos mitades el histórico huerto y jardín, consistió en la recuperación, aunque a medias, del último de los llamados Pasos o estaciones del vía crucis que celebraba la Hermandad de los Santos Pasos de Santiago -que también da nombre a la calle-, vinculada al desaparecido convento de San Diego, que los franciscanos fundaron en 1598. También fue fruto, claro, de la piqueta.