La increíble tertulia de la bella Leonor

Bella. Retrato de la mecenas y anfitriona Leonor Guerra./
Bella. Retrato de la mecenas y anfitriona Leonor Guerra.

Los restos de la más célebre mecenas de la literatura murciana del siglo XIX acabaron hace unos días en un osario

Antonio Botías
ANTONIO BOTÍASMurcia.

La gloria, como advertía Ortega, es tan solo un olvido aplazado. Y eso ha resultado evidente tras conocerse hace unos días a través de 'La Verdad', gracias al espléndido olfato periodístico del colega David Gómez, la exhumación de los restos de Pedro Pagán Ayuso, quien fuera alcalde de Murcia en 1874. Los descendientes del ilustre político, también diputado, ya afincados en Madrid, declinaron hacerse cargo del imponente panteón. Así que el Ayuntamiento lo ha vendido a otra familia con mejor olfato artístico e histórico. Y la ciudad pierde otra oportunidad de ensalzar, aunque sea a pie de fosa, a uno de sus hijos ilustres.

Pero la noticia, alcalde aparte, esconde otro detalle que bien merece ser destacado como homenaje a tantas murcianas que la historia no recuerda. Porque también se han exhumado los restos de una mujer excepcional, esposa de Pagán y a quien Murcia le debe, cuando menos, una calle que recuerde su memoria por cuanto hizo a favor de las letras y la cultura. Se llamaba Leonor Guerra Albaladejo.

Nunca escribió, al menos que haya trascendido y se conserve en algún anaquel olvidado, ni una sola línea. Pero fueron muchos los que coincidieron, cuando falleció en 1877, que Leonor debería formar parte de la historia de la literatura de esta Región. Sobre todo por su incansable apoyo a una de las tertulias más afamadas de todos los tiempos en la ciudad de Murcia. E igual en otras, pues su familia dio nombre a la localidad costera de Lo Pagán, donde mantenían una amplia hacienda.

El lugar de reunión no era menos destacable. Por aquellos años se conocía como la casa de los Pagán, aunque siempre fue el histórico palacio de los Vélez, aquel se alzaba entre los conventos de Las Claras y el de Santa Ana, callejuela por medio de este último, y que daría paso a la apertura de la actual avenida Alfonso X.

Para esbozar quién era esta murciana de dinamita se puede recurrir a muchos autores. Uno de ellos, el recordado José Ballester, daba cuenta de su figura en el diario 'La Verdad', en cuyas páginas aclaraba que «acababa de inaugurarse la Restauración; tirios y troyanos vivían hartos de rencillas civiles a que los españoles se dedicaron durante medio siglo. Antón Gálvez, el héroe de la revolución cantonal, cultivaba pacíficamente en Beniaján sus tahúllas». Cierta tranquilidad que, desde luego, no duraría mucho. Pero lo suficiente para que proliferaran los cenáculos intelectuales.

Cita los viernes

Leonor convocaba sus tertulias cada viernes por la tarde y a ellas acudían los más prestigiosos escritores y periodistas de la ciudad. Juan Barceló y Ana Cárceles destacarían en su libro 'Escritoras murcianas' que las sesiones estaban moderadas por Zacarías Acosta, catedrático de instituto, poeta y respetado cervantista. Aquellos encuentros tenían incluso nombre: 'Reunión Literaria'. Leonor era la presidenta de honor.

Los autores enumeran a otros integrantes del espléndido foro, tan variado en ideas como en caracteres. Así que igual compartían tertulia el canónigo de la Catedral, Félix Martínez Espinosa, que el secretario de la Junta Revolucionaria, Pascual Martínez Palao. O Sánchez Madrigal, Lorenzo Pausa, Antonio García Alíx, José Baleriola o el célebre periodista José Martínez Tornel, quien de Leonor llegaría a escribir en su 'Diario de Murcia': «De Murcia, Santo Domingo / de esta plaza, la Reunión / de la Reunión, el Parnaso / y del parnaso, Leonor».

Tanta fama adquirieron aquellas veladas que incluso se publicó su propio semanario bajo el título de 'El Álbum', dirigido por Ezequiel Díez y Sainz de Revenga. Como aclaró Francisco Alemán en su 'Diccionario incompleto de la Región de Murcia', esta publicación arrancó su andadura el 27 de septiembre de 1876 y se mantuvo hasta el número editado un 2 de noviembre de 1877, «como semanario de literatura y ciencias, siendo el órgano de la reunión literaria por aquellos años donde reunía en casa de don Pedro Pagán, bajo la presidencia de doña Leonor Guerra». La publicación dejó de editarse cuando había alcanzado su número 34, un mes después de fallecer Leonor.

Martínez Tornel habría de escribir en esta postrera edición que 'El Álbum' «muere porque ha muerto lo que era su vida; que nunca se ostentó lozana la flor cuyo tallo ha sido destrozado», en alusión a la anfitriona, de quien aclaró que era hija de un secretario de la reina Isabel II.

Hasta Emilio Castelar

Quizá una de las veladas más interesantes la protagonizó Emilio Castelar, quien había sido presidente del Gobierno y a quien la tertulia homenajeó en 1876. Castelar, como se publicó en más tarde en 'El Álbum', describió a la anfitriona con estas palabras: «Leonor, con su frente radiosa de luz, sus ojos como dos abismos de ideas». Pero aquel abismo pronto se apagaría cuando la mecenas enfermó.

La popularidad de esta murciana era tal que incluso cualquier cambio en su estado de salud se convertía en noticia, como la publicada el 26 de septiembre por el diario 'La Paz de Murcia'. El rotativo publicó en su portada que había desaparecido «la mejoría que tuvimos el gusto de anunciar». Pocos días después, el mismo periódico abría su edición con la noticia del fallecimiento de Leonor.

De ella escribió entonces Martínez Tornel que «era un ángel y ha muerto como una santa», además de recordar que era «amante del arte y de la poesía, que se enorgullecía con los triunfos literarios de los jóvenes poetas murcianos, de los cuales era el estímulo más eficaz y la musa más inspiradora».

Los diarios siguieron un tiempo recordando la figura de Leonor, de quien se advirtió de que su presencia en la tertulia le daba «mayor realce a sus sesiones. Con su talento, en fin, poco común, contribuyó admirablemente a tres grandes solemnidades: a la solemnidad del sitio, a la solemnidad de los actos y a la solemnidad del entusiasmo», publicó 'La Paz'.

Pero aquella murciana incomparable en su época, la misma que departía de igual a igual con los más avezados intelectos murcianos, pasó al olvido. Tanto, que hoy sus restos aguardan en un osario del cementerio municipal junto a los de su marido, a la espera de que el Ayuntamiento capitalino construya un panteón de ilustres vecinos. Muchos esperamos que en ellos figure su nombre grabado con letras de oro y dignidad.

 

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