«Esas enormes cabezotas, provistas de curiosas muecas»

Los Cabezudos del Entierro, hace unas décadas tras recuperar la tradición./
Los Cabezudos del Entierro, hace unas décadas tras recuperar la tradición.

Los Cabezudos del Entierro de la Sardina es uno de los grupos más antiguos de los que salen en el desfile

Antonio Botías
ANTONIO BOTÍAS

Para alcanzar la gloria sardinera en Murcia se requiere, entre otras cosas, demostrar por la Gran Vía, durante muchos años, que se vibra con esta histórica fiesta. Y que, además, se sabe contagiar esa alegría. Ambas cosas ha logrado ya con creces el Grupo de Cabezudos que en cada edición abre este fantástico desfile poniendo el broche de oro a las fiestas de primavera.

Pero, aunque reorganizados desde hace unas décadas, la tradición de los cabezudos murcianos es casi tan antigua como la historia de la ciudad. O como la historia del Entierro. 'El Heraldo de Murcia' contaba en 1903 que el desfile comenzó su andadura a las ocho de la tarde, «rompiendo el público de la Trapería en estruendoso y general aplauso». Abría el cortejo la Guardia Civil y la Banda de la Misericordia, a los que seguían el estandarte de la junta sardinera y la «escolta de gastadores, patos y cabezudos; los gigantes Europa, Asia y África y los dos huertanos».

Tan tradicional como los patos y enanos, también llamados cabezudos en según qué crónicas apresuradas, era la comparsa de Toribios, quienes vestían batas de vivos colores y lucían sobre sus cabezas muy estrafalarios objetos, siempre haciendo las delicias del público que abarrotaba las calles de la ciudad a su paso.

Como publicó la revista 'La Caridad Murciana', «el autor de los graciosos Toribios del Entierro de la Sardina» era Mariano Ruiz Seiquer. El hoy olvidado Ruiz Seiquer (1867-1931) fundó un taller dedicado a la pintura decorativa industrial y a los juguetes de cartón. Además de los toribios, también firmó incontables carrozas y estandartes para la Batalla de las Flores y el Coso Blanco.

Seiquer fue felicitado en muchas ocasiones por sus trabajos. En 1908, por ejemplo, causó sensación la nueva comparsa que presentó en el Entierro. «Los Toribios iban sacando la lengua y resultaron de gran efecto», publicó aquel año 'El Liberal'.El mismo diario, incluso, anunciaba la marcha de los trabajos de confección de las piezas. Así, en la edición del 29 de marzo se podía leer: «El señor Seiquer está dando los últimos toques a la escolta de Toribios. Llamará la atención». No se equivocaba. Aquel año representaron las cabezas que portaban a jarras, tinajas y regaderas.

En otros cortejos

Las referencias a estos grupos, fueran Toribios o cabezudos, son numerosas en las crónicas de todas las épocas. Eran comparsas consideradas indispensables para mantener el ambiente festivo entre carroza y carroza, también cuando el desfile, por años de penurias económicas o tragedias, reducía su propuesta.

A partir de la década de los años treinta del siglo XX, figurarán como comparsa independiente al inicio del cortejo, algún año denominados «cabezudos huertanos», como sucedió en 1933, cuando en lugar de en el Entierro desfilaron en el Bando de la Huerta.

No era la única convocatoria donde fueron requeridos. En alguna ocasión, formaron parte de otras tan curiosas como la cabalgata que en 1957 anunció por las calles las fiestas del barrio de San Juan, en Murcia. La crónica que publicó al día siguiente 'Línea' destacaba la participación de los «gigantes y cabezudos del Entierro de la Sardina».

Un álbum editado en 1945 describe cómo «vibran las bandas de música, golpetean los cascos de gallardas escoltas a caballo, pasan tropas de cocineros con asador, tridente, cuchillo y otros útiles de tamaño descomunal; pasan grupos de cabezudos...».

A ellos se sumaban los gigantes, con la cabeza a la altura de los balcones, «y todo ese espectáculo se anima a la luz temblorosa de un ejército de hachoneros y al resplandor polícromo de las bengalas y el chisporroteo de mil luces diversas que van exhalando un vaho acre y excitante todo el largo itinerario», rezaba el ejemplar.

El lugar que ocupaba la comparsa en el desfile también varió de unos años a otros. Aunque a menudo se situaba en la cabecera del Entierro, en alguna convocatoria recorrió las calles más atrás. Por ejemplo, en 1909, cuando los cabezudos desfilaron entre las carrozas del grupo Sirena y el Centro Infierno.

Una sede en El Alias

En 1968 destacó también 'Línea' que los gigantes y cabezudos habían sobrevivido a los obligados cambios que los tiempos impusieron al desfile. En aquella ocasión, los describían como «esos grotescos muñecos» que salen como comparsas entre las carrozas y hachoneros y bengaleros. Los cabezudos siempre causaban el regocijo del público «por el contraste entre los cuerpos -casi siempre de jóvenes muchachos- y sus enormes cabezotas, provistas de las más diversas y curiosas muecas».

Aún en aquella época, como continúa el periódico, era costumbre que los murcianos arrojaran monedas a su paso, lo que causaba no pocas situaciones graciosas, debido a la dificultad de los cabezudos para agacharse a recogerlas.

El impulso definitivo a la tradición se produjo tras fundarse el actual Grupo de Cabezudos del Entierro de la Sardina, bajo la presidencia de Antonio Murcia. La idea surgió entre un grupo de entusiastas murcianos que establecieron su sede oficiosa, como aún se mantiene, en el histórico restaurante Casa El Alias, propiedad de Antonio Murcia.

La originalidad en la elección de sus populares cabezas y la organización de numerosos encuentros durante el año pronto los convirtió en indispensables protagonistas de la cabecera del Entierro. Además de desfilar en otras poblaciones, como es el caso de Abarán, y de entregar su distinción desde 1993, el Cabezudo de Honor, a personalidades murcianas que destaquen por su apoyo a la cultura.

Después de un largo recorrido histórico, estos cabezudos del Entierro ya atesoran en su haber festivo el respeto de los sardineros y, por encima de todo, de los cientos de miles de murcianos que cada año celebran su desfile por las calles de la ciudad cuando estalla la primavera.