«¡Desmonta el balcón que viene la riada!»

Grabado incluido en el proyecto de barraca palafito que presentó Marín Baldo./LV
Grabado incluido en el proyecto de barraca palafito que presentó Marín Baldo. / LV

Un proyecto de 1879 preveía casas para los huertanos elevadas sobre pilares y con partes desmontables para escapar del agua

Antonio Botías
ANTONIO BOTÍAS

Palafitos huertanos. Esa fue la curiosa idea propuesta tras la trágica riada de Santa Teresa, aquella histórica avenida que arrasó la vega el 15 de octubre de 1879. Apenas dos meses más tarde, la Junta de Socorros de Madrid aprobó el impulso a la construcción de 200 barracas en la huerta, con la particularidad de que se construirían sobre pilares para facilitar el paso de las aguas en caso de avenida. El autor del proyecto era el arquitecto municipal José Marín Baldo. Y su idea no era tan descabellada.

El diario 'La Paz de Murcia', en su portada del 16 de diciembre, anunciaba que ya se había redactado el pliego de condiciones «para sacar a subasta la construcción de 200 barracas [...] con arreglo al proyecto del señor Marín Baldo». Por aquellos años, el arquitecto era conocido tras el éxito cosechado en la Exposición Universal de Filadelfia de 1876, donde recibió una Medalla de Oro por otro descomunal proyecto de un monumento a Colón.

La revista madrileña 'La Ilustración Española y Americana' destacaba el 31 de diciembre que Marín Baldo, por ser murciano, tenía «un perfecto conocimiento de aquella región y de las necesidades de su población agrícola». El proyecto reunía las condiciones idóneas de solidez «y distribución bien entendida, sin excluir cierta elegancia en la forma».

El arquitecto tampoco descuidó la necesaria higiene de cada barraca, respetando «las costumbres tradicionales del pueblo laborioso» que había de habitarlas, haciéndolas incluso aptas para «la cría de gusanos de seda, industria cuya importancia en la huerta de Murcia es bien conocida». Las barracas se alzaban sobre varios pilares de ladrillo, piedra o madera que, además, permitían crear un espacio debajo de ellas, de 2,40 metros de altura, para dedicarlo a establo y que, según la misma revista, permitiría «economizar un terreno de valor no insignificante en aquella región».

Cada una de las barracas se presupuestó en 635,04 pesetas. El redactor señalaba que su solidez les permitiría resistir «victoriosamente el ímpetu de las corrientes en el desgraciado caso» de repetirse una riada similar a la de Santa Teresa. Pero incluso si eso sucedía, Marín Baldo incorporó al diseño un detalle sorprendente: un balcón que, llegado el caso, se convertía en balsa con capacidad suficiente para salvar a una familia.

Ocho metros cuadrados

El balcón estaba ubicado en la parte posterior de la barraca, a la que se accedía mediante una empinada escalera. Junto a ella se alzaba, como no podía ser de otra manera, la parra. Marín Baldo daba más detalles en una carta publicada el 21 de diciembre de 1879 en 'El Semanario Murciano'.

En su quinta página, aclaraba que el balcón tenía cuatro metros de longitud por dos de ancho y que podía servir «para tender ropas y semillas a secar», como espacio donde los niños podían jugar sin peligro «y para colocar los gusanos al sol, con más seguridad que a la puerta, como tienen de costumbre».

Llegado el caso, según el arquitecto, esa parte de la estructura «se desprendería como una balsa que podría servir de salvamento a la familia, los enseres principales domésticos y acaso también los animales de corral y labor».

La construcción de estas modernas barracas, en cualquier caso, no fue tan rápida como se esperaba. Casi un año después, el 16 de noviembre de 1879, durante una reunión de la Junta de Socorros de Murcia, que fue publicada en el Boletín Oficial de la Provincia del 10 de diciembre de aquel año, resultó evidente el retraso en el proyecto y las dudas acerca de cuántas casas se iban a levantar.

Uno de los vocales de la Junta manifestó que, «desconociéndose, como se desconoce, el número de viviendas que la Junta Central de Socorros de Madrid se propone construir», era necesario articular unas bases para que el reparto fuera justo y equitativo entre todos los necesitados.

Sala, alcoba y 'trespol'

El profesor Isidoro Reverte definió en su día la barraca, sin atisbo alguno de poesía, como «la vivienda elemental en la que vive una familia de modestos agricultores intensivos, cavadores y no labradores, jardineros más que agricultores, que apenas tienen productos para guardar».

Aunque a mediados del siglo XVIII era la vivienda más abundante en la huerta, con unas 4.249, fueron desapareciendo hasta perderse ya entrado el siglo XX. Realizadas con adobes y paja, su techumbre de dos aguas empinadas se confeccionaba con cañas sujetas por cuerdas de esparto que se cubrían de paja y albardín, una especie también similar al esparto.

El profesor Francisco Calvo, en su obra 'Continuidad y cambio en la huerta de Murcia', describía las dos partes de que solía constar cada barraca. La primera y mayor «era pieza de múltiples usos: comedor, cocina, habitación de estar, despensa...». A ella se sumaba la alcoba, al fondo de la barraca y muy reducida, formada por «unos cuantos colchones de paja de maíz sobre tablas».

En las barracas más grandes, se ubicaba encima de este cuarto un entrepiso o cámara denominada 'trespor' o 'trespol' en algunas zonas de la huerta. Afuera, el horno, el fogón y el emparrado. Y la llamada 'barraqueta', que Francisca Soldevila describió en un artículo titulado 'La barraca murciana' como «gallinero y cuadra en una pieza». Y sin olvidar la inevitable búsqueda de la protección del cielo, tan bien resumida en el antiguo refrán: «Casa bien puesta, la cruz en la puerta».

 

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