Cuando la calle Trapería era un muro

Manuel Martínez, Consuelo Oñate, Pedro Jiménez y Román García, en la presentación./
Manuel Martínez, Consuelo Oñate, Pedro Jiménez y Román García, en la presentación.

Una publicación del arqueólogo Pedro Jiménez detalla la huella que dejó la conquista cristiana en el paisaje urbano

M. RUBIO

Trapería, en pleno centro histórico, no siempre fue una arteria bulliciosa y comercial. El eje peatonal que hoy enlaza la Catedral y Santo Domingo surgió en la segunda mitad del siglo XIII tras la demolición de un muro que mandó levantar Jaime I el Conquistador. El rey de Aragón partió por la mitad la urbe con el fin de separar a la población musulmana (que debía residir en la zona occidental) de los repobladores cristianos (en la parte oriental). La tapia apenas duró en pie unos meses. Porque cuando su yerno, Alfonso X El Sabio, tomó posesión de la ciudad, en 1266, ordenó su derribo, a la vez que propuso otra distribución de la población: musulmanes en el arrabal (esto es, en las afueras) y cristianos en la medina (el centro).

Al monarca sabio se le debe buena parte de la configuración urbana de Murcia. Entre las medidas de calado, fijó que las fachadas de las viviendas debían retranquearse un metro, con el fin de ensanchar las calles. Eso sí, esas obras no debían realizarse de inmediato, sino cuando se demoliera una casa o cuando se realizaran reformas mayores. Así, esta transformación se prolongó durante siglos.

Los detalles sobre cómo cambió el paisaje urbano con la conquista cristiana aparecen en una nueva publicación, dentro de la colección 'Papeles de cultura', escrita por Pedro Jiménez Castillo, investigador adscrito al Laboratorio de Arqueología y Arquitectura de la Ciudad (LAAC) de la Escuela de Estudios Árabes (CSIC). El trabajo, que ha contado con la ayuda del también arqueólogo Julio Navarro, se presentó ayer, en el Museo de la Ciudad, dentro de los actos del 750 aniversario de la creación del Concejo de Murcia.

No todos los cambios fueron así de tranquilos. Los hubo más radicales y, por lo general, relacionados con el significado de los edificios. Entre los más recordados, la conversión de la mezquita mayor en la catedral de Santa María. La decisión la tomó el mismo Jaime I, a principios de febrero de 1266, nada más recuperar la ciudad tras la revuelta mudéjar.

Pero las transformaciones urbanas comenzaron unos años antes, en 1243, tras la firma del Pacto del Alcaraz, por el que Murcia se incorpora al Reino de Castilla como una especie de protectorado. Fue entonces cuando se registran los primeros asentamientos de tropas cristianas. La repoblación a cargo de los vencedores supuso el inicio de una serie de cambios en el entramado urbano, con el fin de «adaptarlo a los gustos y necesidades» de los recién llegados.

¿Quién vive ahí?

Jiménez destaca la adaptación de las viviendas. «El modelo residencial musulmán consiste en una casa de patio central y cerrada al exterior, con el fin de proteger de las miradas extrañas a las mujeres, que en esta cultura son las depositarias del honor de la familia. Sin embargo, los cristianos tienen otras prioridades. Para ellos, la fachada de la residencia es un elemento primordial ya que tiene la misión de representar a la familia que allí vive, por ejemplo, colocando su escudo de armas».

Así que con la conquista de Murcia, la ciudad fue perdiendo su trazado de calles estrechas y viviendas ocultas a la vista. El investigador del CSIC recuerda que a finales del XIX ya no quedaban restos de arquitectura doméstica islámica. Primero desaparecieron las viviendas; más tarde, las puertas de la ciudad. Aproximadamente hasta el siglo XVI se mantuvieron en uso los baños públicos, porque al principio los cristianos también disfrutaban de ellos. Luego empezaron a estar «mal vistos», y aquello fue su ruina.

El golpe más llamativo contra ese patrimonio es tan reciente que aún causa sonrojo. Fue en los años 50 cuando, aprovechando la noche, el Ayuntamiento derribó los baños árabes de la calle Madre de Dios para dejar paso a la nueva Gran Vía. Pero esta es otra historia. Como indica Jiménez, esa transformación ya tiene que ver «con otras necesidades de la ciudad moderna, relacionadas con el aumento del parque automovilístico».

¿Salió ganando la ciudad con esos cambios en su paisaje? El investigador dice que «los historiadores no entramos en ese tema». Sin embargo, a la vista está que de aquel rico patrimonio islámico poco queda en esta urbe del XXI. Entre lo conservado, algunos paños de la famosa muralla, restos del palacio de San Juan de Dios y el claustro de Santa Clara. Las últimas excavaciones han sacado a la luz nuevos hallazgos, como el yacimiento de San Esteban o los baños de San Lorenzo. Apenas unos retazos de lo que se encontraron aquellos primeros cristianos hace ocho siglos.

 

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