El último y breve alcalde de la república

Sede municipal. El Ayuntamiento de Murcia, en una instantánea de 1908.
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Sede municipal. El Ayuntamiento de Murcia, en una instantánea de 1908.

La ciudad aplaza desde hace once años una calle a la memoria de Bienvenido Santos, a quien llegaron a condenar a muerte en 1939

ANTONIO BOTÍAS CRONISTA OFICIAL DE MURCIA

Bienvenido Santos, el último alcalde de la segunda república española, habría de sufrir dos vergonzosos olvidos. Uno en vida, cuando fue apartado del cargo, vía telefónica, tras acabar en 1939 la Guerra Civil. Y otro, ya después de muerto, cuando el Ayuntamiento que presidió decidió otorgarle el nombre de una calle y, once años después, todavía nadie ha encontrado una. Una para él, claro. Porque mire que se han inaugurado cientos, incluso para honrar a pedáneos a los que la historia no recordará.

Bienvenido Santos, natural de Valdecarros (Salamanca), nació el 15 de marzo de 1882 y ejerció de maestro en varias poblaciones hasta que recaló en el colegio Cierva Peñafiel de Murcia. En marzo de 1924 figuró como participante en la Asamblea Provincial de Maestros que se celebró en la ciudad. Ocho años después sería elegido diputado en las Cortes, cargo que desempeño hasta 1926. Además, fue presidente de la Federación Provincial Socialista, vocal suplente del Comité Nacional del PSOE en representación de la Región de Levante, y alcalde de la ciudad, en sustitución de Fernando Piñuela y tras la interinidad de Emilio García.

Santos accedió al cargo de primer edil el 26 de enero de 1938. En la votación celebrada en el Consistorio obtuvo 16 votos a favor y uno en blanco. Ganó, pero solo las minorías lo votaron. Al acto no asistieron los concejales de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), los de la Federación Anarquista Ibérica (FAI) ni tampoco nadie del Partido Liberal. Pero sí estuvieron presentes la UGT, Unión Republicana, Izquierda Republicana, y los «comunistas y socialistas», como destacó el diario 'El Liberal'.

Durante el discurso que pronunció aquella tarde, Santos destacó que, aunque no era murciano, sentía un gran cariño hacia esta tierra y se consideraba uno más. Además, insistió en que se apoyaría en todos los colegas de la Corporación, entonces denominada Consejo, para trabajar «con gran celo por los intereses del pueblo». El nuevo alcalde solicitó también la cooperación de los empleados municipales y la «leal colaboración de la prensa, sin bombos, que nos los quiero, pero sin críticas sistemáticas».

El horno, en cualquier caso, no estaba para bollos en la Murcia de aquel año. A causa de la Guerra, su antecesor interino en el cargo, Emilio García, había advertido apenas unos días antes a la prensa de que se acababa el plazo «que se marcara a los vecinos productores de nuestra huerta para que nutrieran nuestras plazas y nuestros mercados de artículos de consumo». Y anunciaba, ante el problema acuciante de abastos, «medidas enérgicas y severas, sin perjuicio de llevar a cabo cuantas fiscalizaciones e intervenciones se consideren necesarias». Ahí quedó eso.

Una de las primeras iniciativas que desarrolló el alcalde Santos fue participar en todas las comisiones que existían en el Consistorio «a fin de enterarme minuciosamente del funcionamiento de ellas», como declaró a 'El Liberal' el día 1 de febrero de aquel año. Para el presupuesto de 1939 aumentó el gravamen sobre los artículos de uso y consumo y subió en 5 pesetas diarias el sueldo de los funcionarios.

El último pleno

El 22 de marzo de 1939, una semana antes de que la Guerra acabara, Bienvenido presidió la «sesión ordinaria de la Permanente», lo que después devendría en junta de Gobierno. Al día siguiente se convocó el Pleno «para revalidar los acuerdos» adoptados en ella, según destacó 'El Liberal'. En aquel pleno, incluso, se estableció como fecha para la siguiente sesión el 23 de junio. Ya nunca se celebraría.

Seis días después, el 28 de marzo, como recordaría años después Francisco Medina, exdiputado republicano y responsable de dirigir la rendición de la ciudad, se dirigió al Gobierno Civil, hasta ese día bajo el mando de Jiménez Canito, a quien le advirtió de que «Murcia ha dejado de ser comunista. Ha terminado la guerra». El gobernador, perplejo, le preguntó a Medina: «¿Pero yo estoy detenido?». A lo que le respondió: «Puede marcharse. Nuestra misión ni es detener ni es juzgar a nadie». Los hechos posteriores evidenciaron que, ni de lejos, decía la verdad.

En este testimonio, publicado en 'Línea' en 1978, Medina aseguraba que también telefoneó a Santos para comunicarle que «¡ya no es usted alcalde de Murcia!». El edil se sorprendió de la llamada y Medina, tras asegurarle que «es usted una buena persona», le aconsejó que no acudiera al ayuntamiento y que solo deseaba evitarle «contratiempos».

Medina aclaró en su testimonio que «prueba de que era buena persona es que, cuando lo juzgaron y condenaron a muerte, al poco tiempo de conmutarle la pena lo dejaron en libertad». Aquella misma mañana tomó posesión como alcalde Julio Torres Gascón. Curiosamente, el propio Medina no escapó a la purga franquista: Fue juzgado por haber sido diputado en 1936, aunque resultó absuelto.

El 1 de julio de 1939 se convocó el consejo de Guerra «contra el Frente Popular», a las diez de la mañana en el Ayuntamiento. Entre los acusados figuraba el exalcalde Fernando Piñuela, quien acabaría siendo ejecutado, y «el último alcalde durante la dominación comunista, Eduardo Santos Borrego», como publicó en su portada el diario 'Línea'.

Junto a ellos, otras 9 personas se sentaron en el banquillo en el salón de plenos que levantara otro alcalde, Francisco Martínez García, al que también habían fusilado, en este caso las fuerzas leales al Frente Popular, al comienzo de la Guerra. A Santos le conmutaron la pena de muerte por 30 años de reclusión, aunque a los 3 quedó en libertad y se marchó al exilio, que así se llama a no vivir en Murcia. Pero no muy lejos, a la provincia de Alicante, donde trabajaba su esposa.

Bienvenido falleció el 19 de agosto de 1953 en Godelleta (Valencia), cuando contaba 71 años de edad. Aunque los murcianos no se enteraron hasta pasados unos días, cuando 'Línea' publicó una esquela pagada por «sus sentidos residentes en Murcia, que le dedican este piadoso recuerdo». Ahora, el PSOE exige que se cumpla el acuerdo, tomado hace once años, de darle el nombre de una calle a este alcalde que la historia, porque así somos por estos lares, ya había echado al olvido.

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