El hambre que en la Guerra quitaron los cuáqueros

Inédita. Fotografía recuperada por 'La Verdad' de los talleres de costura que impulsó Wilson.
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Inédita. Fotografía recuperada por 'La Verdad' de los talleres de costura que impulsó Wilson.

Fotos inéditas recogen su labor en dos centros, el reparto en los colegios de mil desayunos diarios y la llegada de toneladas de comida desde EE UU

ANTONIO BOTÍAS CRONISTA OFICIAL DE MURCIA

Pocos murcianos comprendían su idioma, pero el hambre, si lo es de verdad, supera cualquier problema de comunicación. Por eso, cuando llegaron a Murcia en plena Guerra Civil, nadie se preocupó tanto en indagar qué significaba el nombre de cuáqueros como en aceptar aquellas enormes cajas de leche, azúcar, harina y carne enlatada que traían consigo. Y los murcianos los llamaron amigos. Muchas familias los recordarían más tarde como salvadores.

La Sociedad Religiosa de los Amigos, llamados cuáqueros, es una secta fundada en Inglaterra en el siglo XVII, sin culto externo ni jerarquía eclesiástica, en esencia cristianos protestantes. Su dedicación a los más desfavorecidos, con especial predilección por las mujeres y los niños, los trajo a España. Y eligieron como principales ciudades para establecerse Murcia y Barcelona, aunque según los diarios de la época fue la primera la que más atrajo su atención.

En una carta redactada en 2006 por Manuel Molares Porto, un nonagenario evangelista gallego que estuvo en Murcia por aquellos años, recordaba que encontró en la ciudad a dos pastores protestantes, Miguel Aguilera y Sebastián Villar, a quienes se dirigieron los cuáqueros para que les buscaran grandes naves donde almacenar la ayuda.

Miguel y Manuel lo lograron y el primer barco prontó arribó a Cartagena cargado con alimentos enlatados, entre ellos azúcar, arroz, leche y carne, que eran transportados en grandes cajas de madera forradas de hojalata. Para agilizar los repartos incluso trajeron a la Región su flotilla de camiones.

El diario 'El Liberal de Murcia' anunció en junio de 1937 la inauguración de dos instituciones para la infancia. Una, en el Instituto de Higiene bajo el amparo económico de The American Friends Service Committee. La otra, en el conocido entonces como «chalé de Ginés Abellán, en la Puerta Nueva», consistía en un hospital para niños refugiados que contaba con treinta camas, aunque en el momento de su apertura ya tenía ocupadas dieciocho. A cargo de este centro se encontraba Francesca Wilson.

Francesca Wilson era por entonces una reconocida trabajadora social de experiencia contrastada durante la Primera Guerra Mundial. Tras una breve parada en Barcelona llegó a Murcia, su auténtico destino. Y lo hizo como voluntaria porque era maestra en Birmingham (Inglaterra). Wilson era cuáquera de nacimiento y, aunque a esas alturas de su vida apenas creía en nada, sí que actuó siempre respaldada por el movimiento.

La situación que esta mujer afrontó en la ciudad era terrible. Miles de refugiados que huían de Málaga antes de que cayera en poder de Franco se cobijaban en Murcia. Cada mañana, como recordaría más tarde en su libro 'In the Margins of Chaos: Recollections of Relief Work in and Beween Three Wars', alimentaba a unos 700 niños, mujeres embarazadas y lactantes. Y el problema eran las madres, que «echaban abajo las puertas, tiraban las garitas, entraban en tropel al almacén [..], se peleaban, se estiraban del pelo y se desgarraban la ropa. [...]. Aquello no era un desayuno, era el infierno». Era el hambre.

Hambre que se extendía también por los centros de refugiados abiertos en Murcia por el Gobierno. Sobre uno de ellos, Angela Jackson recogería en su obra 'Las mujeres británicas y la Guerra Civil española' el testimonio de Frida Stewart, ayundante de Wilson, quien lo describíría «como salido de las historias más sórdidas de Dickens. Parecía increíble que aquello pudiera existir en 1937».

A pesar del terrible panorama, Wilson, en apenas dos meses, logró mitigar las carencias de aquella avalancha humana. Además, se cuidó de tomar fotografías de sus logros que años más tarde fueron publicadas en Inglaterra y que eran inéditas, hasta hoy, para los murcianos.

La ayuda prestada por los cuáqueros a Murcia está fuera de toda duda. Así lo prueban decenas de referencias en la prensa de la época. En junio de 1938, por ejemplo, la Dirección Provincial de Primera Enseñanza, tras establecer una sesión única en los colegios, de ocho a una de la tarde, aclaraba que «en las escuelas donde se facilita a los niños el desayuno, gracias a la generosa iniciativa de los Amigos Cuáqueros, se computará como hora de recreo el tiempo empleado en servirlos».

Hasta café del Brasil

En agosto del mismo año deciden alquilar una residencia amueblada para ampliar sus servicios. Según el anuncio que publicaron en 'El Liberal', los interesados podían dirigirse a la calle de San Nicolás, número 25, donde mantenían unos almacenes. Miguel Aguilera era el director del centro. Y en diciembre lograron que el gobernador civil, Cañas Espinosa, les cediera «dos amplios salones-cafés» donde los cuáqueros repartían «un millar de desayunos diarios a los niños de nuestra capital», tal y como informó el diario 'Nuestra Lucha', que así se llamaba en 1938 a 'La Verdad'.

Algunos murcianos, que la historia debería recordar, ayudaron en aquella labor humanitaria. Entre ellos, el alcalde socialista, Fernando Piñuela, el mismo que también evitó que desapareciera una parte del patrimomio histórico de la ciudad y que más tarde fusilaría el gobierno franquista sin atender las muchas peticiones de indulto. Junto a Piñuela, al proyecto se sumaron José Castaño, Gabriel Pinazo, Encarnación Zorita, Clara y Elisa Smilg, Carmen Tapia y Pilar Barnés.

Aquel año de 1938 se distribuían al día seis mil raciones de pan en las distintas escuelas. El reparto estaba a cargo del «bonachón señor Smilg, con su ambulancia multicolor», como publicó 'El Liberal'. Los mil desayunos que se donaban estaban compuestos de chocolate o leche con cacao y pan. A las madres que daban pecho también se las ayudada. ¿Y de dónde venían los víveres? De muy diversas organizaciones americanas y de la Cruz Roja.

La institución continuó sus tareas hasta el final de la Guerra Civil. El 9 de marzo de 1939, apenas 20 días antes de acabar la contienda, los cuáqueros distribuyeron 50 gramos de café «obsequio del Gobierno del Brasil» por cada ración de las que entregaba el almacén municipal de abastos de Murcia.

Apenas terminó la Guerra, Auxilio Social, órgano asistencial de la España franquista, se hizo cargo de la gestión. Lo hizo el día 10 de abril, según anunció el nuevo diario 'Arriba', que mantenía cómo «los niños murcianos reciben diariamente dos mil quinientos desayunos». Acababa así el sueño de unos cristianos que supieron remediar el hambre de miles de murcianos, aunque las siguientes décadas de dictadura aplastaran incluso su recuerdo. Hasta hoy.