Los Rosales sur aún espera su rescate

Imagen del paseo de las Acacias, que atraviesa el barrio de norte a sur, donde se puede apreciar el mal estado de los bloques de viviendas y la escasez de mobiliario urbano. /
Imagen del paseo de las Acacias, que atraviesa el barrio de norte a sur, donde se puede apreciar el mal estado de los bloques de viviendas y la escasez de mobiliario urbano.

Las obras de regeneración del barrio de El Palmar se centran ahora en «la parte de arriba, que está mejor que la de abajo». Los vecinos admiten que es difícil convivir y se culpan entre sí del tráfico de drogas, causa principal de los conflictos que surgen casi a diario

JOSEFINA MECAMURCIA

Gitanos, payos y africanos conviven como pueden en el barrio de Los Rosales de El Palmar. Una colonia marcada por el tráfico de drogas que, si bien superó su etapa más dura, continúa presente hoy día. Un problema añadido, que tiene su origen en los dos hechos anteriores, es el deterioro del entorno. «¿Que cómo está el barrio? Podrido», asegura uno de los pocos vecinos que se atreven a hablar sin tapujos. Otro afirma, sin embargo, que la vida aquí es «divina» y la convivencia «muy buena», aunque admite que hay peleas «de vez en cuando, como en todos sitios».

Antonio García lleva en Los Rosales toda su vida y sabe de lo que habla: «Aquí hay mucha gentuza y hay droga; lo de siempre. Todo el mundo lo sabe pero nadie hace nada, ni la Policía, que sabe quiénes son». Asomado a la ventana, con la persiana casi hasta abajo, Antonio (nombre ficticio) admite que se lleva mejor con los marroquíes que con los gitanos. «Ellos viven en su ambiente, a su manera. Los que no se integran son ellos y si te quejas, peor para ti». Critica que los políticos «vienen a hacer el paripé cuando hay elecciones» y se pregunta «por qué están arreglando la parte de arriba, si está mejor que ésta. Además, lo único que hacen es reparar los tejados». Antonio se refiere a la frontera que establece la avenida de los Rosales, que divide el barrio en dos zonas. «A la vista está que hay que arreglarlo todo», comenta Paco Serrano, que señala los innumerables desperfectos del entorno: fachadas deterioradas, mobiliario urbano en mal estado y escaso, suciedad, etc.

En la zona norte, donde se encuentra el colegio Santa Rosa de Lima, están ya en marcha las obras de rehabilitación de la primera fase de un proyecto de regeneración integral del barrio que impulsa el Ayuntamiento. La primera parte, en ejecución, tiene un presupuesto de 1,3 millones y un plazo de siete meses.

Primera fase en marcha

El plan de actuaciones de la primera fase, elaborado por Urbamusa, incluye la mejora de 14 bloques de viviendas y espacios urbanos. Del total de la inversión, un 35% lo aporta el Ministerio de Fomento; un 9,1%, la Comunidad Autónoma; y el resto, el Consistorio. «Nuestra intención es reformar barrios, construir plazas y recuperar espacios para el disfrute de los vecinos pero, sobre todo, estamos comprometidos con las personas», aseguró ayer el alcalde Ballesta durante una visita. El primer edil mantuvo un encuentro con los colectivos sociales que trabajan en la zona y que ofrecen cursos, talleres y otras actividades para el fomento del empleo, la educación y la buena convivencia. Cepaim, Rasinet, Copedeco, Secretariado Gitano y Columbares son las entidades presentes en Los Rosales.

«Falta educación»

Anncha Lamasse, educadora social de Columbares, imparte clases de español, habilidades sociales y charlas sanitarias a mujeres marroquíes. «Cada vez hay más demanda; falta educación en todos los niveles». Según ella, la convivencia entre los vecinos es «buena, en general» y considera que la mala fama «viene desde fuera». Durante el recorrido por la colonia, Anncha recibe saludos, besos y abrazos de muchos conocidos, como Fátima Kasmi, que lleva casi once años viviendo en el barrio. «Estuve cinco años abajo (zona sur) y había mucho ruido; la Policía tenía que venir cuando había algún problema... Ahora vivo en la parte de arriba, que es más tranquila». Fátima se dirige al colegio Los Rosales, donde actúa como traductora en una reunión de tutores con madres y padres de alumnos. Por el camino aparece Tifa Ourkia. «Vivo aquí hace seis años y nunca he tenido problemas», asegura.

Fátima explica que «al principio tenía miedo, no conocía a la gente, había rumores de peligro, de drogas, pero luego hay de todo. Se puede vivir y sobrevivir», concluye. Carlos García, de Ecuador, lleva doce años aquí: «Nunca me han tocado», afirma mientras charla con varios conocidos gitanos, latinos y africanos. «Si ellos respetan nuestras costumbres, nosotros respetamos las suyas», advierte Joaquín Cortés, en referencia a los marroquíes, con quienes tienen más fricciones. Paco, de Senegal, señala que la colonia es tranquila. «Si hay gente mala, no hago caso, no me meto».

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