«Vivir la Marcha Verde de Marruecos fue impresionante»

Miguel Alcaraz muestra su diploma de honor. / P. Espadas
Miguel Alcaraz muestra su diploma de honor. / P. Espadas

Miguel Alcaraz Díaz, artillero veterano

PACO ESPADAS

Miguel Alcaraz nació en Fuente Álamo en 1953. Siendo mozo, fue llamado a filas del Servicio Militar. Le enviaron a la entonces capital del Sahara y colonia española, El Aaiún. Tras un tiempo allí, ascendió a cabo primero en el Regimiento de Artillería Nº 95. Por aquel entonces, el gobierno marroquí, dirigido por el monarca Hasán II, convocó la conocida como Marcha Verde, que Alcaraz vivió en primera línea.

-¿Qué y cómo fue la Marcha Verde?

-Fue un movimiento organizado por el gobierno de Marruecos coincidiendo con el ingreso en el hospital del general Franco y que generó un vacío de poder en España. Hassán II convocó a más de 350.000 magrebíes para pisar territorio español, que no tenía una frontera natural. En aquel tiempo, existía una especie de guerra fría, Estados Unidos dio el beneplácito para aquella marcha y quizás sujetó a los militares españoles para que no arremetieran contra aquella multitud, por eso funcionó bien.

-¿Cómo vivió aquel momento?

-Aquello era impresionante, les teníamos a cinco kilómetros y se escuchaba el bramido que emitían. Nosotros, entre legionarios, paracaidistas y la brigada acorazada éramos 25.000 tíos repartidos en 12 kilómetros. Si algún mando hubiera dado la orden de abrir fuego, hubiera sido una matanza terrible. Una vez que cruzaron la frontera, pasado un tiempo, nos dijeron que nos teníamos que marchar.

-¿Cómo era aquel Aaiún?

-La ciudad era pequeña, tenía unos siete mil habitantes. Estar allí durante meses era muy duro, pero más duro era para los soldados que se encontraban diseminados en fortines de la zona.

-Y, a la hora de recibir la noticia, ¿cómo se lo tomó?

-Cuando me reclutaron me quedé estupefacto. Todos mis amigos estaban destinados en Cartagena. Nos metieron en aviones Hércules y, después de tres horas, aterrizamos en África. Al principio se me cayó el mundo a los pies, para mí todo era la primera vez. Después de que me dieran un par de castañas, todo era normal. Nunca me he arrepentido de esa experiencia.

-Pero ascendió a cabo primero...

-En mi compañía aún existía el analfabetismo, algunos no sabían leer ni escribir, mientras que yo estaba muy leído. Me presenté al examen y ascendí, aprobando de forma brillante. Tenía algo más de responsabilidad y ganaba algo más de dinero. También teníamos algo más de intimidad. Además, me libré de las guardias.

-¿Cómo fue su regreso?

-El 3 de diciembre de 1975 salí en avión hasta Canarias y, desde allí, a Madrid. Como era cabo, llevaba en mi poder un documento con el que nos dejaban viajar sin pagar nada en transporte público, tanto yo como cinco soldados que vinieron a mi cargo. La madrugada que llegué a Murcia me encontré que no podía llegar hasta mi casa. Entonces decidí hablar con un taxista y le dije de donde venía y que, si me llevaba a mi casa, mi padre le pagaría el servicio, ya que no llevaba un duro encima, venia pelado como un pollo. El taxista no lo dudó, todo eufórico me dijo «sube al coche» y me llevó.

-¿Y el recibimiento?

-Nadie me esperaba, entonces no teníamos teléfono para avisar. Al llegar a Fuente Álamo, aquello fue sonado. Mi padre sacó una botella de coñac para brindar y los vecinos salían a verme con aquella pinta, ahí acababa mi aventura militar. Aún conservo mi diploma de cabo.