La vida de antes en la zona del Noroeste

Jesús López, ante un antiguo horno que se conserva entre ruinas de construcciones. / LV
Jesús López, ante un antiguo horno que se conserva entre ruinas de construcciones. / LV

JOSÉ SÁNCHEZ CONESA

Un vecino de la aldea de San Juan, Pedro Pérez nos cuenta: «Es la vida que había entonces. Y también se vivía. Se oía cantar a la gente, ahora no sientes cantar a nadie». Es verdad, bien en un bancal o en un taller, todos cantaban. Cómo que hubo un tiempo de cantes específicos para cada faena.

Jesús López García es profesor de Geografía e Historia en el IES San Juan de la Cruz de Caravaca y autor del texto: 'Y también se vivía', libro ilustrado de manera sobresaliente por Pascual Adolfo López Salueña y editado por Gollarín. Jesús se convierte así en el Delibes del Noroeste para relatar lo vivido y lo perdido en cortijadas de Caravaca de la Cruz, Moratalla, Letur, Socovos, Férez, Nerpio, Santiago de la Espada, La Puebla de don Fadrique o Los Vélez; municipios todos ellos pertenecientes a las provincias de Murcia, Albacete, Jaén, Granada y Almería pero que conforman una singular comarca.

El texto se construye sobre los testimonios de 24 informantes, algunos nacieron en los años 20 del siglo pasado y, claro, el toque personal de Jesús. La obra, que recoge diálogos de personajes reales y ficticios, viene con premio: un 'cedé' con preciosas fotografías de sierras, collados, cañadas, ríos, pueblos, cortijás, árboles. La arquitectura de lo que queda: casas, alacenas, hornos de cocer pan, rejas, pedrizas, la ermita que emerge de las ruinas, una ventana al vacío. Un campo sin campesinos. Las romerías, la fiesta de las cuadrillas de Barranda. Se escuchan testimonios orales de los informantes mientras suena la música tradicional de todos estos lugares.

Jesús López presenta mañana en el Palacio de Molina un libro que recopila lo vivido y lo perdido en su comarca

Había olvidado que a los gatos se les espanta exclamando: ¡Zape! (¡Sape!). Aparecían por los rincones gitanos rulanderos y limosneros, aquí llamados 'pelegrinos' (por peregrinos), ataviados con sus hábitos religiosos, ofertaban estampas a cambio de limosna. Se decía que eran personas desestructuradas social y familiarmente tras la guerra porque, dados por muertos en el frente, sus mujeres rehacían una nueva vida en la que ellos ya no tenían papel. Ese mundo andante recuerda a la España de los caminos, tan presente en el Quijote: moriscos huidos, pícaros y galeotes.

Conocemos la flora y fauna del territorio y la gastronomía: todos los días migas antes de trabajar la tierra o de guardar el ganado. Este es Jesús: «Te metes en internet y te salen tíos de todos sitios diciendo que eso de comer migas cuando llueve es típico de su región. Hay que ver la de tonterías que se dicen hoy día con el tema de lo que es típico de las regiones».

En este retablo humano no faltan los arrieros y recoveros que vendían por las cortijás. Pedro, el de Cañada de la Cruz, recitaba: «Compro a tres, vendo a seis y si pierdo, que pierda». La réplica no se hacía esperar: «Pues claro, así no te equivocas, vaya un pijo».

Se narra que desde Cartagena llegaba hasta aquellos rincones un vendedor de frutas, al que los zagales robaban las naranjas que portaba en el carro.

Otro día celebraron una rifa, resultando agraciado un paisano al que le tocó en suerte un gallo que se llevó vivo hasta su casa, picándole los seis kilómetros del recorrido que realizó andando.

Aparecen en la obra tradiciones que no se dan por aquí, como encender hogueras en Nochebuena, Santa Lucía y San Antón. Los mozos cuando marchaban del pueblo para ingresar a filas pasaban a despedirse por las casas de vecinos y familiares recogiendo unas monedicas.

El fin del campesinado

Aquellos lugares altos son de una ruralidad más rotunda que nuestro Campo de Cartagena, porque aquí hemos padecido una gran destrucción del paisaje tradicional por la acelerada revolución verde que trajo el Trasvase. El nieto del campesino es hoy un empresario agrícola que se mueve en un entorno industrializado.

Allí nos encontramos caseríos abandonados, sin ningún habitante, pues comenzaron a sufrir el éxodo rural en los 50 marchando a localidades más grandes como Caravaca, Murcia y su entorno, Cartagena y comarca o Palma de Mallorca. La agricultura se mecaniza con tractores y camiones, sobrando mulas y burras, murmurándose que se las llevaban para fabricar salchichón. Alguno miraba su bocadillo por si reconocía a la Jacinta. El esparto se sustituyó por la fibra textil, decayó la economía de subsistencia y el éxodo resultante lo retrata el autor con sarcasmo: «Se fueron a una fábrica a apretar dieciséis mil veces un tornillo en una semana. Mientras duró la fábrica, claro, que al final cerró también».

Ahora se acude a una resemantización de lo rural en contextos de patrimonialización, musealización y turismo rural. Nuevos roles que vinculan a la población rural con la sostenibilidad, la ecología y la preservación del patrimonio rural. Determinados rasgos del pasado pueden ser utilizados en nuevos marcos económicos, sociales y culturales distintos de los originales como el turismo de experiencias: matanzas de cerdo a la antigua usanza, salidas con un pastor para conducir un rebaño, tareas agrícolas. En esa tesitura anda también la zona oeste de Cartagena, aunque no son procesos que se estructuren tan de repente.

Me gustan las recomendaciones que nos hace: Darse una vuelta por aquellos rincones, sentarse en una piedra, pensar un poco y comer por el pueblo más cercano. Rematando: «No siempre hay que hacerse la foto donde se la hacen 50.000 personas al día». Mucha retranca campesina.

El libro 'Y también se vivía', del que es autor Jesús López, será presentado mañana en Cartagena. Será en el Palacio de Molina, a las 20 h. Una cuadrilla de Caravaca de la Cruz amenizará la velada.