La tala de eucaliptos

Alameda de San Antón, en una imagen de 1927, con sus árboles originales. /
Alameda de San Antón, en una imagen de 1927, con sus árboles originales.

LUIS MIGUEL PÉREZ ADÁN HISTORIADOR Y DOCUMENTALISTA

Durante el mes de septiembre de 1989, Cartagena vivía una tensa y complicada política municipal. El alcalde Antonio Vallejo, del Partido Cantonal, gestionaba su mandato en minoría rodeado de graves problemas de todo tipo, el clima político se encontraba cada vez más encarnizado con coaliciones imposibles, transfuguismos y cierta tensión social que avecinaban tiempos convulsos que, desembocarían en una de las mayores crisis por la que ha atravesado la ciudad: los años noventa del pasado siglo.

En medio de inestabilidades políticas, luchas entre vecinos y trabajadores de Portmán Golf en el Llano del Beal, un conflictivo comienzo de curso en colegios e institutos, las protestas de los vecinos de El Algar contra la autovía Los Beatos-La Manga, una contaminación desbocada, fuertes inundaciones, el cierre de Fesa, la intranquilidad de los habitantes de La Aljorra por la instalación cerca de sus viviendas de la General Electric, y con una deuda municipal cifrada en más de 12.000 millones de pesetas, se sumaba otro problema surgido en la prevista remodelación de unas de las principales arterias de entrada a la ciudad, la Alameda de San Antón.

El estado lamentable en el que se encontraba este paseo había sido ya en meses anteriores motivo de controversias entre vecinos, ecologistas, partidos políticos y el equipo de gobierno.

La sustitución de los centenarios eucaliptos por palmeras en los laterales de La Alameda ya tuvo en contra a varios colectivos que se manifestaron por considerarlo un atentado ecológico. Las autoridades razonaban este cambio arbóreo como imprescindible ya que las raíces de los eucaliptos rompían todo el sistema de alcantarillado y tuberías de suministro de agua potable de aquella zona.

Además, para la parte central se había presentado un proyecto del constructor Tomás Olivo para la realización de un aparcamiento subterráneo que obligaba a la tala de esos árboles y su sustitución por otros 500 árboles y zonas ajardinadas.

A finales del siglo XIX se plantaron muchos eucaliptos para que eliminaran la humedad del suelo y ahuyentaran a los mosquitos de la zona, sustituyendo a los álamos que dieron nombre a esta misma vía. Los eucaliptos son arboles endémicos de Australia, pero en la Península Ibérica presentan unas condiciones de clima y suelo que son especialmente idóneas para su desarrollo natural productivo, de crecimiento rápido, pero tienen el inconveniente que provocan alostería, un fenómeno consistente en la emanación de unas sustancias químicas que hacen que no crezcan árboles o hierbas de otra clase a su alrededor.

Esta era la causa del feo aspecto que presentaba la Alameda en aquellos momentos, con grandes árboles centenarios sobre una superficie sin urbanizar que solo servía como aparcamiento improvisado de vehículos. Pero a pesar de esto, muchos vecinos y otros colectivos, ya fuera por razones sentimentales o porque consideraban fundamentales la presencia de estos árboles para mitigar la fuerte contaminación, se opusieron a su tala.

El conflicto surgió de manera violenta cuando el Ayuntamiento decidió abordar la remodelación, con la tala de cerca de treinta eucaliptos, provocando la inmediata reacción de ecologistas y vecinos que se manifestaron recogiendo firmas e impidiendo con su presencia la continuación de estos trabajos.

Incluso la controversia llegó al propio equipo de gobierno. Concejales del mismo Partido Cantonal se enfrentaron abiertamente unos a favor y en contra de la tala de los eucaliptos, como fueron los casos del concejal de Obras Públicas, Isidoro Bobadilla, ordenando la tala, y José Espinosa, concejal de Parques y Jardines, oponiéndose a la misma.

Debido a la presión social (recogida de firmas, exposición de argumentos contrapuestos, contradicciones e informes varios) la tala se paralizó de momento.

Como ocurre en muchos casos, las partes no cedían, nadie se ponía de acuerdo y el conflicto, conforme pasaba los días, iba in crescendo. Los agentes sociales, políticos, vecinales y ecologistas querían sacar tajada, haciendo frente común a un equipo de gobierno débil y con pocos recursos para lograr un acuerdo.

La tensión llegaría a su máximo el 22 de septiembre, cuando el Ayuntamiento retomó la tala de los eucaliptos. En previsión de altercados las autoridades municipales dispusieron la presencia de la práctica totalidad de los agentes de servicio de la Policía Local, contando con el apoyo de numerosos miembros de la Policía Nacional. Frente a ellos, un numerosísimo grupo de vecinos, sobre todo mujeres y niños, y miembros de las asociaciones de ecologistas Grana y Anse.

Al caer el primer árbol, la violencia se desató, los manifestantes se encadenaron y abrazaron a los eucaliptos interviniendo las fuerzas de orden público con porras y espray, provocando intensos altercados cuando más manifestantes cortaron la carretera.

Los enfrentamientos duraron todo el día, alrededor de unas trescientas personas participaron directamente, pero otras muchas más se acercaron como observadores de esta algarabía.

El empleo de la fuerza policial fue censurado por toda la oposición, aunque la acción de un manifestante pinchando con una navaja las ruedas de seis coches patrulla de la Policía Local no ayudó precisamente a contenerla.

Mientras esto ocurría en la Alameda, grupos de ecologistas acudieron dos veces al Ayuntamiento buscando responsables y pidiendo la dimisión del alcalde que, por cierto se encontraba en casa aquejado de un catarro.

Sobre las ocho de la tarde se suspendió la tala, quedando todavía algunos eucaliptos en píe, y con un balance de ocho personas heridas de diversa consideración y tres detenidos. Durante varios meses se prolongó esta polémica tala, hasta que desapareció el ultimo eucalipto, por el interés general decían una parte. Por otra, el empleo de la violencia policial y la oposición a la voluntad vecinal había deslegitimado socialmente al equipo de gobierno municipal.

Se escribió que había sido el «crimen de la Alameda», «réquiem por los eucaliptos», «con premeditación y alevosía», «represión policial dictatorial», «Toda Cartagena contra la tala», o «Abraza el árbol de tus abuelos». Hoy al ver este vial, casi nadie recuerda estos sucesos, pero conviene no olvidarlos. Solo con el consenso, el dialogo y la participación de todos evitaremos hechos tan lamentables como los vividos con la tala de los eucaliptos.