Paisaje sobre raíles por España

Ángel Pérez Martos, ante uno de los trenes que tomó. / LV
Ángel Pérez Martos, ante uno de los trenes que tomó. / LV

TOMÁS MARTÍNEZ PAGÁN

Desplazarse en tren está de moda. Predominan los trayectos relámpago de ida y vuelta en un mismo día. Los AVE y el Euromed, todos ellos atestados de pasajeros ocupados preparando reuniones y realizando las últimas llamadas telefónicas. Son los 'altos vuelos terrestres', que compiten en tiempo y precio con las compañías aéreas, resultando harto difícil encontrar un billete para el mismo día a un precio razonable.

Sin embargo, viajar en tren está en declive. Se ha transformado en un simple medio de transporte. Un mero desplazamiento. Pero a veces conviene recordar que el traslado también es parte del viaje. No siempre es necesario empezar las vacaciones corriendo, escogiendo los medios de transporte más rápidos que nos teletransportan a nuestro destino. A veces conviene dejarse llevar por el suave traqueteo de un tren.

Esta es siempre una buena opción para el viajero parsimonioso que desee disfrutar de los paisajes que se suceden a través de la ventanilla aunque, sin duda, una mala noticia para las gentes de la región que se desplazan por necesidad. Y es que, en ocasiones, esa lentitud extrema de algunos trenes no es fruto de la voluntad de ofrecer el deleite del pasaje sino una clara consecuencia del déficit en la inversión y mejora de la infraestructura ferroviaria tradicional, que parece haberse volcado por completo en las líneas de alta velocidad.

A finales de enero, Ángel Pérez Martos inició la vuelta a nuestro país en tren

Bien lo sabe mi buen amigo y extraordinario cartagenero Ángel Pérez Martos, gran aficionado al ferrocarril que, mientras tomábamos un buen gintonic en El Sereno, nos contó su experiencia en un viaje por toda España que había realizado. Lo programó para hacerlo en tiempo récord pero siempre utilizando trenes convencionales, que si no «en alta velocidad sería muy fácil».

Ángel, heredero de una saga de ferroviarios, con abuelo, padre, hermanos, cuñados y sobrinos en dicho oficio, había comenzado a planificar su aventura en la época en la que todavía existían los expresos nocturnos, los celebres correos con infinidad de paradas que llegaban a tardar hasta 12 horas en realizar su recorrido. Sin embargo, como en el momento de iniciarla estos ya casi habían desaparecido, se vio obligado a viajar solo en horario diurno haciendo noche en tierra. Y como quería tener continuidad entre trenes y no dejar día sin viajar, también tuvo que utilizar algunos de esos trenes 'especiales' que todavía recorren nuestra geografía.

Así fue como el pasado 29 de enero, cargado con su petate y su bota de vino, Ángel salió de Cartagena, a las 7.40, camino de Zaragoza, donde le esperaban unas buenas amigas. Le acogieron en su casa y, para resarcirle de las casi 9 horas y media que le había llevado el trayecto con tan solo un bocadillo de jamón en el cuerpo, le prepararon una cena elaborada con productos frescos de la tierra: borrajas con patatas, huevos al salmorejo y de postre, las célebres frutas de Aragón, todo regado con buen vino denominación Campo Borja de uva Garnacha.

Al día siguiente cogió el regional conocido como 'el canfranero', que normalmente realiza su recorrido en casi 4 horas pero que aquel día, debido a la nieve acumulada en la vía el tren, solo llegaba hasta Jaca, por lo que tuvo que llegar a Canfranc en coche. Esa noche, para combatir el frío, se dio un festival gastronómico: unas buenas sopas de ajo y un asado de ternasco aragonés, todo regado con un buen vino de la tierra del Somontano, elaborado con uva autóctona Moristel.

El tercer día fue de Zaragoza a León con, pequeñas escalas en Miranda de Ebro y Bilbao, donde tomó el FEVE. En total, 13 horas de tren que alivió con la comida que hizo en Bilbao, a base de sus afamados pinchos, un chuletón de buey y el característico marmitako, finalizando con un buen Idiazábal; y todo ello regado con un txakolí de Bizkaia, elaborado con uva Hondarribi-Beltza. La cena en León fue algo más frugal: unas tapas de morcilla y cecina antes de la deliciosa sopa de trucha con la que entró en calor, acompañado todo con un vino de denominación Bierzo, de uva Mencía.

El cuarto día el reto era la ruta León-Ferrol, vía Oviedo; total, 10 horas y 35 minutos. En Oviedo paró a probar un delicioso cabrales, la clásica fabada y el postre típico que la acompaña, un exquisito arroz con leche. Para beber, un DO Cangas de uvas Carrasquín. Continuó ruta a Ferrol donde llegó lloviznando. Allí le esperaba su amigo Santi, cuyos padres le agasajaron en casa con una pantagruélica cena típicamente gallega: caldo, pulpo con cachelos, empanada de berberechos, jamón, queso de tetilla y bizcocho de nueces cosecha propia. Todo casero y acompañado por dos botellas de un Ribeira Sacra de uva Mencía.

Al día siguiente tocaba Ávila. En total, 4 trenes y 7 horas, pero nuevamente se desquitó cenando unos pinchos de morcilla, pringá, oreja y un buen caldo de cocido, finalizando con el consabido chuletón avileño, regado con un Cebreros de uva Garnacha. Después del merecido reposo nocturno, se levantó para continuar hacia Mérida, pasando por Madrid, donde paró una hora en la que aprovechó para ir al Brillante, que está frente a la estación, y tomar su producto estrella, el bocadillo de calamares y un asiático cartagenero que, aunque con buena intención, no estaba a la altura de los elaborados en nuestra Trimilenaria.

Volvió a subir al tren para llegar a la ciudad emeritense fue a una hora temprana de la tarde, lo que le permitió dar un paseo por la ribera del Guadiana, puente romano y resto de ciudad. Para reponer fuerzas se decantó por un jamón ibérico cortado a mano y tostas de pestorejo acompañadas de un buen vino de pitarra.

El penúltimo día el destino era Guadix; un trayecto de 8 horas y 46 minutos con parada en Sevilla, donde Ángel aprovechó para darse una vuelta por la calle Sierpes para tomarse unas manzanillas y unas tostas de pringá, camarones, pescaíto frito y un rabo de toro, acompañado por un DO Sierra de Málaga, de uvas Cabernet Sauvignon. Continuó su viaje hasta Guadix, teniendo que trasladarse a pie desde la estación hasta la ciudad, pues no había taxi ni autobús. Menos mal que pudo reponer fuerzas con el bacalao con tomate que tomó para cenar.

Llegó la hora de volver a la Trimilenaria. Para ello Ángel tuvo que cruzar Despeñaperros hasta llegar a Alcázar de San Juan, dónde tomó el último tren que le traería de vuelta, no sin antes disfrutar de la cocina manchega, traducida en unas deliciosas gachas y unos duelos y quebrantos que acompañó con un DO La Mancha elaborado con uva Tempranillo. Regresó a Cartagena a las 17.40 horas, con 10 minutos de retraso, el único que tuvo después de tantos trenes tomados y tantas estaciones visitadas.

Un histórico viaje por toda la geografía nacional el de este Phileas Fogg cartagenero que me trae a la memoria este pensamiento con el que termino. «Vi tantas liebres correr sin sentido, que aprendí a ser tortuga y a apreciar el recorrido».