Los orígenes de los dichos populares

Un abuelo, paseando con un niño por la calle. / MARCELO DEL POZO / REUTERS
Un abuelo, paseando con un niño por la calle. / MARCELO DEL POZO / REUTERS

JOSÉ SÁNCHEZ CONESA

El libro del Eclesiástico, que forma parte de La Biblia, recoge sabiduría moral y experiencia de lo vivido. Así lo atestigua en una de sus sentencias: «No dejes de oír el dicho antiguo, que es enseñanza de los padres de tus padres». Y de padres a hijos se han trasmitido enseñanzas experienciales condensadas en toda una serie de cuentos, leyendas, frases hechas y expresiones de la más diversa tipología.

Los fines de semana por las mañanas solía escuchar el programa 'No es un día cualquiera' de RNE, aún en antena, particularmente una sección a cargo del filólogo Pancracio Celdrán, nacido en Murcia en el año 1942, aunque criado en Valencia y residente en Madrid. Este especialista de la lengua se ha especializado en expresiones, ocurrencias, personajes y criaturas populares del folclore.

Como bien señala su compañero de micrófonos, Andrés Aberasturi: «Desde que Unamuno se inventara lo de la intrahistoria -un hallazgo formidable- todas las grandes ciencias encontraron su lado cotidiano, su vivir sencillo, de cada día y esa otra faceta resultó tan apasionante y mucho más divertida que la primera».

Los escolares deberían hablar con sus abuelos para conocer historias y expresiones

Alguien, en tiempos remotos o cercanos, creó una frase que hizo gracia pasando a servir como muletilla repetida, recurso que nos ayuda a explicar una situación, definir una determinada tipología de personalidad o nos muestra un aprendizaje moral. Todo en una frase sentenciosa que todos o casi todos comprenden a la perfección, aunque se desconozca el origen de la misma. Es lo que trataremos de exponer en el artículo de hoy, siendo conscientes que muchas de ellas corren el peligro de perecer en el vértigo de los días veloces en que nos vemos envueltos.

La génesis de los dichos se remonta a épocas en las que, desde luego, no contábamos con la televisión ni con internet y sus hijuelas las redes sociales, que tanto nos tientan. Quizá estos poderosos condicionantes contribuyan a su pérdida entre las generaciones que nos suceden. Pero entremos en harina.

Abundio, el tonto

Todo hemos dicho alguna vez: «Eres más tonto que Abundio», indicando insensatez o cortedad mental, siendo más que probable que el personaje aludido fuese real, residiendo entre los siglos XVII y XVIII en Córdoba, donde protagonizó tonterías como la de asegurar que regó todo un campo con la orina procedente de su miembro viril. También se ha dicho: «Eres más tonto que Abundio, que en una carrera en la que corría él solo, llegó el segundo».

Elogiamos a los valerosos diciendo que tienen agallas, las cuales son excrecencias del roble que se forman en su corteza, a modo de bolas pardas estriadas que recuerdan los testículos. El 'Diccionario de Autoridades' (1869) recoge 'tener agallas' con el significado de 'tener cojones', ser de ánimo brioso y esforzado. Aunque podemos remontarnos más atrás, al leerlo en la obra de Francisco Delicado 'La lozana andaluza' (1528).

Alguien es un 'ajo porro' cuando el aspecto que presenta es de persona arrogante y estirada, en alusión al tallo de esta planta que no se abate, aunque la pisen o golpeen.

Existe una hermosa copla que dice: «Yo me enamoré del aire/del aire de una mujer; / como la mujer es aire, / en el aire me quedé». Todo lo que se queda en el aire crea desasosiego como leemos en un texto sumerio del siglo XI antes de Cristo, que reflexiona acerca de la suerte, que a veces no le es propicia al sabio por ser excesivamente prudente, favoreciendo en muchas ocasiones al imprudente o al que arriesga. Abundando en ello asevera que la vida es de todos pero que «la suerte no está al alcance de unos o de otros, ni lejos ni cerca, ni arriba ni abajo, ni a un lado ni a otro lado, su lugar es el aire». Se dice por el uso antiquísimo en el juego de lanzar los dados o la moneda. Mientras está en el aire los dioses asignan la ventura o desgracia de quien los eleva, de modo que cuando caen a la mesa, tablero o suelo, la suerte ya se ha decantado.

Ha pasado un ángel

Cuantas veces en una conversación todos los concurrentes hemos callado y alguien dice: «Ha pasado un ángel». No se alude al ángel de la guarda que según nuestra religión nos protege, es un resto de la cultura latina clásica. Los romanos rendían culto en el altar dispuesto en los hogares a dioses menores protectores del hogar como eran los Lares y Manes, que significaban la permanencia de los muertos de la familia. Cuando alguno mencionaba el nombre de un difunto o se conversaba sobre ellos, todos guardaban silencio en señal de respeto antes de continuar la charla.

El autor propone a centros escolares, asociaciones e instituciones, que cada vez muestran más interés en el patrimonio inmaterial, un esfuerzo por escuchar a los abuelos en sus expresiones e investigarlas. Todo un tesoro por descubrir en un proceso en el que resultaran provechosas las obras de Pancracio Celdrán y en especial el 'Diccionario de frases y dichos populares' (2004). Ahora guardo un silencio respetuoso, en este caso hacia el lector.