Un museo imprescindible

Diego y Mati Muñoz, y Manuel Cañavate en la cantina del Museo Etnográfico. / J. M. RODRÍGUEZ / AGM
Diego y Mati Muñoz, y Manuel Cañavate en la cantina del Museo Etnográfico. / J. M. RODRÍGUEZ / AGM

TOMÁS MARTÍNEZ PAGÁN

Hace ya unos meses, mi buen amigo Antonio Cegarra me invitó a compartir, junto a otros entusiastas cartageneros, una comida a base de carne de caza que había preparado Manolo Cañavate, que regenta el restaurante situado junto al Museo Etnográfico en Cuesta Blanca, donde da de comer al más puro estilo Campo de Cartagena. Como salí tan satisfecho del viaje, la tertulia y, por supuesto, de la comida, el pasado viernes, invité a unos buenos amigos de la Trimilenaria a conocer la zona oeste.

Salimos por la carretera de Mazarrón, pasamos Los Patojos y paramos en Casa Periquín a tomarnos una cerveza y observar cómo los 'guiris' se toman sus desayunos a lo grande. Después, pasamos los Molinos y Cuesta Blanca, entrando ya directamente en faena. Divisamos el cartel anunciador del Museo Etnográfico mientras avanzamos por la sinuosa carretera, eso sí, muy bien asfaltada, cruzando la rambla. Nos vamos encontrando con los carteles indicadores de Los Gurrepes y Las Cachuchas, grupitos de dos a seis casas muy bien cuidadas, con su huerto, porches y perfectamente iluminadas.

Seguimos por Los Marines, Los Cañavates, Casas Nuevas, Los Pérez, Los Martínez, Los Bullos y Las Teresas hasta llegar al Centro de Tradiciones Rurales, en plenos Puertos de Santa Bárbara, donde también se encuentra el Museo Etnográfico, con su porcha a la antigua usanza, el carro, el horno para el pan, el pozo de agua, la zona de lavandería, su noria rehabilitada y toda la historia de nuestras tradiciones y nuestro Ayuntamiento, gracias a los concejales que en su día pelearon para potenciar la zona, Pérez Abellán y Nicolás Bernal.

El entorno, inigualable. Diseñado por uno de nuestros mejores arquitectos, Martín Lejarraga, que tanto quiere a nuestra Trimilenaria y que tan bien la conoce, tanto como si hubiera nacido aquí. Para este proyecto, dispuso un escenario mirador con balcones desde donde se divisa ese magnífico paisaje de almendros, algarrobos, olivos, higueras, chumberas, cañaverales y algún que otro molino abandonado; con estrechos senderos y buzones clavados en la orilla del camino, como en las películas americanas. De vez en cuando, se ve saltar una liebre, pero seguro que no por temor, ya que debe saber que vive en una zona que es un remanso de paz, naturaleza y habitada por la mejor gente.

Nada más llegar al local, Manolo nos sirvió una primera caña en barra, acompañados por algunos vecinos que se incorporaron a la conversación. Hablamos de las tradiciones de nuestro campo, insistiendo todos en que es cierto que está un poco abandonado, falto de inversiones contra la despoblación de estos paisajes naturales y tranquilos.

Cuando Manolo y su encantadora esposa, Mati, nos indicaron que la mesa estaba preparada y que Diego, su cuñado, estaba sirviendo los entrantes, nos apresuramos a sentarnos donde nos indicaron. Allí nos encontramos un tomate partido con tallos y caparrones, bien regado con aceite de Cúllar, hecho con olivas negras, y un pan de campo exquisito. Descorchó Manolo un vino La Capilla 2014 y lo acompañó de un plato de perdices de la huerta con anchoas, unas tostas de sobrasada picante sobre pan caliente, para que esta se impregne, y un golpe de orégano que le da el toque especial.

800 elementos históricos

Viendo la cantidad de platos que estaban sirviendo, mi amigo Ramiro les recordó que teníamos una paella encargada para comer... Pero a Manolo le dio igual y nos dijo: «Vais a probar unos platitos de poca cantidad al centro y después la paella». Y continuó sirviendo todo lo que quiso: un queso de leche de cabra de 4 meses, cortado con limón en vez de cuajo y curado en aceite, acompañado por tápenas, aceite y pimentón rojo que estaba extraordinario. A continuación, apareció con un plato de albacoreta de almadraba de elaboración casera y con un año en conserva, troceada y acompañada de aceite y buen tomate.

Otra sorpresa fue el conejo campero frito con tomate, no de bote sino de ese de sopar el plato mientras queda una gota. Seguidamente, apareció con un plato de alioli casero, hecho a muñequilla, mientras ya percibíamos el olor del arroz y conejo que desprendía la paellera que acababan de poner sobre la mesa. Nada más probar la primera cucharada, ovación unánime para la pareja de cocineros que lo habían elaborado: estaba realmente bueno. Y por si este arroz nos había parecido poco, un plato al centro de arroz con leche, elaborado con leche de cabra, y otro de arrope y calabazate.

La extraordinaria comida terminó con más productos de la tierra: unos gin tonics de V Colinas seca. Y entre sorbo y sorbo, los vecinos nos fueron contando lo atractivo del museo adyacente, el Centro de Tradiciones Rurales del Campo de Cartagena, donde podemos ver cómo éramos y cómo vivíamos a través de los más de 800 elementos de nuestra historia que allí se exponen (lebrillos, una cama de palillos, enaguas, la tabla de lavar, cántaros, una mesa de matachín...) Es una visita altamente recomendable para quien quiera hacerse una mejor idea de nuestros orígenes.

Acabo con esta reflexión anónima de la que a veces se ha hecho eco el Papa Francisco: «Los ríos no beben su propia agua. Los árboles no comen sus propios frutos. El sol no brilla para sí mismo; y las flores no esparcen su fragancia para sí mismas. Vivir para los otros es una regla de la naturaleza... La vida es buena cuando tú estás feliz; pero la vida es mucho mejor cuando los otros son felices por causa tuya. Nuestra naturaleza es el servicio: Quien no vive para servir, no sirve para vivir».

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