La mística cartagenera Úrsula Micaela Morata

Úrsula Micaela Morata, en la actualidad. /
Úrsula Micaela Morata, en la actualidad.

LUIS MIGUEL PÉREZ ADÁNHISTORIADOR Y DOCUMENTALISTA

En nuestra incesante búsqueda de cartageneras que alcanzaron cierta relevancia en su época, hoy traemos a la palestra a la escritora y religiosa capuchina madre Úrsula Micaela Morata. Nació en nuestra ciudad el 21 de octubre de 1628, en un momento de crisis en Cartagena, por una serie de circunstancias negativas (guerras, epidemias, impuestos excesivos) que vienen a sumarse a las ya existentes, como las correrías de los corsarios norteafricanos o la endémica sequía. Con todo esto, la población no sobrepasaría las 7.000 almas. La base económica de la ciudad era el comercio, especialmente con ciudades italianas, principales consumidoras de los productos que se exportaban por el puerto.

Precisamente nuestra protagonista sería hija de una familia de acomodados comerciantes italianos asentados en Cartagena, Marcos Antonio Morata y Juana Garibaldo. Era la menor de trece hermanos y recibió el nombre de Úrsula, por haber nacido en la festividad de dicha santa.

De los pocos datos biográficos sobre su familia conocemos que su padre llegó a Cartagena en 1600, representando los negocios del Gran Duque de Saboya, Carlos Manuel I. Muy pronto quedó huérfana cuando contaba solo tres años de edad. La pérdida de sus padres condicionó mucho su posterior vida, quedando al cuidado de una de sus hermanas mayores.

Sí conocemos bastante bien el desarrollo de su vida, pues escribió una importante autobiografía, en donde se refleja el proceso de su experiencia mística y toda clase de vivencias espirituales, difíciles de comprender hoy día, pero que en su tiempo no eran tan ajenas a otras vidas de santos tan reconocidas como las de Teresa de Jesús o Juan de La Cruz.

De su niñez destacamos sus primeras manifestaciones místicas, llenas de turbación, profecías y visiones. Todo hacía indicar su vocación religiosa. En sus textos se puede apreciar numerosos recuerdos de su juventud en Cartagena, relacionados con varios lugares, como lo ocurrido cuando tenía 11 años en el Convento de San Agustín de nuestra ciudad, cuando vio arder una luminaria junto a una imagen de la Virgen, avisando del riesgo de incendio de la misma. Nadie más pudo verla y fue acusada de alucinación. Según ella misma refiere, la Virgen le dio a entender que era la luz que por su mediación había de alumbrar el camino de su vida espiritual.

En otros pasajes de su autobiografía, transcrita y comentada en un libro escrito en 1987 por Joaquín Sáez Vidal, también se nos habla de otras experiencias místicas de juventud en lugares como la Ermita de San José y en el Convento de San Diego, e incluso de una llamada del amor humano que estuvo a punto de dar al traste con su vocación religiosa.

Pero finalmente, a la edad de 15 años, la inquebrantable decisión de entregarse totalmente a Dios frustró un posible matrimonio con un joven cartagenero que la pretendía. Pese a todo, finalmente en 1644 tomaría los hábitos en el Convento que las hermanas Capuchinas tenían en la ciudad de Murcia. Para entonces, eran numerosas las manifestaciones mortificadoras que empleaba sobre su cuerpo y que sorprendían a sus otras hermanas de convento, pero incluso eran más asombrosas sus profecías sobre la llegada de grandes catástrofes, acertando sobre las epidemias de Peste de 1648 y las grandes inundaciones en los años 1651 y 1653. Todo ello le dio una gran popularidad, hasta el punto de que incluso el rey de España, Carlos II, mantuvo correspondencia con ella, pidiéndole consejo. En 1653, experimentó la transverberación del corazón, una experiencia mística de ser traspasado este, con un dardo, causando una gran herida, de modo semejante a Santa Teresa de Jesús.

Esperando la canonización

«Me fue mostrado en espíritu un ángel con un dardo de fuego que me lo metió en el corazón. Fue tan grande el dolor y fuego que sentí, que me penetró todos mis huesos y caí en tierra desmayada. Mas el ángel me detuvo para que no me hiciese mal. Estuve así cosa de una hora gozando y padeciendo lo que yo no sé decir, sino que me abrasaba y quemaba en llamas de amor divino».

Úrsula Micaela vivió diversas experiencias sobrenaturales también presentes en otros místicos: visiones, locuciones, milagros, percepción extrasensorial, etc. Destacando especialmente por la bilocación, que la llevó incluso a otros lugares ajenos a su entorno físico.

En 1669 se trasladaría a la ciudad de Alicante para fundar un nuevo monasterio, al que se le llamó Triunfos del Santísimo Sacramento, nombre inspirado en una de sus visiones. Allí permanecería como abadesa hasta su muerte el 9 de enero de 1703. Fue tal su popularidad y fama de santidad que su cadáver fue expuesto, produciéndose entonces el extraño caso de permanecer incorrupto, caliente y flexible en todo momento, por lo cual no se le dio sepultura.

Sufriendo los avatares de la historia, la sospecha de La Santa Inquisición de si el buen estado del cuerpo muerto sería obra de Satanás y de varias profanaciones, esta cartagenera sigue incorrupta en este convento alicantino, esperando su anunciada canonización. En ocasiones, según las monjas que lo custodian, su cuerpo desprende una agradable fragancia a la flor del nardo.