«Los jóvenes ven la aguja y no quieren bordar; la profesión va a desaparecer»

Encarnita Bruna, con un banderín bordado por ella./ PABLO SÁNCHEZ / AGM
Encarnita Bruna, con un banderín bordado por ella. / PABLO SÁNCHEZ / AGM

Encarnita Bruna es bordadora de la Semana Santa

Agujas, hilo de oro y plata, dos dedales y «mucha paciencia». Con esas herramientas, Encarnita Bruna (Cartagena, 1940) es capaz de crear «auténticas obras de arte», como a ella le gusta decir cuando ve salir en procesión los mantos, túnicas y sudarios que ha bordado a mano en su piso de la Nueva Cartagena. Ella, que trabajó como corredora de comercios en la calle Mayor, es una de las pocas bordadoras artesanas de la Semana Santa que quedan en la ciudad. Por eso, esta tarde, a las 19.30 horas, participa en una conferencia para defender su profesión, «sin relevo generacional» y donde cada vez se recurre más a los diseños con máquinas de coser y ordenador. El acto es en el Aula Cultural CajaMurcia (calle del Carmen, 1), lo organiza la agrupación marraja de San Juan Evangelista e intervienen su colega Carmen Morales y el vicepresidente primero de la hermandad lorquina de Labradores-Paso Azul, Santiago Parra. La entrada es gratuita.

- ¿Cuándo empezó a trabajar como bordadora?

- En 1982 me apunté a un taller de la Real Sociedad Económica de Amigos del País, en la calle del Aire. Ya entonces no éramos muchas voluntarias las que nos inscribimos. Estuve allí tres años, hasta que me dieron el diploma y pude empezar a trabajar por mi cuenta. Lo primero que bordé fueron los fajines del tercio del Expolio de Jesús. Desde entonces, no he parado de hacer encargos, sobre todo para la Cofradía Marraja. Recuerdo tres o cuatro capas de la Virgen de la Soledad, otra de San Juan y una del ápóstol Santiago, además de varias túnicas de Jesús Nazareno y de la Pequeñica, que la he vuelto a hacer este año. También he bordado para las procesiones de San Pedro del Pinatar, Jaén y Torrente, y algunas coronas.

- ¿Por qué ya no quedan bordadoras artesanas como usted?

- El problema es que hoy en día la gente quiere aprender rápido y ganar ya dinero. Yo tardé tres años en sacarme el diploma y en empezar a bordar cosas de bastante importancia y responsabilidad. Aquí ya se han hecho varios cursos y no sale nadie. Dan los primeros puntos y enseguida se quieren meter a bordar en la Semana Santa, a lo grande. Requiere un proceso. Todos quieren terminar el curso y empezar a cobrar. Eso, en el bordado, no es tan rápido. Es imposible. No puedes cobrar antes de terminar el trabajo. Los cursos que se han hecho no han servido para nada. Es un proceso largo. En su momento, yo le dedicaba a esto 18 horas. Me acostaba de madrugada y dormía tres horas. Los jóvenes quieren el dinero desde el minuto uno y son reacios a utilizar las agujas.

- ¿No hay relevo generacional?

- Ninguno. No hay talleres y cada persona trabaja en su casa. Ahora, cada vez se recurre más a los diseños por ordenador. Así se pierde el bordado original cartagenero, con sus características únicas, porque es en relieve. Es totalmente artesanal, desde el principio hasta el final solo se usan agujas, hilo, dedales y manos. El resultado no es el mismo. Eso la gente joven no lo quiere y busca otros trabajos. Lo ven como algo anticuado. A este paso, este trabajo va a desaparecer. De mi generación, salvo Carmen Morales, quedan muy pocas.

- ¿Hay alguna solución?

- Este trabajo no está bien pagado. Una pieza, según el tipo de bordado, puede llevar mucho tiempo. Yo he estado 18 horas para un manto. Si trabajas por tu cuenta, puede salir rentable. Con más gente, sales perdiendo. En un taller no sale rentable. He preferido bordar sola siempre. En Lorca sobreviven con algunos talleres, pero el trabajo es distinto y el bordado es plano, más sencillo. El punto lleva muchas horas y por eso la gente es reacia. La única solución es que te guste mucho bordar. Si lo disfrutas, es muy gratificante. Es ingrato por las horas, pero luego da muchísima alegría cuando ves el resultado en las procesiones. Cuando veo puesto uno de mis fajines o mantos, siento mucha emoción. Por eso merece la pena. Con tus propias manos has hecho una obra de arte. Y no piensas en todas las horas que te ha llevado. Ahora, a mi edad, no tengo la necesidad y soy más selectiva en los encargos.