Los túneles del Espalmador: acero, silencio y memoria
Bajo el monte de Galeras, en la bahía de Cartagena, duerme uno de los proyectos más ambiciosos y más desconocidos de la ingeniería militar española ... del siglo XX: los túneles submarinos del Espalmador. Una obra monumental nacida en la posguerra, cuando el régimen franquista quiso dotar a la Armada de una base de submarinos a prueba de bombas, imitando las fortificaciones del Atlántico alemán. Aquello fue el símbolo de un país que, recién salido de la tragedia civil, se empeñó en construir futuro con las manos encallecidas del pasado.
La historia es tan fascinante como dura. En diciembre de 1945, comenzaron las perforaciones. El proyecto, dirigido por los ingenieros José Entrecales Ibarra y Antonio Bizcarrondo Gorosábel, se ejecutó bajo la dirección de la Empresa Nacional Bazán y las constructoras Entrecanales y Távora, SA y Sociedad Española Ingersoll-Rand. El plan original incluía seis túneles, dos diques subterráneos y un gigantesco búnker con talleres y muelles interiores, pero acabó reducido a dos diques y dos túneles excavados en la roca viva del Espalmador Grande. Allí se vertieron miles de toneladas de hormigón y acero, avanzando metro a metro con maquinaria neumática, achiques y turnos interminables.
Se trabajó con avances a cielo abierto (laterales e hilada superior para la bóveda), bombas de achique y una logística que movía 1.500 m³/mes de hormigón y 2.000 m³/mes de escombro, con maquinaria Ruston Bucyrus y una alimentación eléctrica dedicada. La solución prevista: dos diques de 147×16 m, 9,5 m de gálibo vertical, pocetas comunicadas y un control central de fuerza de 2×200 kVA. En 1946, la estructura de ambos túneles estaba ya levantada; a partir de ahí, comenzó la excavación por debajo del nivel del mar del foso del Dique n.º 1, con tablestacas y achiques de 900 m³/h.
El régimen necesitaba símbolos de poder, pero carecía de recursos. Por eso recurrió a lo que más abundaba entonces: mano de obra forzada. Miles de presos republicanos, integrados en los llamados Destacamentos de Penados, fueron cedidos a empresas privadas a coste cero mediante el sistema de «redención de penas por el trabajo». Se usaron en carreteras, embalses, ferrocarriles, minas y obras militares como la de Cartagena. No existen listados con nombres de quienes trabajaron bajo Galeras, pero el marco legal y la práctica general del Ministerio de Marina lo hacen más que probable. Aquellos hombres, uniformados con mono gris y custodiados por la Guardia Civil, cambiaban días de prisión por jornadas de trabajo agotador, con sueldos simbólicos y sin voz.
La obsesión estratégica de Franco por blindar la flota venía de la Segunda Guerra Mundial. Alemania había erigido sus catedrales de hormigón en Brest, Lorient o Saint-Nazaire; la URSS construiría después el complejo 825 GTS de Balaklava, y Suecia perforaría su base de Muskö bajo granito. Cartagena aspiraba a ese nivel técnico: diques bajo roca, refugio atómico, autonomía de energía y ventilación. Pero la realidad económica truncó el sueño. La autarquía, el aislamiento internacional y el coste desmedido llevaron a abandonar las obras a mediados de los 50 del pasado siglo. La España de los planes navales y del INI no podía permitirse semejante lujo.
Durante años, los túneles quedaron relegados a almacén de repuestos de la Armada y más tarde a depósito de chatarra. La ciudad creció dándoles la espalda, sin saber que bajo el monte dormía un capítulo de su propia historia: un monumento al esfuerzo humano, a la fe técnica y también a la represión.
Futuro museo subterráneo
Hoy el proyecto renace. El Ayuntamiento de Cartagena, la Armada y Navantia han iniciado la recuperación de los túneles del Espalmador para acoger el submarino S-62 'Tonina', convertido en núcleo de un museo del Arma Submarina. Una magnífica iniciativa que, si se hace con sentido, puede convertir este enclave en mucho más que un espacio expositivo: un lugar de memoria.
Porque estos túneles no deben limitarse a contar la epopeya tecnológica del arma sumergible. Deben narrar también el contexto humano de su construcción: la posguerra, el aislamiento, la redención forzada, la España que buscaba resucitar entre ruinas. En sus paredes de hormigón quedó atrapada la historia de una generación que, vencida y silenciada, levantó la base que nunca se estrenó.
El futuro del Espalmador puede y debe conjugar ambos relatos: el de la Cartagena naval y moderna, orgullosa de su tradición submarina, y el de la Cartagena humana, que honra la memoria de quienes trabajaron en condiciones infrahumanas. El visitante debe admirar la ingeniería pero también reflexionar sobre el precio de aquella modernidad.
Convertir esos túneles en un museo doble; tecnológico y memorial, sería un acto de justicia y de inteligencia patrimonial. Justicia, porque daría nombre y dignidad a los obreros represados que allí trabajaron. Inteligencia, porque ningún espacio industrial de España reúne semejante carga histórica y potencial turístico. La frialdad del hormigón puede transformarse en emoción, en relato, en conciencia.
Cartagena no necesita mitos: tiene historia de sobra. Los túneles son un recordatorio de nuestras ambiciones y sombras. Si los abrimos de verdad a los cartageneros y a quien nos visite coseremos un pedazo de memoria a la piel de la ciudad.
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