El estudio de Enrique Navarro

Enrique Navarro, en su estudio. / ANTONIO GIL / AGM
Enrique Navarro, en su estudio. / ANTONIO GIL / AGM

JOSÉ SÁNCHEZ CONESA

El domingo pasado visité el estudio del pintor Enrique Navarro Carretero (Cartagena, 1959), en el callejón junto a la calle Canales, llamado calle del Huerto del Carmen. En ese lugar se ubicaba hace siglos una huerta perteneciente a los carmelitas. Me cuenta que los canales en otro tiempo ubicados, de ahí el nombre de la vía, bajaban aguas desde San Antón que regaban el huerto y envenenaban a algunos frailes por los productos consumidos de huerta. Aquel líquido elemento llevaba la rúbrica de la muerte en el veneno que los curtidores arrojaban descuidados al cauce. Un episodio propio de Umberto Eco.

Subimos las escaleras de un edificio del siglo XVII que nos conduce a un espacio en el que pisamos maderas de pino de Canadá resultante de los desagües de galeras. Un gran navío encallado para siempre en la ciudad, muy cerca de la posada en la que Rojo el Alpargatero cantaba, hoy Posada Jamaica. En un mural que Enrique Gabriel Navarro, padre, (1927-1980), dedicó a los mineros podemos leer esta letra de cartagenera: «Cuando llego de la mina,/ en la boca me da un beso;/ y el beso me sabe a gloria/ revuelto con manganeso».

El singular local es visitable la Noche de los Museos, un espacio docente donde se forman alumnos de todas edades, condición e ideología pero que conversan con un alto sentido del respeto. Recuerda que el estudio fue abierto en 1959 por su padre y su inseparable colega y amigo Ramón Alonso Luzzy (Cartagena, 1921-2001). Las tecnologías hacen que los alumnos se acompañen de sus tabletas para copiar modelos. Unos acuden por mera afición, otros porque se preparan para estudiar Arquitectura o Bellas Artes

La conservación del ingente patrimonio mural generado por Luzzy y Navarro es deficiente

Me muestra dos caballetes y alguna figura escultórica que procedían del estudio que Wssel de Guimbarda (1833-1907), maestro del maestro Vicente Ros (1887-1976), quien en 1931 abrió su escuela para introducir en el arte pictórico a Luzzy, la poetisa María Teresa Cervantes, José Barceló, y al propio Enrique. No podemos olvidar a los contertulios que pasaban para disfrutar un oasis de libertad en plena dictadura como los hermanos Martínez Pastor, Enrique Escudero, el poeta trovero Agustín Meseguer o el crítico de arte Santiago Amón.

Variedad de técnicas

Con el tiempo Ramón Alonso Luzzy y Enrique Gabriel Navarro formaron un tándem único en la historia del arte del municipio, generando un ingente patrimonio que ha llevado a nuestro interlocutor durante unos 20 años intermitentes a la catalogación de la obra mural. Concluye que debieron realizar unos 90, que aún se pueden contemplar, si es que alguno no ha desaparecido en los últimos tiempos como ha sido el destino de una treintena de ellos, desenlace fatal de derribos y reformas de edificios.

Inolvidables los encargados por los talleres Huertas, Licor 43 y Caja Rural de Fuente Álamo, que se han preocupado de su salvaguarda. Por el contrario, los del Parque Torres, de motivos históricos relacionados con la ciudad, precisarían de mayores cuidados.

Es impresionante la variedad de materiales y técnicas que utilizaron, como el cemento blanco, latón, cobre y cerámica; acrílicos y pan de oro sobre madera; pirograbado y hierro forjado; pinturas en azulejos, mármol y gresite sobre uralita, o el mural de cemento gris sobre muro que se halla en la Asamblea Regional. Pero sin duda el más visible es el instalado en el del puerto de Santa Lucia, que representa la llegada del apóstol Santiago a su costa.

Resulta lamentable que el Pleno municipal aprobase la recuperación de tan ingente patrimonio y nada se haya hecho con lo interesante que resultaría una ruta callejera que los visualizara. Algunas de estas obras se encuentran en los almacenes municipales. Por eso resulta plausible la iniciativa de los herederos del trovero Marín, que han posibilitado la restauración del mural de azulejos de la tumba del rey de los troveros en el cementerio de San Antón por el propio Navarro hijo.

De padre a hijos

Creo que la obra del padre y el hijo dialogan. Si el progenitor desarrolló la figuración, el expresionismo, el neofauvismo, incluso el cubismo, progresó en la última etapa de su vida hacia a una abstracción que nunca perdía la referencia objetual, «con un sinfín de ricos matices, sugestivas tonalidades y hondas texturas». Cuando se hallaba en plena experimentación, acariciando con certeza el momento culmen de su carrera le sobrevino la muerte inesperada siendo muy joven. Esa estela abstracta la ha continuado el hijo desde su propia vibración creativa.

Reflejó molinos de viento, flores, bodegones (incluyendo botella de Licor 43), retratos, campesinos, mineros, arlequines, barcas de Cabo de Palos. Esta localidad era el lugar de veraneo familiar, pudiendo desarrollar otra de sus grandes aficiones como era marchar de madrugada con los pescadores a faenar para luego almorzar buenos pescados y calamares con su familia. Me cuenta Enrique que en aquella localidad costera todas las calas tienen nombre menos una que pintó su padre, pasando desde entonces a denominarse Cala del Pintor, rotulándose por deformación una calle como Cala Pintada.

Enrique Gabriel fue en 1976 uno de los impulsores y luego presidente de la asociación cultural Abraxas, entidad que junto a intelectuales, artistas, y asociaciones de vecinos organizaban festivales, exposiciones de pintura y debates para concienciar a la ciudadanía de que el pueblo crea cultura y estaba llamado a ejercer su papel en la naciente democracia.

Rehusó las invitaciones de diferentes partidos políticos porque su compromiso estaba con los movimientos sociales. A su hijo Gabriel le exhortaba, desde su espíritu republicano: «Si hay algo por lo que valga la pena dar la vida, eso es la Declaración de los Derechos del Hombre». Un compromiso que encarnaba en su quehacer de artista y profesor, donando los beneficios de todos los cuadros de una exposición, vendidas todas las obras, a una asociación de niños minusválidos o enseñando a pintar a los reclusos de San Antón. Otro encargo que le daba al chaval: «Ya sabes, si hay manifestaciones, te quiero en primera fila».

Dejo atrás el estudio por el que han pasado miles de alumnos y en el que se formaron buenos pintores y profesores como Enrique Nieto, Paco Conesa, Esteban Bernal y en el que mi buen anfitrión comenzó a pintar con 12 años. Allí aprendió más de su padre y de Luzzy que en la Facultad de Bellas Artes de Valencia, donde se licenció. El venerable Vicente Ros, al que él y sus hermanos llamaban abuelo porque comía y cenaba con ellos, durmiendo en casa de Luzzy, le compraba aquellas pinturas y dibujos que consideraba óptimos por 50 pesetas. Qué buena manera de alegrarle el domingo, acrecentando la confianza del artista que despuntaba.