La desamortización del Monasterio de San Ginés de la Jara

El monasterio, a principios del siglo XX, con el caserío./
El monasterio, a principios del siglo XX, con el caserío.

LUIS MIGUEL PÉREZ ADÁN.

Ahora que las obras de rehabilitación y restauración del Monasterio de San Ginés de la Jara avanzan en busca de su estado original, a pesar de las múltiples transformaciones sufridas a lo largo de su extensa historia, quisiera recordar el momento en que este complejo monacal pasó a manos privadas. en virtud de la desamortización de Mendizábal hace 177 años.

En la profunda transformación social, económica y cultural que acontece en España entre finales del siglo XVIII y la primera mitad del siglo XIX, que la historiografía tradicional denomina fin del Antiguo Régimen, tiene especial importancia, entre otros, la transferencia de la propiedad, que dota a quienes la poseen de reconocimiento público, influencia política y riqueza.

La propiedad era un bien escaso, al no existir mercado de la misma que, por su inmovilización en manos de la Iglesia, la nobleza y el propio Estado, impedía su trasvase a otros potenciales propietarios. Estos poseían dinero acumulado por sus actividades mercantiles.

Las posesiones que secularmente había ido acumulando la Iglesia, particularmente el clero regular, fue el claro objetivo inicial de los nuevos hombres que deseaban transformar la sociedad y el lugar que en ella ocupaban. Bajo el principio de «transmisión de propiedad, transmisión de poder», podríamos resumir el significado de la llamada Desamortización de Mendizábal de 1837.

La intención era una reforma agraria, para permitir el acceso a la propiedad a medianos y pequeños campesinos, sanear la hacienda pública y dar un golpe a la iglesia propietaria en beneficio de una burguesía rural.

Las consecuencias no fueron las previstas, se beneficiaron los propietarios burgueses y no los campesinos sin tierra, los bienes desamortizados a la Iglesia se vendieron por debajo de su precio, se dio poco beneficio a la Hacienda y no hubo desarrollo agrícola. Se perdió, además, un riquísimo patrimonio arquitectónico y artístico.

La propiedad se transfirió a esa nueva élite representada por los hombres de negocios, en gran medida revolucionarios. La forma de hacerlo a través de subastas. Veamos cómo se produjo la correspondiente al Monasterio de San Ginés de La Jara, y quién se la adjudicó.

Convento de San Ginés de La Jara en el Distrito Municipal de Cartagena, Diputación del Beal, una hacienda en parte secano y en parte de riego con agua propia, en la que existe el Convento denominado de San Ginés de la Jara, de tres cuerpos o cubiertas, tejado, además existe un huerto plantado de naranjos, limoneros y otros árboles. Con agua viva, cercado de tapias; equivalentes todo a noventa y ocho hectáreas, sesenta áreas y cincuenta y ocho centiáreas; cuya finca es libre de gravamen y ha sido valorada en 110.000 reales.

Se adjudica a Miguel Andrés Stárico Pescetto en 1841. Hijo de comerciantes genoveses asentados en Cartagena, fue funcionario, comerciante, propietario, liberal en lo político, revolucionario, diputado, poseyó fincas rústicas, urbanas, minas, acciones en el ferrocarril, compañías de quintas, arrendador, prestamista y contó con gran influencia social en la ciudad de Murcia, en donde posibilitó la construcción de edificios emblemáticos como el casino. También allí participó en la edificación del Teatro Romea, la plaza de toros y varios edificios en las principales calles de Cartagena. Fue una gran fortuna que consolidó y perpetuó a través de los enlaces matrimoniales de sus descendientes. De esta forma se describe al personaje en 'Propiedad y Poder en Murcia. El Patrimonio como Agente del Cambio Social en la Transición del Antiguo Régimen a la Sociedad de los Individuos', escrito por Juan Blázquez García.

Stárico fue un gran beneficiario de la desamortización, es el prototipo de «hombre nuevo», con todo tipo de contactos, incluida una gran amistad con el propio Mendizábal. Cuando adquiere el Monasterio lo hace como especulación de bienes nacionales desamortizados, aunque posteriormente permanecerá en manos de su familia hasta los años 30 del pasado siglo, y allí se enterraría su cuerpo cuando falleció en 1866. Contrajo matrimonio con la cartagenera María Dolores Ruiz Martínez. Ella era hija del comerciante cartagenero Sebastián Ruiz y de María Martínez Navarro. Del matrimonio Stárico-Ruiz nacerán cuatro hijos: Ricardo, Manuel, Carmen y Carlota, estas dos mellizas.

A su fallecimiento heredó el Monasterio su hija Carmen Stárico Ruiz, que contrajo matrimonio con Joaquín Codorníu y Nieto, que trabajaba en la agencia de aduanas de Cartagena. Tuvieron dos hijos, Ricardo y María Dolores Codorníu Stárico. Ricardo, Ingeniero de Montes, conocido para la posteridad como el «apóstol del árbol», se casó con Mercedes Bosch y Bienert, y ellos fueron los siguientes propietarios del Monasterio. Lo transmitieron a su hija María Codorníu Bosch que, casó con el influyente Juan de La Cierva Peñafiel. De estos, la propiedad pasó al sobrino de María Codorníu, Vicente LLovera.

De esta forma los Stárico, Codorníu, De la Cierva y Llovera, apellidos distintos, pero de una sola familia, serán los propietarios del Monasterio durante cerca de cien años. Luego vendrían otros: Burguete, Armengol, Meseguer y Hansa Urbana. Y ahí está el monasterio: maltratado, ultrajado, desprotegido y transformado, pero superviviente, esperando una oportunidad para que, de sus ruinas, emerja algo lo suficientemente bueno como para merecer toda la historia que atesora y que es patrimonio cultural de nuestra comarca cartagenera.

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