La Casa Moruna de La Aparecida

La llamada Casa Moruna, de La Aparecida, en una foto firmada por Casaú. / LV
La llamada Casa Moruna, de La Aparecida, en una foto firmada por Casaú. / LV

JOSÉ SÁNCHEZ CONESA

Las comunidades atesoran lo que consideran lo mejor de su pasado, según la sensibilidad de la época, porque inevitablemente muchos elementos desaparecen. Como no todo puede conservarse, a veces se generan consensos sociales acerca de lo que debemos recordar y retener entre nosotros. Ese ha sido el caso de la llamada Casa Moruna de La Aparecida, una denominación reciente pues los avecindados en el lugar siempre la conocieron y la siguen nombrando como la casa de Pérez Espejo o del Cónsul.

El pasado 12 de junio se cumplieron diez años de su rehabilitación siendo alcaldesa Pilar Barreiro, tras la adquisición de la significativa vivienda por parte del Ayuntamiento a sus últimos propietarios con el fin de restaurarla y ser destinada a sede de las asociaciones locales de mujeres y mayores.

Recibí la invitación de la primera de estas agrupaciones que preside Anita Martínez para que ofreciese una conferencia sobre el citado local y el Modernismo en el Campo de Cartagena. Agradezco las sugerencias y la información que me proporcionaron la propia Anita, su hijo Chema y su nuera Blasi. Mantuve una reunión con ellos, con la secretaria de la asociación, Francisca González, y el veterano Luis Martínez, más conocido como Luis 'Manzanares', muchos años presidente de la asociación de vecinos y participante en las gestiones exitosas que culminaron en que esta construcción, datada por Pérez Rojas en 1918 y sin arquitecto reconocido, incrementase el patrimonio municipal.

Ni mi colega cronista Juan Ignacio Ferrández ni el bisnieto del célebre Víctor Beltrí (1862-1935), Guillermo Cegarra Beltrí tienen certezas de la autoría arquitectónica del inmueble. Ambos, miembros de la Comisión Beltrí, que tanto han hecho para que el estilo modernista pase a alcanzar una estima cultural considerable entre los cartageneros. Guillermo me argumentó por 'whatsapp', de manera prolija y convincente, la probable autoría de su antepasado pues era propio de él la combinación de elementos neoárabes y del trencadís (mosaico formado por fragmentos de azulejos de gran colorido, tan característico del Modernismo catalán) en la desaparecida cúpula, lamentablemente derrumbada sin que sepamos la causa, proponiendo un posible seísmo de baja intensidad.

En esos años Beltrí era el único capaz de asumir la edificación bajo esos aspectos conceptuales. A ese hecho debemos añadir que los otros grandes arquitectos habían fallecido, como Oliver o Rico. Si bien es cierto que acababa de llegar a la ciudad el joven Lorenzo Ros, pero no se le reconocen esas prácticas estilísticas. También sabemos que don Víctor firmó proyectos por aquellas zonas del Lentiscar y La Palma, aunque muchos se desconozcan ya que los documentos conservados en el Archivo son imprecisos en cuanto a sus ubicaciones: «Calle sin nombre» o «Camino en construcción».

Los Siljestrom

Durante la guerra civil fue sede del sindicato anarquista CNT, indicándome los veteranos del lugar que en sus inmediaciones enterraron los fusiles al término de la contienda. Algunas personas aseguran que uno de sus dueños fue el cónsul alemán, dato no acreditado.

Consulté con los hermanos Patricia y Carlos Siljestrom, quienes aportaron la memoria familiar pues su abuelo, Augusto Siljestrom, cónsul de Suecia en Cartagena y dedicado al comercio marítimo, sí que fue uno de sus primeros propietarios, aunque no parece probable que fuese quien la inauguró. La casona estaba rodeada de una pequeña explotación agrícola y coqueto jardín, como me recuerda Pepe Agüera pues allí se crió con sus abuelos, caseros de la finca.

Era costumbre que los sábados emprendieran viaje en el carro a la vivienda del cónsul en la Muralla del Mar para entregarles tomates, pimientos y otros productos de la huerta. La señora les correspondía con un generoso almuerzo a media mañana que aún recuerda Pepe con agrado.

Los Siljestrom, de trato afable, practicaban en la villa campera la pesca en la balsa destinada al riego y el tiro con escopeta desde la terraza a objetos que insertaban en los arcaduces que la noria movía, nunca a animales. Como dato anecdótico diré que mi abuelo Pepe, empresario de sondeos artesianos, era requerido para profundizar el pozo que surtía la propiedad. Finalmente la vendieron para comprar el castillo de Perín.

Otro de sus propietarios a comienzos de los años 60 fue el médico internista Diego Pérez Espejo, un histórico del socialismo cartagenero pues comenzó su andadura militante en 1931, el mismo año que concluye sus estudios universitarios y se proclama la II República. Buena parte de los habitantes de la comarca pasaron por la pantalla de rayos X de su consulta en la calle del Carmen, cuando la tuberculosis hacía estragos. Pasó por la cárcel en varias ocasiones y ya en democracia fue diputado en Cortes y y diputado regional.

Es de lamentar que esta edificación de planta cuadrada perdiese la redonda cúpula primigenia, sustituida por un tejado a cuatro aguas y que no pudiese conservarse un zócalo de azulejos de Triana con reflejos metálicos en la sala central. Quizá algún día podamos volver a verla con el esplendor de estos elementos artísticos arrebatados por el tiempo, las inclemencias, años de abandono y hasta de ocupas descuidados.

Puede ser escenario de una programación relacionada con las músicas árabes, como bien me apuntaba Chema, o de actividades amenizadas por la asociación cultural Los Modernistas de Cartagena de Levante, presentes en un simpático acto que rememoraba diez años de recuperación para el pueblo.