'Cartagena, lo que ha sido y lo que tiene derecho a ser'

Panorámica antigua de la ciudad, tomada desde los montes que abrigan de poniente al Barrio de la Concepción./
Panorámica antigua de la ciudad, tomada desde los montes que abrigan de poniente al Barrio de la Concepción.

LUIS MIGUEL PÉREZ ADÁNHISTORIADOR Y DOCUMENTALISTA

Cuando en la noche del 5 de mayo de 1887, en el Círculo Mercantil e Industrial de Cartagena, el cronista oficial de la ciudad, Isidoro Martínez Rizo, pronunció su discurso bajo el título 'Cartagena. Lo que ha sido y lo que tiene derecho a ser', no pensaría que después de 132 años muchas de las cosas que allí se dijeron estarían plenamente vigentes en la actualidad.

Y es por muchas razones que, nos llevaría horas explicar, Cartagena sigue reivindicando algunos aspectos de su propia identidad, perdida en la memoria de los tiempos, por la deslealtad de aquellos que no han querido o no han sabido defender los derechos legítimos e históricos de esta noble ciudad por falta de motivación intrínseca o simplemente, como dijo Alexander Graham Bell, por su falta de intervenir: «La única diferencia entre el éxito y el fracaso es la capacidad de actuar».

Esto desde luego no es imputable a nuestro protagonista de hoy, el cronista Martínez Rizo. Nacido en Cartagena en 1828, fue propietario de una droguería en la calle del Carmen, su actividad comercial no le impidió 'actuar' en defensa de los derechos cartageneros manifestando sus inquietudes políticas y sociales dentro del marco de la masonería cuando en 1870 ingresó en la logia Hijos de Hiram. Bajo el seudónimo de 'Cincinato' ascendió hasta ocupar en los años posteriores los cargos de orador, tesorero y primer vigilante, momento en que alcanzó también el grado 30.34. En aquellos mismos tiempos dio también los pasos iniciales de su breve carrera política, desempeñando la concejalía de Consumos y, desde el 17 de febrero de 1871, representando a sus conciudadanos como diputado por el Partido Republicano Democrático Federal en la Diputación Provincial de Murcia.

Sin embargo, renunció en junio del año siguiente, para en noviembre pasar a integrar el comité republicano 'intransigente' de Cartagena, interviniendo activamente en todo el proceso constitutivo y resolutivo de la Sublevación Cantonal.

Alejado de la política, inició su actividad como cronista de la ciudad en 1886, si no antes de publicar una novela histórica, 'Luis de Narváez, o Cartagena en 1600', en la que aborda un relato de conflictividad social entre nobleza y estado llano, alcanzando cierta notoriedad.

Desde su cargo como cronista, tomó el testigo del también cronista Manuel González Huárquez en el debate historiográfico por el traslado de la sede diocesana de Cartagena a Murcia en 1291, afirmando sobre la supuesta bula de Nicolás IV que lo justificaba, «que ni aparece ni es reconocida, resultando conculcado nuestro derecho hasta que no aparezca otra bula».

Hacia el término de su vida publicó en 1894 su libro 'Fechas y fechos de Cartagena', una recopilación de efemérides históricas que disfrutó de gran reconocimiento entre los estudiosos de la historia local que, incluso llega hasta nuestros días. Falleció por neumonía en 1896, siendo reemplazado como cronista por el periodista Ángel Barba y García.

Pero volvamos a su discurso de 1887, ante un concurrido público, en la sede que este Círculo Mercantil tenía en la calle Mayor (actualmente edificio Cervantes). Se dispuso en primer lugar a hacer un relato exhaustivo de la historia de Cartagena. «Días de gloria, de grandeza y de prosperidad sin límites», que se vieron ensombrecidos por centurias en donde languideció, hasta que de nuevo resurgió de su puerto y de sus minas alcanzando de nuevo la excelencia entre las grandes ciudades españolas.

Afirmó: «Tenemos un magnifico Arsenal, un soberbio puerto, una poderosa industria minera, un comercio honrado, una vía férrea, tenemos más población y más riqueza que 40 de las 49 capitales de las provincias españolas, un territorio limitado por la naturaleza entre el mar y los montes, del cual podría formarse una provincia litoral compuesta de 5 partidos judiciales, con 440.000 hectáreas, número mayor que el de cuatro provincias e igual al de otras dos; con muy cerca de 200.000 habitantes, población mayor que la que tienen otras ocho provincias; y con tales elementos no tenemos provincia propia, exclusivamente cartagenera, ni nuestra ciudad es capital, siquiera se debiera este tan común honor en España a nuestra historia gloriosísima. Tenemos una sucursal del Banco de España, una bien montada industria particular de fundición de hierro, un Círculo Mercantil y Cámara de Comercio...

Con todo esto y otras muchas cosas más, Cartagena tiene derecho a la capitalidad de una provincia que completando el número 50, nos colocaría en merecido lugar al que tenemos derecho por historia, riqueza y respetabilidad.

Si por nuestra mengua permaneciéramos indiferentes a la misión que el destino ha confiado a la generación presente; si envueltos en el manto del individualismo seguimos disgregados y en suicida aislamiento, la más tremenda responsabilidad seria la nota saliente de nuestra inútil existencia ante las generaciones que han de sucedernos; pero si por el contrario cumplimos con los deberes que las circunstancias nos imponen, tranquilos podremos dormir sobre las tumbas de nuestros padres y bajo el polvo de las edades, que al ver a Cartagena próspera y dichosa bendecirán nuestra memoria. He dicho».