La Capitulación

El Parque de Artillería, tras su explosión el 6 de enero de 1874. /
El Parque de Artillería, tras su explosión el 6 de enero de 1874.

LUIS MIGUEL PÉREZ ADÁN HISTORIADOR Y DOCUMENTALISTA

Asistimos hoy al 145 aniversario de una de las más dolorosas capitulaciones que en esta ciudad se han producido. Nos remontamos al año 1874, al final de la denominada Sublevación Cantonal en Cartagena, dentro del contexto de la Primera República Española. Es el término de un cruel asedio: 327 inmuebles totalmente destruidos, otros 1.500 gravemente dañados; solo 27 edificios no sufrirán daños. Es el resultado de un levantamiento anti centralista que paradójicamente significó la propia destrucción de quien lo quiso someter, republicanos contra republicanos, siempre da el mismo resultado en España; un retroceso en sentido reaccionario.

Pero centrémonos en ese día, en concreto 12 de enero de 1874. El movimiento cantonal en Cartagena se debilita por momentos: agotamiento, desavenencias, desintegración, frustración entre los federales intransigentes unido a la destrucción y muerte que provoca el incesante bombardeo de la plaza por parte de las fuerzas gubernamentales, acaban con la esperanza de conseguir una República Federal como modelo de estado para España.

La explosión que se produce el día 6 de enero en el Parque de Artillería, en la que cerca de cuatrocientas personas perderán su vida, es el anuncio del final, un triste día que conviene recordar, como homenaje a esas desafortunadas víctimas.

Relatemos cómo se produce esta rendición. Con la explosión anteriormente citada no se pierden solamente vidas, también la mayor parte de las reservas de pólvora y proyectiles con que contaba la plaza sitiada. La continuidad de la numantina defensa de Cartagena se hacía realmente difícil. Los cantonales, al mando del general Contreras, realizan sus últimas acciones de guerra sobre las posiciones centralistas, los enfrentamientos son durísimos, en esas horas se producirá otro hecho fundamental para la capitulación, la rendición del castillo de La Atalaya por una traición, lo que dejaba a la ciudad al alcance total de sus poderosas baterías y su defensa se hacía ya del todo insostenible.

Reunida de urgencia la Junta Cantonal para analizar la nueva y difícil situación creada con la rendición del castillo de La Atalaya, ya se planteaba a voces la palabra «capitulación», la Junta decide, no obstante, continuar a toda costa con la defensa de la ciudad.

Los castillos de Galeras y San Julián comienzan a disparar sobre la nueva posición gubernamental de La Atalaya, pero son los últimos coletazos de esta insurrección. El líder cantonal Roque Barcia convence a la Junta, frente a la oposición de Contreras y de Antonete Gálvez, que la única solución es la capitulación en las mejores condiciones para todos.

Se nombran comisionados dos miembros de la Cruz Roja, Fernando Segundo y Antonio Bonmatí, que acudieron al campamento sitiador para negociar con el general López Domínguez las bases de la rendición. Las condiciones son impuestas por éste, pues no reconoce a la referida Junta ni como interlocutor válido, pero les promete a cambio de la rendición incondicional de Cartagena, el indulto general a todos los insurrectos, reconocimiento de todos los grados, movilización de los voluntarios para ir a luchar contra los carlistas, conservar el armamento y salida digna de la plaza a tambor batiente.

A las tres de la madrugada del lunes 12 de enero se reúne por última vez la Junta Cantonal de Cartagena y, tras fuerte discusión, termina aceptando las condiciones de rendición impuestas por López Domínguez. A primeras horas de la tarde, el general Carmona, con una reducida escolta, entra en Cartagena por las Puertas de Madrid, mientras que Gálvez, los generales Contreras y Ferrer, ocho miembros de la Junta Cantonal y cerca de 1.750 militares, voluntarios y familiares, embarcaban en la fragata 'Numancia' y en el vapor 'Darro', rumbo a Orán (Argelia), pues no se fían de las promesas de López Domínguez. Llevaban razón, pues nunca se cumplieron.

A su salida del Arsenal son despedidos con emocionados gritos de «¡Viva el Cantón!» y «¡Viva Cartagena!», y tras sobrepasar la bocana intentan interceptarlos las fragatas gubernamentales 'Vitoria', 'Zaragoza' y 'Almansa', que consiguen finalmente atrapar al vapor 'Darro' (con 75 personas a bordo), pero no impedir que la fragata 'Numancia' se abra paso a cañonazos y llegue a Orán a primeras horas de la mañana del día siguiente, Contreras, entristecido, solo pudo decir: «Cartagena tomada, pero no ganada; Vendida, pero no vencida».

Cartagena capituló. El general José López Domínguez, al frente de su cuartel general y de una sección de cada uno de los cuerpos de su ejército, hace su entrada oficial en la ciudad por las Puertas de Madrid.

Termina de esta manera este movimiento republicano federalista, como intento de oposición al centralismo imperante en aquel momento, instaurando una República Federal del Estado Español, aprobada en las Cortes unos meses antes.

Atrás quedaban 184 días de sublevación cantonal, 150 de sitio militar y 48 de duro bombardeo artillero, durante el que se arrojaron cerca de 27.000 proyectiles de grueso calibre sobre el interior de la ciudad y sus defensas.

Y una bandera roja hecha girones, en donde todavía se podía leer en letras doradas «Federación o muerte, Cartagena Cantón y Libertad».