Antonio, un cura con alma en Vista Alegre

Antonio Bermejo, tras recibir la Medalla de Oro de la ciudad, rodeado de amigos, vecinos y parroquianos. / J. M. RODRÍGUEZ / AGM
Antonio Bermejo, tras recibir la Medalla de Oro de la ciudad, rodeado de amigos, vecinos y parroquianos. / J. M. RODRÍGUEZ / AGM

JOSÉ SÁNCHEZ CONESA

El pasado jueves recibió Antonio Bermejo Hurtado, de manos de la alcaldesa, Ana Belén Castejón, la Medalla de Oro de la Muy Noble, Leal y Siempre Heroica Ciudad de Cartagena, con la unanimidad de todos los grupos políticos. La campaña estaba promovida por la Plataforma Ciudadana Cartagena Centro, que contó con el respaldo de 1.020 firmas de ciudadanos y las adhesiones plurales de la UNED, Comisiones Obreras, Grupo de Podemos en la Asamblea Regional, Colegio de Abogados de Cartagena, Ayuntamiento de Torre Pacheco, UCAM, Movimiento Ciudadano y el que fuera alcalde José López Martínez, la presidenta de la Asamblea Regional, la Asociación de Vecinos de El Llano del Beal, el obispo de Cartagena y el anterior delegado del Gobierno Francisco Bernabé.

Sus vivencias pastorales, laborales y vecinales pueden leerse en 'Cuadernos del Estero', nº 16 (2001), revista dirigida por Francisco Henares Díaz, monográfico dedicado a 'La Iglesia de la Transición en Cartagena' y en el libro homenaje 'Antonio Bermejo Hurtado. 50 años de cura obrero (12/06/1966-12/06/ 2016)', correspondiendo la autoría de los textos al propio protagonista y a su amigo Pedro Castaño Santa. Se anexan los testimonios de otros amigos, vecinos, sacerdotes y una compañera de trabajo.

Las vacaciones de seminarista las aprovechaba recogiendo fruta en su Cieza natal, donde nació en 1941, o en las fábricas de conserva vegetal, visitando a diario Los Casones de Cieza, el barrio más pobre, en tareas de catequesis y contacto directo con estos marginados para vivir las exigencias evangélicas de la pobreza, el desprendimiento y la sencillez. La primera parroquia fue en Calasparra (1966), trabajando como peón de albañil y en la plantación de arroz, comentándole una devota feligresa: «¿Cómo va usted a consagrar con esas manos de callos?». Marchó a la vendimia francesa, no dudando en reclamar lo que era justo como trabajador. Luego fue como cura a las parroquias lorquinas de La Paca y Zarcilla de Ramos, trabajando como albañil, para solicitar más tarde al obispo su deseo de integrarse en el grupo de sacerdotes obreros de Cartagena, un movimiento introducido en España durante los primeros años 60, sobre todo en los centros industriales de Barcelona y Bilbao.

Bermejo tiene su casa abierta al pueblo y lo mismo hace de payaso en las fiestas que llora con los que peor están

Pasó por Alumbre y Roche

Vino a la parroquia de Alumbres, sirviendo además en Roche y Vista Alegre. En 1971 apostaría por quedarse en la última barriada porque era nueva, existiendo un enorme potencial de gentes trabajadoras llegadas desde lugares de La Mancha, tierras valencianas, Mula y otras localidades del entorno cartagenero que deseaban mejorar su situación como personas, obreros y vecinos. Además su población estaba constituida por un gran número de jóvenes y niños. Fue fundador y primer presidente de su asociación de vecinos, cuando todo estaba por hacer como la red de alcantarillado, asfaltado, construcción del colegio, instalación de semáforos, mejora del transporte público. No duraron en efectuar sonados cortes de carretera en 1978 para ser escuchados por la Administración, como ocurrió finalmente. Me comenta que Bernardo García Pagán, último edil del franquismo, fue de los mejores alcaldes que ha conocido, precisamente por su capacidad para el diálogo.

Alentó Antonio además, la constitución de otros colectivos como el de padres y madres de alumnos, el de educación de adultos, el de mujeres o el de pensionistas.

Dos de sus amigos y vecinos de barriada son Pepe Ros y Pedro Torrente 'El Negro', quienes escriben en el citado libro: «Para nosotros siempre ha sido como un padre, aunque como él dice entre bromas: 'Padre de todos los niños del pueblo no..., sólo de algunos'». Eran unos críos cuando llegó a Vista Alegre, causando sensación porque era un sacerdote joven muy unido a los jóvenes y que además trabajaba. En su casa se organizaban bailes, Nocheviejas, cumpleaños, charlas, reuniones, discoforum. Recuerdan cuando llegaba el párroco a su vivienda, en pleno baile, y les advertía: «Abrid las ventanas que salga el humo del tabaco, que me vais a matar». Allí mismo guardaban decorados y otros utensilios del Grupo de Teatro Independiente de Vista Alegre (Gitva), dejándolo al pobre cura casi sin espacio vital para desenvolverse en su propio hogar. Ha sido la Casa del Pueblo porque ha estado abierta a todo el mundo, siendo escuela de convivencia y concienciación solidaria, consciente Antonio, tal y como escribe «que los cambios en la historia tienen que hacerse desde abajo, porque desde arriba no cambiamos nada; nos cambian más bien».

Comenzó celebrando la eucaristía en la panadería, hasta que en 1981 deciden construir el edificio parroquial, que en realidad era un complejo con diversas dependencias como la destinada propiamente a templo, la guardería, consultorio médico, salón de actos, biblioteca, etc. Todos los vecinos participaron en la edificación durante los fines de semana y fiestas de guardar, encargándose cada día de preparar el almuerzo las vecinas de una determinada calle, hasta la conclusión de su fábrica en 1984.

Sindicalista

De pronto gira la animada charla en el bar porque recuerda los nombres de unos 14 curas obreros de Cartagena que sufrieron la cárcel o la vigilancia de la policía secreta durante la dictadura. Antonio trabajó como dependiente en Almacenes Ayala, siendo delegado sindical durante 35 años en USO y luego CC OO. Cuando alguna clienta solicitaba compresas, sus compañeros de trabajo la mandaban a él con picardía, quien le aconsejaba sin cortarse: «Yo uso Ausonia con alas».

Antonio, como Pepe Ros y Pedro Torrente, están muy ligados a la Semana Cultural de Vista Alegre, que ha cumplido 37 años, por la que han pasado grupos de teatro de la Región; cantantes como Luis Pastor; flamencos como Juanito Valderrama, José Menese o el artista local El Gaditano; troveros como El Taxista, igualmente vecino; grupos de rock como Barón Rojo, conferenciantes como el cura Enrique de Castro, el sindicalista y político Diego Cañamero o el teólogo Juan José Tamayo.

Ya jubilado sigue en el mismo barrio, acompañando a quienes lo necesitan a los Servicios Sociales o proporcionándoles asesoría jurídica. Ha sido payaso con sus vecinos, disfrazándose en sus fiestas y me muestra una foto como prueba. También ha llorado con ellos cuando las cosas venían mal dadas, como en la última crisis económica.

A pesar de su discreción todo el mundo sabe que ha recogido alimentos para cubrir las necesidades alimenticias de muchos, aportando buena parte de su propia pensión de jubilado, mientras participaba activamente en manifestaciones a favor de una sanidad y una educación públicas de calidad, anti desahucios o por la restauración de la Catedral antigua de Cartagena. Nunca ha dejado de ser sacerdote cristiano, militante obrero y El Titi Colega, como lo llaman en el pueblo, sobre todo los niños.

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