El Ángel de la calle

Juan Manuel Díaz Burgos, fotografiado en 2017. / J.M. Rodríguez / AGM
Juan Manuel Díaz Burgos, fotografiado en 2017. / J.M. Rodríguez / AGM

JOSÉ SÁNCHEZ CONESA

No cabe duda de que la fotografía ayuda notablemente al ejercicio de la memoria, de la que depende el recuerdo de situaciones vividas en el pasado, que de otra manera serían, en gran medida, humo fugaz e inconsistente niebla. Lo entendieron nuestros antepasados, que fotografiaban a sus muertos para intentar retener el último aliento de vida que quedaba en sus ya inermes cuerpos. La imagen retratada supera así la fragilidad del ser humano, al elevarlo a una suerte de trascendencia.

El cartagenero Juan Manuel Díaz Burgos, fotógrafo de prestigio internacional, nos ofrece un nuevo libro, titulado 'Calle del Ángel'. Recoge en él la exposición que en el Museo Regional de Arte Moderno (Muram) pudimos contemplar durante los primeros meses de 2017. Apretado bosquejo de tantas vidas que fluyen en el río irremediable de la vida.

Comienza en la Plaza del Lago, antesala de la calle del Ángel. Por allí vemos a Mustieles y al personal de su farmacia de la calle del Duque; a Cándido Román (padre del historiador), atendiendo a su clientela en sus diversos comercios, como la confitería, más conocida por el anterior nombre de Cañizares, y sus cafeterías. Cándido contrataba a confiteros catalanes que realizaban el servicio militar en la ciudad, lo que hizo elevar el nivel de la repostería en nuestra ciudad. Forofo del Athletic de Bilbao, nos relata Juan Manuel que los leones de San Mamés, con Iribar al frente, fueron invitados a desayunar a la cafetería Puerto Rico, cuando vinieron a disputar una eliminatoria de la Copa del Generalísimo al Éfese. Gran revuelo.

El fotógrafo Juan Manuel Díaz Burgos recupera en 'Calle del Ángel' la historia de los vecinos de esta vía

La palmera del Lago en el suelo, 32 metros vencidos por los fuertes vientos del 31 de octubre de 2004. Esta derrota me hace recordar los machadianos versos del olmo viejo.

Toda la obra es un carrusel de imágenes. Miguelico, el del kiosko: El capitán Trueno, El Jabato, las novelas de Corín Tellado y de Marcial Lafuente. Oímos el bullicio electrizante del bar Ideal cuando jugaba el Efesé, las animadas charlas previas a emprender la caminata por la subida de San Diego hacia el Almarjal, los chicles Bazooka «siempre en la boca», la primera televisión que hace posar al propio Juan Manuel junto a su padre.

Las verbenas adornadas con cadenetas y banderas por unos entusiasmados vecinos, las carreras de cintas corridas por los niños en bicicleta o a lomos de otros para poder alcanzarlas, invitando posteriormente a una Fanta a la chica cuya banda obtenían. La noche de San Juan y sus hogueras, los juegos del rey hueso, la carioca, palico inglés, rigalope, chinche monete, el ajo duro, las guerrillas de los niños de una calle contra los de otra. Las fotos de las amigas paseando cogidas del brazo, luciendo palmito, presintiendo el amor que está por llegar.

Un capítulo lo titula: «Las azoteas. Espacios vivos». La vida en los terraos no se limitaba solamente al tendido de la ropa lavada, así lo reflejan muchas instantáneas: los bailes celebrados, los retratos de capirote, las patadicas a la pelota. Lo cuenta el autor: «Estas fotos nos demuestran unas gentes con unas ganas locas por vivir».

El fotógrafo ha tenido que localizar a muchos de los antiguos vecinos, de los que se desconocía el paradero, pero todos se volcaron en el proyecto por cuanto suponía el feliz reencuentro, tras muchos años sin noticias. Díaz Burgos los fotografía enfrentados a sus retratos de niños, tras medio siglo y más. Vemos a Alfonso Santos García, el del cine, junto a su hermana; a Antoñita López junto a su padre y hermanas, Miguel Ángel Fernández Matrán y su hermana. Luego están las familias ausentes, no localizadas por diversos motivos, entre ellos la emigración o la muerte, pero de los que conservamos sus retratos, aportados por quienes compartieron el mismo espacio urbano. Todos ya reunidos como antes, pero en un libro. La calle fue de ellos y posiblemente lo siga siendo en el futuro.

Extraña cohabitación de una especie de tristeza difícil de explicar pero que deduzco ligada a la percepción de finitud, a la pérdida de una comunidad ya solamente soñada que no se volverá a repetir. Todo ello junto a la alegría de una intuida trascendencia.

Fiesta y juego en la replaceta

A comienzos de 2003 se inició el derribo, ya sin ángel. El autor transita la calle número a número, vecino a vecino, sirviéndose de las fotos y de censos de 1955 y 1960. No queda al margen la gran labor realizada por Antonio Sánchez Bustamante 'Toni', convirtiendo la replaceta delimitada por el viejo Hospital de Marina, la plaza de toros y el cuartel de Antigones en un estadio de fútbol. Toni promovió la práctica de este deporte entre los más jóvenes, con la fundación de dos equipos: el Rápido y Atlético Delicias. Miles de cartageneros presenciaron en la repla aquellos partidos, incluso disputados por la noche gracias a la iluminación. De aquella cantera salieron jugadores como Emilín, que llegó a jugar con la selección española junto a Quini, Del Bosque, Rojo o Asensi; los hermanos Arango, Melenchón, Egea o Manolín.

Agradecemos a Díaz Burgos y a tantos fotógrafos, muchos anónimos, que hayan puesto en nuestras manos este patrimonio sentido. Aunque no seamos de la calle del Ángel.

Lo han afirmado autores como Fromm o Salvador Giner: el ser humano no sabe orientarse sin atribuir sacralidad a ciertas ideas, principios, entes y -añadiríamos- a lo que representan las fotografías. El mundo vuelve a encantarse cuando la comunidad vecinal, en la diáspora, vuelve a reunirse en una calle ya imperecedera.

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