Un recorrido por el carnaval

Fiesta de carnaval en Cartagena, correspondiente a 1998. /
Fiesta de carnaval en Cartagena, correspondiente a 1998.

«El carnaval se cristianizó como una licencia temporal antes de entrar en el riguroso periodo de abstinencia carnal que suponía la Cuaresma»

JOSÉ SÁNCHEZ CONESA

Las fiestas populares son una evasión de la cotidianidad, de la monotonía diaria, del trabajo rutinario y la búsqueda de un placer en comunidad, pero también es darle un sentido más poético, sublime o incluso religioso a la existencia, decía Caro Baroja. Durante el franquismo el carnaval perdió su carga subversiva, un tiempo caracterizado por el poder de la Iglesia, el recato y el «buen gusto» en que «parecía que todos nos habíamos hechos sacristanes», apostillaba el ilustre historiador y antropólogo. Ya en democracia, los gobiernos municipales fomentaron el carnaval pero no deja de ser «una celebración un tanto ficticia y poco sentida» de lo que llegó a ser.

Siguiendo a numerosos autores uno puede volverse loco con los antecedentes más remotos del carnaval, siendo bastante común la creencia que procede de diversos festejos religiosos, casi todo era religión en los antiguos. Se dice que el carnaval que ha llegado a nosotros toma préstamos de las Saturnales romanas, en recuerdo del gobierno del dios Saturno en la Edad de Oro, etapa ilusoria en que todos los hombres eran iguales y felices, dedicados al ocio. De tal manera que los esclavos disponían por un día de sus señores y les cantaban las verdades, los griegos gozaban con los concursos de bebedores, la carroza en forma de barco y los enmascarados, portadores de guirnaldas, los flautistas y los disfrazados de animales en honor a Dionisio, dios del vino y del desenfreno.

A la Iglesia le costó acabar con todos estos restos de religiones anteriores que perduraron durante siglos, aún con variaciones y transformaciones. El carnaval se cristianizó como una licencia temporal antes de entrar en el riguroso periodo de abstinencia carnal que suponía la Cuaresma. Toda Europa fue recorrida por las llamadas fiestas de locos que reivindicaban a los más débiles, a los de abajo: niños, pobres, gentes del común. Dentro de estas fiestas de locos encontramos la del obispillo, el día de San Nicolás, en la que el niño del coro o el monaguillo era elevado por un día a la dignidad obispal, revestido con las ropas litúrgicas de tal dignidad, presidía la celebración y pronunciaba la homilía.

Fiestas aldeanas

Nuestras madres y abuelas no vestían de lentejuelas a lo brasileiro ni desfilaban a ritmo de samba, se limitaban a reunirse en una casa para abrir el arca y sacar las ropas viejas de la familia, el traje de militar, las ropas de vieja o el refajo huertano. Si, en Cartagena triunfaban los trajes regionales de huertana y Carmen Conde, siendo niña lo vestía. Era la moda imperante de un movimiento a favor de la cultura de la huerta murciana que se extendió, a finales del XIX y comienzos del XX, por toda la Región. En lugar de acercarnos a conocer los usos y costumbres de nuestro campo más cercano. Nada nuevo.

Pues con esas ropas, mayoritariamente del color negro del luto, preparaban unas máscaras de cartón para ocultar el rostro o simplemente lo cubrían con un trapo blanco abriendo huecos para los ojos y la boca. Llevaban una escoba para impedir que les quitaran la careta y al mismo tiempo dar escobados a diestro y siniestro en cortejo callejero.

Las máscaras salían en grupos de cuatro o de ocho, pero siempre en número reducido para acosar a cualquier viandante con el repetido y machacón estribillo: «¿A qué no me conoces?», dicho con voz fina de falsete para no ser reconocidos. Llegaban a resultar agobiantes, tocamientos sexuales a parte, o aprovechaban para expresar algunas verdades incómodas: que si tu hija se acuesta con el novio o si te ponen los cuernos. Mucha franqueza ante todo. Desfiguraban su silueta con almohadas de relleno, bajo el atuendo, a modo de pechos, culos o jorobas. Los había que arrojaban cenizas a cualquiera que encontrasen a su paso.

Desde otros pueblos llegaban comparsas con canciones compuestas para la ocasión, letras que vendían entre el personal a precio módico que se agolpaba en las calle principal por donde deambulaban los disfraces locales y forasteros. Asensio Sáez me recordaba esos paseos calle arriba, calle abajo por la Mayor de La Unión, llamándole la atención los muchos frailes que se contemplaban.

En Fuente Álamo recordaban chulos y castizos madrileños salidos de zarzuela, gitanas bailaoras y coplas criticando al alcalde, antes de Franco, evidentemente. Por la noche baile en el casino con premios para los mejores y bailes de piñata. Por allí contaban que se prohibieron las máscaras por algunos crímenes sucedidos en Cartagena.

Cada periodo histórico se enmarca en unas determinadas circunstancias políticas, económicas y culturales, así en la ciudad de Jaén del año 1464, en plena batalla de moros y cristianos, celebran el carnaval con una gran hoguera, corrida de sortijas a caballo que venían a ser lo que llamamos las carreras de cintas a caballo, danzas y versiones burlescas de los combates caballerescos como el juego de hortelanos, en que luchaban con armaduras de vegetales y provistos de grandes calabazas. Ese mismo año el carnaval de Florencia era celebrado con batalla de bolas de nieve y en la Zaragoza de 1585, como en toda España, las máscaras van por las calles cantando coplas burlescas, tirando «huevos llenos de agua de colores en los balcones en los que asoman doncellas, manojos de harina o nieve si cae o naranjas».

La fiesta es juego y manifestación de lo que reprimimos en la vida aparentemente normal pero sobre todo es un sí a la vida. Me quedo con eso.

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