«La cara se me desprendía y ella me decía: 'Ahora ya estás guapo para tus amigas'»

José Antonio Romao, en su domicilio de Archena, donde se restablece de las gravísimas lesiones que presuntamente le causó su mujer. / Martínez Bueso

«Me da mucha vergüenza decir que soy un hombre maltratado», afirma el vecino de Archena a quien su mujer quemó supuestamente con un líquido corrosivo, causándole graves lesiones

Ricardo Fernández
RICARDO FERNÁNDEZArchena

Asegura que Deijanira siempre fue una mujer celosa. Que en un principio ocultaba ese sentimiento tras un falso sentido del humor. «Te ha gustado esa chica, ¿no es verdad? Pues lleva cuidado con lo que te vaya a gustar y lo que no», explica que le advertía con una de esas medias sonrisas que casi siempre inquietan más que un gesto desabrido. «Hace dos años la situación se agravó. Curiosamente, desde que dejé el transporte internacional y pasaba más tiempo en casa. Y eso que solo salía un rato los domingos por la mañana a tomarme una cerveza y dar un paseo».

José Antonio entiende que fueron las dificultades económicas las que acabaron minando la relación. «Cuando hay problemas de perras, al final todo se complica». De manera que la confianza y la complicidad, si alguna vez existieron, se acabaron quedando por el camino. Él le planteó que quería separarse y sostiene que si no llegó a hacerlo fue porque las cuentas no salían. «No se podían mantener dos casas con mi sueldo. Luego ella empezó a trabajar en una cooperativa y empecé a pensar que un día cada uno podría hacer su vida, que podríamos separarnos de forma civilizada, razonable. Yo no quería problemas, porque ya la vida es demasiado complicada sin necesidad de complicársela a conciencia. Le dije que no se preocupara, que se quedaría con la casa y con todo lo que le correspondiera», recuerda.

Ahora, volviendo la vista atrás, José Antonio piensa que el temor a verse abandonada pudo convertir esos celos incipientes en una auténtica celotipia. En algo de apariencia patológica. «Me llamaba continuamente para ver dónde estaba. Y si íbamos al supermercado y yo le dirigía la palabra a una mujer, aunque fuera para decir que las lechugas estaban caras, o lo que fuera, me gritaba: «Ya te acostaste con ella, ¿verdad?».

Una trabajadora de la Cruz Roja le ofreció un manual para hombres maltratados y una amiga le dio una relación de pisos de alquiler económicos; el ataque se desencadenó apenas unas horas después de que Deijanira encontrara los papeles en el coche

La primera vez que le golpeó, asegura, fue el pasado febrero, después de que una conocida le enviara un mensaje de 'whatsApp' para lamentar que no pudiera acompañar al grupo de amigos a una recogida solidaria de alimentos. «Como ella me revisaba el móvil todos los días, en vez de poner el nombre de esa chica puse el de 'Mario Panadero'. Pero cuando leyó el mensaje vio que no era propio de un hombre y tuvimos una discusión muy fuerte. Yo no tenía amante, pero ella estaba convencida de lo contrario. Luego me quedé durmiendo en el sofá y me desperté cuando empezó a golpearme con un palo y a darme puñetazos. Esa noche me amenazó con un cuchillo y unas tijeras».

«Creían que estaba en riesgo»

«Se le dio la vuelta a la cabeza», explica este camionero portugués de forma gráfica. Dice que la mujer no aceptaba la separación, después de catorce años de matrimonio, y que su comportamiento obsesivo empeoraba por días. Hasta el extremo, en apariencia, de telefonear a las amigas de José Antonio para acusarlas de estar manteniendo relaciones sexuales con él o de ir contando por Archena que su marido tenía amantes.

«Mis amigos -relata- estaban muy preocupados. Me decían que estaba en peligro, que me estaba preparando algo. Pero yo lo negaba. Pensaba que después de catorce años juntos no podía ser capaz de hacerme daño, aunque lo cierto es que ya no estaba muy seguro desde la noche en que me pegó con el palo».

A mediados de abril, ante el cariz que estaba tomando el asunto, una trabajadora de la Cruz Roja le entregó un manual dirigido a hombres maltratados que necesitaban pedir ayuda. Y otra amiga le anotó en un papel la dirección y los teléfonos de varios pisos de alquiler económicos.

«Los dejé en el coche, pero ella los encontró y tuvimos otra discusión muy fuerte. A medianoche me insistió: '¿Entonces qué vas a hacer? Siempre estás diciendo que te quieres ir'. Y le respondí que era absurdo seguir así, cuando estábamos tan mal. Pero no quería discutir más y le dije que me iba a dormir. 'Mañana hablamos', le dije».

«Todo me ardía»

La mujer, apenas unos minutos más tarde, habría hecho otro intento de seguir hablando del asunto. «¿Estás seguro de que eso es lo que quieres hacer con tu vida a los 50 años?», le habría inquirido. Pero José Antonio, asegura, habría esquivado la pregunta. «Luego me quedé durmiendo».

Afirma que no sabe cuánto tiempo había transcurrido cuando sintió por la cabeza y el rostro «un calor ardiente y un líquido viscoso». Se incorporó de golpe y, alarmado, preguntó: «¿Qué me echaste? ¿Qué es este líquido?».

Trató de alcanzar el aseo para echarse agua por encima, pero presuntamente ella se lo impidió. «Se puso en medio, mientras me decía: '¡Ahora ya estás guapo para todos tus amigos y amigas'. Empecé a no ver nada. La cara me quemaba, la piel se desprendía y sangraba».

Trató de descender la escalera del dúplex y salir a la calle, pero habría vuelto a encontrarse con la oposición de la mujer. «Quiso empujarme por las escaleras y comenzó a darme puñetazos. Yo no tenía fuerzas, no podía defenderme. Solo podía cogerla por los brazos, porque estaba convencido de que quería matarme. Entonces comencé a gritar pidiendo ayuda. Grité mucho, mucho, mucho. Quería abrir la puerta de la calle, pero no me dejaba. Y cuando llegó un vecino, empezó a decirle: 'No pasa nada, es solo que está borracho y drogado. Pero no hay ningún problema'».

Deijanira solo se habría apartado de la puerta y le habría franqueado el paso cuando apareció la Guardia Civil. «Cuando salí por la puerta vi reflejado en sus rostros el horror por lo que me había pasado». Una ambulancia lo trasladó al hospital de La Arrixaca, donde ingresó en la UCI. «Las primeras 24 horas fueron críticas, porque creían que podía llegar a morir», afirma ahora, un mes después de la agresión, mientras se recupera de las muchas lesiones y secuelas que le quedan.

«Por el ojo izquierdo apenas veo y he perdido el oído izquierdo, ya que el líquido corrosivo me perforó el tímpano. Además, me han tenido que trasplantar piel de una de las piernas para recomponerme el cuello y el cuero cabelludo», enumera, sin dejar de secarse las lágrimas de los ojos, no se sabe bien si por efecto de la luz, que ahora no soporta, o porque es incapaz de contener la emoción.

«Temo una trampa»

Con Deijanira en prisión desde aquel momento, el camionero portugués solo aspira a que no vuelva a cruzarse en su vida. «Que pague lo que tenga que pagar. Yo no puedo perdonar a alguien que me ha hecho tanto daño, que me ha intentado matar. Solo quiero que cada uno siga su vida, aunque estoy convencido de que cuando salga volverá a por mí, para seguir haciéndome daño, porque es muy rencorosa y vengativa».

Su mayor temor es ese: «Que trate de ponerme una trampa. Ya ha querido señalarme como culpable, como maltratador, y cuando me echó el líquido me advirtió de que la Guardia Civil siempre la creería a ella. ¿Si me siento un hombre maltratado? Me da mucha vergüenza decir que lo soy».

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