El 'ángel' de la riada de Bolnuevo

El sacerdote Juan Pérez se reencuentra, treinta años después de la trágica inundación, con el pescador que le salvó de morir ahogado

El 'ángel' de la riada de Bolnuevo
Pablo Sánchez / AGM
Raúl Hernández
RAÚL HERNÁNDEZ

Aquel día, el capellán del hospital de La Arrixaca Juan Pérez iba a recibir la visita de Inma, una enfermera que trabajaba en el mismo centro. Quería despedirse de él tras haber pasado un año aciago. Tras la muerte de su marido en un siniestro de tráfico, ella sufrió otro accidente muy grave que le provocó un trauma en la cabeza. Estuvo varios meses hospitalizada, y el cura no se separó de ella ni un solo día. A finales de verano, los médicos le dieron el alta, pero, antes de irse de vacaciones a Valencia, quiso despedirse de su amigo el párroco. El 7 de septiembre de 1989 fue con su hijo de 9 años al camping de Bolnuevo en Mazarrón, donde Juan estaba pasando unos días en su caravana. «Eran las tres de la tarde. Estábamos charlando en la parcela, junto a mis macetas. El niño estaba dentro de la caravana jugando. Corté la conversación porque oí un ruido tremendo. Una ola marrón, de un metro y medio de alto, cargada de basura y escombro, venía hacia nosotros. No nos dio tiempo a reaccionar, el alud mugriento se nos echó encima y nos arrolló», recuerda el capellán. Los turistas que tenían las tiendas en la parte más cercana al mar vieron venir la avalancha y les dio tiempo a subirse a los tejados de las casetas de los aseos y de la recepción. Otros no pudieron escalar por las paredes, y se metieron dentro de las construcciones. «Aguantaron allí varios minutos con el agua hasta la barbilla».

En medio de la riada, Inma gritaba por su hijo. Lo había visto salir despedido del vehículo. «Le dije que no se preocupara, que lo había cogido y lo llevaba de la mano. La corriente nos arrastró con una fuerza enorme y lo único que podía hacer era mantener la cabeza del niño y la mía en la superficie. Ella iba detrás de nosotros, pero al llegar a la desembocadura, un remolino se la tragó y desapareció», explica. El mar se había vuelto de color marrón. La ola emgulló toda la orilla de la playa y decenas de caravanas, coches, tiendas de campaña, electrodomésticos y deshechos se acumularon al final de la rambla de Las Moreras. «Tuve una suerte tremenda. En mitad de todo ese caos, a unos 100 metros de la orilla, vi una colchoneta. Nadé hacia ella apartando con uno de los brazos la basura, y subí al niño. Los dos no cabíamos y me agarré al flotador. En ese momento, me di cuenta de que iba sin ropa. La había perdido. Y allí, desnudo, aguanté hasta que vi acercarse un bote de pescadores», relata el cura.

El rescate en un bote

María estaba poniendo la mesa en la terraza de su casa, una segunda planta de un caserón situado a escasos diez metros de la playa de Bolnuevo, donde residía una familia de pescadores conocida en el pueblo como 'Los Cartagenas'. Era la una del mediodía. El cielo había amanecido algo nuboso y fresco, una climatología normal en el mes de septiembre. Mientras colocaba los platos sobre la mesa, la mujer vio una enorme nube negra que se aproximaba desde la costa hacia Mazarrón. El nubarrón impedía que la luz lo traspasara y, poco a poco, el muro fue oscureciendo todo conforme avanzaba. «Se hizo de noche. Tuvimos que encender las luces porque estábamos en penumbra». Junto a la gran nube, un viento fortísimo se desató. «Las sillas, la ropa tendida, los cubiertos... Todo empezó a volarse. Luego llegó la manta de agua», rememora María Sánchez, mujer de Francisco 'El Cartagenas'.

Tras la ventisca, la nube comenzó a descargar agua, barriendo todas las localidades del municipio. En menos de 15 minutos, los garajes y los sótanos se inundaron, las calles se convirtieron en ríos y las carreteras se volvieron intransitables. La gran borrasca siguió su camino hacia el interior, descargando agua sobre la sierra de las Moreras, Totana y Lorca. Tras una hora de lluvia torrencial, en el casón de la familia de 'Los Cartagenas' se pasó del nerviosismo por los efectos de la tempestad a un arranque de solidaridad ante la magnitud de la catástrofe que contemplaban desde la terraza del caserón.

«Cuando mi marido vio que la rambla empezaba a escupir caravanas y coches al mar, no se lo pensó. Salió corriendo con mi cuñado y mis sobrinos y se subieron a un bote que estaba varado en la orilla en busca de personas. El barco no tenía escálamos donde apoyar los remos y mi esposo regresó para llevarse los palos de las fregonas e improvisar las estacas y asegurar las palas con una soga», recuerda Sebastiana García, mujer de Ginés 'El Cartagenas'. Él, su hermano Juan, Paco 'El Pipa' y Pedro Rocha navegaron hacia el gran remolino que se había formado en el estuario, a un kilómetro de distancia de su casa. En el recorrido, encontraron a un matrimonio alemán flotando con unos chalecos salvavidas. «Íbamos a subirlos al bote, pero más adelante vimos a un hombre que levantaba un brazo y a un niño en una colchoneta. Detrás nuestra venía otro marinero en su barca y le gritamos que recogiera a los extranjeros», expone Pedro Rocha.

Los cuatro pescadores se lanzaron a recoger al adulto y al pequeño. El bote zozobraba mientras se adentraba en un mar de color terroso que parecía un vertedero. «Ginés avanzó con el bote empujando con el remo toda la basura. Mientras, Juan y yo nos pusimos en la proa para ir apartando con las manos todo el escombro que teníamos delante. Acabamos con las manos ensangrentadas», señala el entonces pescador. Cuando llegaron hasta ellos, Pedro cogió al niño y lo subió al bote. «Estaba empapado, tiritando. Me abrazó del cuello tan fuerte que no podía dejarlo en el bote». Un vez a salvo, estiró el cuerpo para darle la mano al hombre y sacarlo del mar. «Iba desnudo y le dejé los calzoncillos que llevaba debajo del bañador para que se tapara», sostiene Rocha. Cuando llegaron a tierra firme, el hombre les manifestó que era el capellán del hospital de La Arrixaca y que la madre del pequeño había desaparecido. «El niño no paraba de decir que ella estaba bien, que iba a aparecer viva, porque era una gran nadadora», afirma el pescador.

Aquello ocurrió en 1989. Treinta años después, 'La Verdad' ha propiciado el reencuentro del cura y la familia de los pescadores que le salvaron. «Aún nos queda el pesar de no haber encontrado a la madre del pequeño», se lamenta el marinero.

El hallazgo del cuerpo

Inma tenía 40 años. Fue una de las dos víctimas mortales de una de las mayores catástrofes ocurridas hasta esa fecha en la Región. La enfermera de La Arrixaca apareció 20 días después enterrada en el fango, en un montículo formado por los sedimentos que la riada arrastró desde lo alto hasta la desembocadura de la rambla. «Íbamos pinchando la tierra con una vara hasta que se clavó en un punto. Metimos la excavadora y, en la segunda palada, vimos el cuerpo», asegura Pedro Arias, responsable de Protección Civil del Ayuntamiento de Mazarrón en 1989.

Él fue quien coordinó, en las primeras horas del siniestro, los efectivos de emergencia que sacaron a la gente que aún estaba en el camping. Luego, la Delegación del Gobierno se hizo cargo de la gestión. Se inició un operativo de búsqueda de las dos desaparecidas y se habilitó un hotel para alojar a los damnificados. Los barcos de Cruz Roja barrieron todo el litoral desde Cabo Cope hasta Cabo Tiñoso. Los pescadores de la Cofradía salieron a rastrear en sus barcas. Fueron ellos los que localizaron, el día 9 de septiembre, a la otra víctima mortal, Ivonia Dalle, una turista italiana de 70 años. Su cuerpo apareció flotando en La Azohía. La Armada activó un plan de auxilio con patrulleras y buceadores, y los técnicos del servicio regional contra incendios llegaron a la zona cero en un helicóptero. «Salimos de la base del Mar Menor y cuando llegamos aquello era dantesco. Había decenas de coches y caravanas a la deriva en el mar chocando entre sí. Nos descolgamos del helicóptero en una cesta para entrar dentro de los remolques rompiendo las ventanas con una pata de cabra. Revisamos medio centenar», indica José Juan Gil, técnico del servicio. Finalmente, los vehículos fueron remolcados hasta el puerto, donde las grúas los sacaron del agua.

El agua se llevó toda la documentación del camping y los registros de entrada de los clientes. Se calculó que medio millar de personas sufrieron los efectos de la riada, la mayoría de ellos turistas. «Quedó la duda de si pudo haber algún desaparecido más que, por desconocimiento de que estaban aquí, la familia no lo denunciara. Pudo pasar, pero lo veo improbable», concluye Arias.

Una DANA fue la causante de las lluvias torrenciales de aquel 7 de septiembre

El mes de septiembre de 1989 arrancó con fuertes tormentas en la Región. Dos días antes hubo importantes inundaciones que afectaron los municipios de la Vega del Segura, Murcia y Campo de Cartagena. Hubo que evacuar a 600 personas y se activó un plan de emergencias por lluvias. Pero el 7 de septiembre, se formó una depresión aislada en niveles altos (DANA) en el Golfo de Cádiz, acompañada de una baja presión en el norte de Argelia, que inyectó humedad y viento del Este, según Juan Andrés García, meteorólogo de la Aemet. Esa mole tormentosa formada en el mar, se sitúo en la costa de Mazarrón y avanzó hacia el interior alimentada por las fuertes rachas de viento de Levante.

La versión oficial dice que la extraordinaria cantidad de agua que se acumuló provocó la riada que desbordó la rambla de las Moreras. Por su parte, hay vecinos que piensan que se ordenó la apertura de la presa del embalse de Puentes en Lorca, porque este se iba a desbordar.

Así justifican la avenida en forma de una gran ola. El agua saltó por encima de los puentes que cruzan el cauce, y el caudal con toneladas de agua, barro, piedras y maleza anegó el camping de Bolnuevo. Solo aguantaron las casetas de los aseos y la recepción. La rambla no estaba encauzada y el torrente arrasó con todo. En la cuenca cayeron volúmenes de precipitación que sobrepasaron los 100 litros por metro cuadrado en una hora, según un estudio del profesor titular de Hidrogeología de la UPCT, Tomás Rodríguez Estrella.

En su informe, detalla que las escorrentías confluyeron a tres kilómetros y medio, aguas arriba del puente de la carretera de Mazarrón a Águilas. Esto provocó una avenida de 500 metros cúbicos por segundo que se trasvasó al cauce de la rambla. La Confederación Hidrográfica del Segura calculó que por la rambla de las Moreras llegó a circular un caudal de 1.300 metros cúbicos por segundo, que bajó embravecido desde la sierra del mismo nombre al mar.