«El de albañil es un oficio peligroso y duro; no volvería a la obra»

Simón Buendía muestra su placa de vigilante. / Nacho García/AGM
Simón Buendía muestra su placa de vigilante. / Nacho García/AGM

Pedro Navarro
PEDRO NAVARRO

Un auténtico destierro profesional. Eso es lo que sufrió Simón Buendía cuando el sistema financiero comenzó a venirse abajo en 2008. Obrero de la construcción desde los 16 años, jefe de obra y especialista en estucado, a los 42 vio como la sociedad que regentaba con su hermano comenzaba a hacer agua. «Los pagarés sin fondos acabaron de hundirnos», recuerda Simón, que transitó por el paro varios años hasta que volvió a engancharse al mercado laboral. «En 2012 conseguí trabajo como portero de discoteca y mientras continué formándome. Me saqué el título de la ESO y una habilitación para ser vigilante de seguridad privada, que es a lo que me dedico desde hace 5 años», relata. Fueron tiempos duros los de la crisis con un importante coste personal. «Sin la ayuda familiar y el esfuerzo de mi pareja no hubiéramos podido afrontar ni la situación ni una hipoteca que se ponía cuesta arriba», recuerda. Una experiencia traumática que hace que casi se le erice la piel con el simple pensamiento de volver a la obra.

Para él, la construcción sigue siendo incertidumbre. «No sabes si en tres o cinco años va a volver a bajar la actividad y te vas a ver de nuevo en problemas», valora Simón, cómodo en su empleo actual. «El de albañil es un oficio peligroso y duro. Me recuerdo colgado en verano de una fachada y no lo echo de menos». En su caso difícilmente hay marcha atrás. «Puede que actualmente gane unos 200 euros menos de lo que ingresa un buen oficial, pero la diferencia no merece la pena, por la pérdida de calidad de vida», apostilla.

Reengancharse

El vendaval que supuso la crisis no hizo desfallecer, sin embargo, a Pedro Azorín, que, a sus 39 años, se gana la vida como topógrafo en una empresa de Murcia. Formado en el ámbito de la delineación, Pedro inició su andadura laboral como técnico proyectista en un estudio de arquitectura vinculado al Ayuntamiento de Murcia. En 2011, el colapso económico le golpeó de lleno y tras no ver renovado su contrato de tres años, se encontró de golpe sin trabajo.

«Nunca dejé de formarme. Me fui a Valencia a estudiar para volver después a Murcia y estar en el paro otro año y medio», recuerda. Finalmente, fueron el curso de topografía que realizó en la Fundación Laboral de la Construcción y sus prácticas formativas los que le devolvieron la estabilidad a su vida profesional. Toda una 'rara avis' para lo vivido en el sector en la última década. «Yo fui a por lo mío. Es lo que me gustaba y siempre pensé que especializándome tarde o temprano podría reengancharme», proclama con orgullo.