«Acuéstate; vamos a jugar»

El sospechoso de los abusos, P. M. G., junto al letrado Raúl Pardo-Geijo. / Javier Carrión / AGM
El sospechoso de los abusos, P. M. G., junto al letrado Raúl Pardo-Geijo. / Javier Carrión / AGM

Un adolescente ratifica ante el fiscal los presuntos abusos sexuales que, cuando solo tenía 9 años, sufrió a manos de un monitor del Seminario Menor de Murcia | El sospechoso niega las acusaciones, asegura que ni siquiera se acuerda del niño y especula con que el denunciante «solo quiere sacar dinero»

Ricardo Fernández
RICARDO FERNÁNDEZ

«Vamos a jugar; acuéstate, que vamos a dormir». El chico recuerda que era el primero o el segundo fin de semana de junio de 2011 cuando P. M. G., uno de los monitores del Seminario Menor, situado en la calle La Gloria de Murcia, entró en su habitación y supuestamente le hizo tales indicaciones. El menor, que en esas fechas acababa de cumplir diez años, supo de inmediato lo que le esperaba, pues asegura que ya un par de semanas antes, en la madrugada del domingo 22 de mayo, había sufrido el primer encuentro sexual con ese seminarista que se encargaba de vigilarles por la noche.

«Me desperté a medianoche y me encontré a P. abrazándome, con la pierna izquierda sobre mí. Tenía su mano izquierda dentro de mis calzoncillos y me acariciaba los genitales y el pene. A la vez restregaba sus genitales contra mis glúteos, aunque desconozco si se encontraba o no desnudo. Yo me quedé como paralizado, sin saber lo que estaba pasando, y me hice el dormido. Recuerdo que P. cada vez respiraba de forma más fuerte», señaló la víctima días atrás ante la Fiscalía Superior de la Región, donde fue citado a comparecer después de que el propio Obispado denunciara la supuesta existencia de un caso de abusos sexuales en ese seminario.

El chico ratificó en la Fiscalía haber sido víctima de tales tocamientos en esa ocasión en que se quedó a dormir en el mencionado inmueble y añadió que «estaba amaneciendo cuando me levanté para ir al baño. Entonces P. se despertó y me preguntó a dónde iba. Le dije que al baño y vi que tenía los calzoncillos puestos, pero que estaba sin camiseta y sin pantalones. Cuando me volví a acostar, Pedro estaba como dormido y yo me dormí también. Cuando me desperté, ya no estaba allí».

«Me desperté y tenía su pierna izquierda sobre mí y una de sus manos metida en mis calzoncillos», relata

Ese relato corresponde a la primera ocasión en la que P. M. G. se habría introducido en su cama con presuntos propósitos sexuales. La segunda se habría dado un par de fines de semana más tarde, cuando el sospechoso se habría introducido de nuevo en su habitación y le habría dicho eso de «vamos a jugar; acuéstate». Los hechos que se desarrollaron presuntamente a partir de ese momento habrían sido casi idénticos, según el relato del menor.

El chico explicó al fiscal que se marchó del seminario y ya no regresó hasta pasados cinco años, en 2016, cuando P. M. G. ya no estaba allí. Sin embargo, relató que en 2013 recibió una llamada del seminarista para preguntarle cómo estaba. «Cuando le recordé los abusos sexuales, me dijo que solo era un juego, que no le diera importancia, y que sobre todo que no dijera nada a nadie, porque la cosa estaba muy mal», en referencia, presuntamente, a que estaban saliendo a la luz muchos casos de abusos en el seno de la Iglesia. «No llegó a amenazarme, pero yo no le conté a nadie lo ocurrido por vergüenza. Además, P. me caía bien y me trataba bien».

Igualmente, señaló que el sospechoso le pidió amistad por la red social Tuenti y que por esa vía le mandó una gran cantidad de mensajes.

«Había normas limitativas»

En su declaración ayer ante la Fiscalía, a la que acudió acompañado del letrado Raúl Pardo-Geijo Ruiz, P. M. P. negó toda veracidad a esa denuncia y explicó que los monitores del seminario tenían una estrictas «normas limitativas» a la hora de relacionarse con los alumnos, a los que no podían abrazar ni dedicar muestras de afecto. También sostuvo que no tenían acceso a la zona en la que dormían los niños, que los monitores dormían en la misma habitación y que no salían a hacer rondas a no ser que se produjera algún contratiempo.

El exseminarista, que trabajaba como profesor de religión hasta que el obispo le retiró la 'missio católica' a raíz de la denuncia, señaló que ni siquiera se acuerda de ese alumno y rechazó haberle telefoneado en alguna ocasión. Incluso apuntó a que la única motivación para acusarle debe ser la de «sacarme dinero».

El letrado Pardo-Geijo, con el que 'La Verdad' se puso ayer en contacto, insistió en el mismo argumento, achacando al denunciante «posibles razones crematísticas o de venganza, ya que mi cliente ha reconocido que en ocasiones se mostraba especialmente estricto a la hora de reprender a algunos de esos chicos». Tampoco descartó «actuar por denuncia falsa cuando todo este asunto quede aclarado».

El aparente silencio de la institución

En su denuncia, el menor que habría sufrido los abusos relata un hecho que resulta, cuando menos, preocupante. Asegura que a finales del curso 2017, le contó al rector de esa institución que había sufrido tocamientos por parte de un seminarista. «S. se mostró sorprendido y me remitió al director espiritual, el cual me dijo que los hechos eran graves y que había que tratarlos poco a poco». Seguidamente, el chico habría comenzado a hablar del asunto con el director del Seminario Menor, «aunque a ninguno le conté los detalles». No fue hasta pasados casi dos años, en marzo de 2019, cuando se lo volvió a comentar a un sacerdote y este ya le condujo hasta el vicario judicial para que prestara declaración. «Fue el primero que preguntó por los detalles», dijo.