El regreso de un pintor maldito

«Dicen que soy una leyenda», indica José Luis Cacho, uno de los artistas murcianos más admirados y singulares y que es objeto desde este jueves de una 'Retrospectiva' en el Mubam

ANTONIO ARCO
Foto: Martínez Bueso/
Foto: Martínez Bueso

La casa en la huerta de Murcia parece deshabitada, la vegetación que la rodea es salvaje, el sol ciega y atraviesa las paredes despojadas y los escasos viejos muebles. Hay una paz extraña, como de cueva de ermitaño, como de estudio sagrado y anclado en la más absoluta de las desnudeces, desprovisto de todo menos del misterio de la creación, que se siente en cuanto contemplas el único cuadro que allí habita: 'Autorretrato. El mirador de la Luna'. Allí vive y crea José Luis Cacho, pintor y escultor, distinto a todos, diferente a todo. Alejado de prisas y de convencionalismos, ya prácticamente invisible, atado a nada. Es culto, es inteligente, habla como desde el Más Allá, de donde viene y va. Corre el vino y hay belleza en las palabras con las que llena la casa de vida, palabras que celebran con humor la existencia y el arte. El 'perrucho' Cacho asiste a la conversación como uno más. Este jueves, en el Museo de Bellas Artes de Murcia (Mubam), se inaugura -tras largos años sin exponer- su esperada 'Retrospectiva': 78 piezas entre pinturas, esculturas y un tapiz. La exposición, que podrá visitarse hasta el 29 de septiembre y cuyo catálogo ha diseñado Germinal, está organizada por la Consejería de Cultura y Turismo, en colaboración con la Obra Social de Caja Mediterráneo; ha sido comisariada por José Belmonte y coordinada por Maravillas Pérez.

-¿Por qué le puso a su perro de nombre Cacho?

-Porque es de la familia. Y porque este perro es muy buena persona y me gusta que lleve mi apellido.

-¿Quién le hace compañía a quién?

-Él cuida más de mí que yo de él, pero no me lo tiene en cuenta. El 'perrucho' Cacho me habla a mí en cristiano y yo le respondo en la lengua de los perros, de manera que nos entendemos perfectamente.

-¿Nunca discuten?

-A mí no me gusta perder el tiempo, ni en discusiones tontas ni en nada inútil, como por ejemplo en empeñarte en que tú siempre llevas la razón, eres el más listo y sabes siempre lo que hay que hacer. Aunque a veces, para no echarme la bronca a mí mismo, se la echo al 'perrucho' Cacho y el pobre se queda callado, quieto, meditando muy seriamente sobre lo que le he dicho. Es un perro filósofo, tengo una suerte que no me merezco.

-Algo habrá que le eche usted en cara.

-¡Ah, sí! Hay algo que hace que no entiendo: ve pasar a un negro y se pone a ladrar como loco, no hay forma de callarlo. Yo le digo, 'Cacho, ¿qué haces?, pero si tú eres negro también'. Pero no le da la gana de explicarse.

-Dele usted tiempo, ya verá como se termina aclarando todo.

-No, si a mí paciencia no me falta; creo que tengo una paciencia casi infinita.

-¿Cómo lleva que se hable de usted como de una leyenda viva? Sabe que quienes le conocen le adoran.

-Me río, ¿se imagina que me lo tomara en serio y fuese por la calle poniendo cara de leyenda viva? Dicen de mí que soy una leyenda y también que soy un alquimista; y lo que es todavía más absurdo, dicen que soy una especie de sabio. ¡Pues sí que ha dado de sí mi mala cabeza!

-¿Quién es usted?

-Me lo tendrá que preguntar otro día, hoy no tengo ni la menor idea.

-Con vino o sin él, otros días vendrán, seguro. Tómese el tiempo que quiera.

-Es que no solo no sé quién soy, sino que ni me preocupo de saberlo. Y si alguna vez echo la vista atrás, que tampoco se me ocurre hacerlo, desde luego no es para dedicarme a descubrir quién soy. ¿Qué más da quién soy yo? No tengo ni idea de por qué, incluso, dicen también que estoy a punto de entrar en el Parnaso. ¿Yo en el Parnaso? Bueno, mientras corra el vino en el Parnaso.

-¿Alguna vez se le pasó por la cabeza perseguir la fama, el dinero, privilegios, poder...?

-¿Dinero, fama, poder? ¡No, no! Se ve que, por mi mala cabeza, todo eso no entraba en mi mala cabeza. Yo hago esto -[pintar, esculturas]- porque me gusta; bueno, y también porque si no te gusta estudiar ni trabajar, ¿qué vas a hacer? Pues meterte a artista: ¡a cantar, bailar, beber! [Risas.] No he perseguido nada, no me ha importado nada esa tontería de la fama, ni me he preocupado por el dinero, aunque vivo de mi trabajo desde hace muchísimos años. Eso no quiere decir que si tuviera más dinero por supuesto que disfrutaría gastándomelo con los amigos y con gente que lo necesitara más que yo; pero no tenerlo no me causa amargura.

-¿Qué pudo haber sido y no fue?

-Podría haber sido profesor en la Universidad de Burdeos, a la que llegué para hacer un lectorado tras acabar la carrera de Filosofía y Letras y en la que, se ve que quedaron contentos conmigo, me ofrecieron un buen contrato para que me quedase. Recuerdo que pagaban muy bien, y que pasé muy buenos fines de semana en Londres.

-¿Siempre quiso usted dedicarse a la pintura?

-Incluso creo que antes de 'siempre'. Empecé a pintar como casi todos los pintores, no tuve ninguna iluminación especial ni nada de eso: retraté a mi abuela y pinté los cacharros de cobre que teníamos en casa. Todavía no había visto esos cuadros maravillosos con bodegones de Velázquez, esas maravillas como 'El aguador de Sevilla'.

-¿Qué recuerda de sus primeros años en Barcarrota (Badajoz), antes de trasladarse con su padre y con su hermana a Mula?

-¡Su gran vocación marinera! ¡Barcarrota, la costa de la bellota! Fíjese que hay un sitio allí que se llama El Muelle, y dentro de El Muelle hay un bar que se llama El Puerto, donde yo iba con mi padre y sus amigos y empezó a despertarse en mí la afición por las tabernas. Pero hace mucho tiempo de aquello.

-¿Ha vivido como ha querido?

-Creo que sí. Yo no pienso hacer responsable a nadie de lo que he hecho o he dejado de hacer en la vida. Si acaso, solo haré responsable a mi mala cabeza. Pero, en fin, esa mala cabeza me ha llevado también a hacer, en la medida de lo posible, lo que quería.

-¿Y qué quería?

-Vivir y pintar. A veces he vivido para pintar, y otras he pintado para sobrevivir, como en París haciendo retratos rápidos en la calle. Hice lo que pude, pero en general estoy conforme con lo que ha ido saliendo de mi estudio y que ahora, después de muchos años, he vuelto a ver para esta exposición.

-¿Qué vio rarísimo?

-Siempre he sido muy curioso y me han interesado las cosas raras. Hay, por ejemplo, personas humanas que son auténticos animales; podría decir que son extraterrestres, pero no querría yo insultar a los extraterrestes no vaya a ser que alguno de ellos quiera comprarme un cuadro y se desanime. [Risas.] Y también hay animales que son muy humanos, como el 'perrucho' Cacho. Y personas que viven como vegetales; o peor: personas que viven como si estuvieran muertas. Pero, en general, yo he conocido a mucha gente que está muy bien y tengo la gran suerte de tener muy buenos amigos. Durante mucho tiempo fui muy tímido, pero poco a poco me fui abriendo y ahora soy bastante sociable y procuro que no me falte el sentido del humor, que es muy bueno para tener una visión más correcta de la vida y del mundo y para intentar ahuyentar las neurosis y cosas peores.

-¿Qué procuró siempre?

-Ser libre, y creo que en la medida en que eso se puede conseguir, porque hay cosas que no dependen de nosotros, lo soy. Me tocó vivir un tiempo en el que las libertades en España estaban constreñidas, y procuré hacer lo que pude solidariamente. Estuve en el Partido Comunista (PCE), incluso en su Comité Central; entonces, el PCE abanderaba la búsqueda de las libertades democráticas, y de ahí el gancho que tuvo. Eso tenía un gran atractivo para la gente que, como yo, procuraba vivir mejor y en libertad. Mire, si no eres libre económicamente difícilmente puedes tener acceso a otras libertades también muy fundamentales. De todos aquellos años me queda una visión de izquierdas, lógicamente, en el sentido de poner en cuestión las cosas y de que me importan mucho la solidaridad, la Justicia y la prosperidad para todos, no solo para unos cuantos. Muchas cosas de las que se dice que son de izquierdas, lo que son es de sentido común.

-¿Por qué se vino a vivir aquí? (Casi en mitad de la nada).

-Mi trabajo necesita soledad. Por eso me vine, porque en Murcia sacas un pie de tu casa y el otro ya está en la taberna. Quería estar tranquilo, porque se necesita mucha tranquilidad para poder concentrarte; si no estás concentrado la musa no viene, la musa se asusta y no aparece.

-¿Nunca se siente solo?

-Aunque parezca lo contrario, aquí no estoy solo nunca. Recibo visitas muy importantes, desde Velázquez hasta José María Párraga, e incluso nos reímos juntos; Velázquez, lo reconozco, me impone un poco más. Con Rembrandt también me he juntado mucho en algunas épocas de mi vida, y también me visita, aunque con menos frecuencia. Zurbarán es otro de los pintores que me viene mucho a la cabeza, pero tengo que reconocer que hace mucho tiempo que no viene por aquí. Y, bueno, tampoco me privo de la visita de alguna pintora que otra, aunque en este caso de carne y hueso.

Castigado

-¿De qué no se olvida usted cuando pinta?

-De que tengo que llevarme bien con los cuadros. Fíjese, por ejemplo, en el 'Autorretrato. El mirador de la Luna' que está ahí. Puede suceder que, si a lo mejor le dices una palabra más alta que otra, ya no se comunique contigo. Cuando eso ocurre, lo pongo mirando a la pared, castigado, y espero... Es el último cuadro que estoy pintando, y posiblemente sea el que cerrará la exposición. Es un autorretrato hecho de memoria. A veces, cuando se acaba la conversación entre nosotros porque ya no tenemos nada más que decirnos en ese momento, lo que hago es tomar distancia.

-¿Por qué de memoria?

-Porque yo no me miro al espejo, ¿para qué? No soy muy narciso, la verdad, aunque me he hecho algunos autorretratos mirándome al espejo. Como estoy convencido de que tengo cara de cabra y cuerpo de lagartija, pues no me apetece verme. A veces he visto en el espejo reflejada a una cabra y, hasta que no he caído en que se trataba de mí, he pasado un rato inquietante.

-¿Qué es el arte?

-El arte es una mujer a la que hay que estar queriendo continuamente, cuidándola, mimándola; y también es un método más, junto con la ciencia, la poesía y la filosofía, de conocimiento y de comunicación. ¿Qué le parece?

-Que es el momento de preguntarle si usted ha amado mucho.

-¡Ah, sí! La verdad es que no he tenido tantos amores como yo hubiese querido, pero han sido muchos y, claro, a veces un amor me ha costado el anterior. No todo se consigue en la vida, naturalmente. Y como no tengo conocimiento, cuanto más grandes -de tamaño- son las mujeres, más me enamoro. Más grandes que yo, por supuesto. Y no me lo explico, me pasa una y otra vez y no me lo explico.

-¿Arrastra en ese campo heridas abiertas?

-No, han sido muchas las satisfacciones, aunque me he llevado algún disgusto que otro. Pero yo de los disgustos me olvido y, además, tengo la suerte de no ser rencoroso. Ni siento rencor, ni siento envidia, ni mucho menos odio a nadie ni nada parecido. Y no sabe lo que me alegro, lo mucho que me alegro, porque todo eso me parece una enorme pérdida de tiempo.

-¿Qué le ha dejado una huella especial?

-Quizás lo que más huella me dejara, aunque tardé mucho tiempo en racionalizarlo, en darme cuenta de ello, fue la muerte de mi madre. A partir de ese momento, me aislé.

-¿A quién ha decepcionado?

-¡A mi tía Carmen, sin ninguna duda! Mi tía Carmen quería que yo fuese obispo de Badajoz. Quería vivir en el Palacio Episcopal y presumir de sobrino. Pero, claro, a mí me gustaba ir vestido de obispo, e incluso me parecía muy tentadora esa idea de poder llegar algún día a hacer el milagro de convertir el agua en vino, pero me faltaba la vocación.

-Qué disgusto para su tía.

-Más grande fue el que se llevó cuando se enteró de que yo era comunista; no paraba de rezar por mí. Por mi mala cabeza llegué a ser 'bolchevique', pero ahora me he hecho budista. Porque esos sí que son de verdad de los que dicen '¡aquí me las den todas!'. Haberme hecho budista me ayuda a estar tranquilo.

-De 'bolchevique' a budista, no se anda usted con medias tintas.

-Practico un budismo que, como bien ve, es compatible con el vino tinto y con otras cosas no muy budistas. Pero es que yo no quiero ser integrista en nada, tampoco en esto del budismo. Una de las grandes enseñanzas de Buda es que hay que despojarse de las pasiones, sentarse debajo de una higuera y ver pasar el mundo.

-¿Qué no tiene y se alegra?

-No tengo tormentos, solo algunas preocupaciones que tienen que ver con otras personas a las que quiero. De mí mismo no me preocupo, a mí mismo no me produzco daño. Estoy aquí sin molestar a nadie, trabajando en esta casa a la que yo llamo mi palacio, igual que a mi pequeño huertecillo lo llamo mi jardín. No necesito más. Veo a la gente sometida a un estrés y a una prisa tremenda que yo no tengo. Ya le decía antes que para pintar es necesario estar en paz, si no cómo te pones a hablar con un lienzo, un objeto inanimado que de pronto va cobrando vida y que dice: '¿Quién es éste? Vamos a conocerlo'. Y lo mismo pasa con mis esculturas y con mis proyectos de fuentes.

-¿Nunca pierde los nervios?

-Difícilmente, y si alguna vez me pongo nervioso, como resultado de alguna agresión dirigida a otro, procuro que no se me note, que la adrenalina no me desborde. Procuro tener la cabeza lúcida por si tengo que defender a alguien de un ataque o de una injusticia, o por si me atacan a mí.

-¿Cómo es posible que lleve más de veinte años sin exponer?

-Pues no sé cómo es posible. He estado retirado... aunque no he dejado de trabajar. Pero ahora se verá una muestra de lo que he hecho. Tengo fama de poco trabajador, pero porque he expuesto muy poco. He ido vendiendo y nunca me he preocupado de irme quedando con nada.

-¿Es usted más lento que Antonio López?

-No crea. Yo paso mucho tiempo mirando el lienzo para concentrarme y, en definitiva, para despertar la intuición, pero en mi caso el hecho mismo de pintar es muy rápido. Procuro hacerlo de forma intuitiva e incluso poniendo a pintar al subconsciente. Y lo hago así para que no se me note la mano, para que parezca que la pintura está hecha por casualidad, esas casualidades de Velázquez. Los budistas no tenemos prisa. [Risas.]

-¿Echa de menos los viajes?

-Ahora ya menos, pero he sido muy viajero. Recuerdo uno a la Unión Soviética que estuvo muy bien. Fui como comisario de una exposición de pintores en Moscú. El 'camarada Gorbachov' nos trató muy bien; nos alojábamos en unos hoteles de allí que daba gloria verlos. Por cierto que me llevé de subcomisarios a Rafael Rosillo y a José María Párraga. Rosillo se enamoró por completo de varias señoritas rusas, y Párraga quería quedarse a vivir allí para siempre. Recuerdo que a él y a mí nos llevaron a visitar, sin hacer cola, el mausoleo de Lenin en la Plaza Roja de Moscú. Una vez en la cripta, donde parecía dormido este personaje, a Párraga no se le ocurrió otra cosa que arrodillarse y santiguarse, con gran alarma de los cuatro guardias, uno en cada esquina, de más de dos metros cada uno. Al final, todo quedó en un malentendido, debidamente aclarado por Irina, nuestra intérprete, bella e inteligente, que era profesora de Matemáticas en la Universidad de Moscú, y hablaba español, sin acento cubano, mejor que nosotros. 'Spasiva Vladimir Ilich Ulianov', añadí yo para mis adentros. En otra ocasión, en la época de los viajes a la India, hacia allí me dirigí en compañía de una novia inglesa que era judía, con la que se frustró el amor porque a mí se me ocurrió defender a los palestinos. Nos tomamos el viaje a la India con calma, y empezamos por visitar Grecia. Precisamente, me encontré con Pedro Cano en un barco que iba de Santorini a Creta. Nos dijimos: '¡Coño, Perico!', '¡coño, Cacho!'.

-Desde luego, una conversación memorable.

-[Risas.] ¡Enseguida nos fuimos al bar a celebrarlo!

-¿Llegaron a la India o no?

-Pues no, tuvimos algún problema en Turquía y en Siria y, finalmente, nos instalamos en alguna isla griega a leer a Píndaro.

-¿Dónde fue feliz?

-¡En la gran piscina! Durante esos nueve meses que pasé allí, dentro de mi madre, tan a gusto. Estás allí, tan tranquilo en el vientre materno, en aquellos baños de Mula tan maravillosos, y de pronto, sin que nadie te pida permiso, de una manera traumática vienes al mundo. Y lo primero que hacen, cuando llegas, es darte un azote para que llores y expulses secreciones y de todo.

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