La cascada de plata

El arroyo de Hondares guarda rincones mágicos, accesibles solo por remotos caminos de piedra

PEPA GARCÍA. FOTOS: GUILLERMO CARRIÓN
La cascada de plata

Alos pies de los calares de la Cueva de la Capilla, un vertiginoso y vertical cortado de calizas que a primera vista parece insalvable, se extiende una altiplanicie (a más de 1.000 metros de altitud) surcada por multitud de arroyos que se juntan para alimentar al de Hondares, un afluente del río Alhárabe, que habita en un paisaje plagado de sorpresas.

La ruta comienza en las Casicas del Portal, una diminuta aldea situada en la carretera que une Zaén y Benizar y que es un balcón a uno de los espectaculares barrancos que alberga el término municipal de Moratalla. De la mano del montañero Ángel Ortiz, accedemos a este paraje privilegiado. Lugar de Interés Comunitario (LIC) y Zona de Especial Protección para las Aves (ZEPA), está sembrado de testigos de sus remotos habitantes humanos, que aprovecharon todos los recursos de la zona para establecerse y sobrevivir, y también de huellas geológicas que hablan de los procesos que, bajo la presión del agua, han transformado estas fértiles y frescas tierras desde hace millones de años.

Hay que salir desde las Casicas del Portal por la carretera, en dirección a Benizar, hasta que se llega al cruce con la de la aldea de Charán; unas decenas de metros más adelante, en el cambio de rasante, debe girar noventa grados y dirigirse, dejando a la espalda la molata y junto a la señal de coto de caza, en dirección al poste de tendido eléctrico que verá al frente por un milenario camino empedrado. En algunos tramos, este itinerario se pierde, pero lo encontrará unos metros más a la derecha del tendido.

Pastores y rebaños

Este singular camino ha servido desde los primeros pobladores para unir la Molata de Charán y su aldea, el Rincón de los Huertos, Zaén y todo el Campo de San Juan en general con Moratalla. Un itinerario recorrido por pastores y rebaños y por los habitantes de la zona con sus animales de carga, aprovechando el valle que fue horadando en el terreno el curso de agua que hoy es el arroyo de Hondares.

Para encontrar la vía de descenso hay que llegar hasta el borde del cortado. Deténgase allí a observar el paisaje, con los calares de la Cueva de la Capilla quebrando el horizonte y el puntiagudo Pajarón al fondo si mira a su derecha, y el impresionante perfil del barranco de Hondares mirando a la izquierda. La panorámica corta la respiración y te hace consciente de la pequeñez del ser humano ante esas mastodónticas paredes y ese profundo barranco.

Deje el valle a la derecha y siga por el borde del cortado (sin aproximarse demasiado al precipicio) y hasta encontrar un mojón que le señala el inicio del camino de descenso. Una perfecta calzada que marca una pequeña y redonda sabina. Cuenta Ángel Ortiz, responsable de Chorten Rutas, que se conoce como El Pollato, un camino zigzagueante muy bien conservado en su comienzo (no tanto al final) que salva el vertiginoso desnivel del cortado hasta un redil construido a su amparo. Un poco más adelante, las paredes dejan ver la huella de las surgencias de agua que alimentan uno de los arroyuelos que vierte al de Hondares. Justo ahí, la vegetación cambia dando paso a los juncos, que señalan el itinerario del cantarín curso de agua. Por la margen derecha del arroyuelo, verá un camino al frente. Debe tomarlo para poder llegar hasta la Poza de las Tortugas.

Pegado a tierras aterrazadas de cultivo primero e internándose luego en un bosque de pinos adultos con coscoja, enebro, sabinas, tomillares, romeros, jaras y ajedreas en el nutrido sotobosque, debe seguir la pista de tierra (en la primera y segunda bifurcación coja la de la izquierda) para descender hasta la Poza de las Tortugas sin pérdida (encontará un cruce de caminos más y debe seguir recto, por el de la derecha, mirando de frente al dedo junto al que discurre el camino de ascenso, El Toril, último tramo de esta ruta).

Ombligos de Venus

Entonces se estrecha la pista, se transforma en senda, penetra en una zona de bosque más densa y se acerca rápido a la cascada plateada que alimenta la encantadora y delicada charca. Una interminable cortina que ha transformado el relieve de la poza, construido colmillos travertínicos en su fondo y alimentado las comunidades de líquenes y musgos que la pintan con su color verde.

De vuelta al sendero, por algunos tramos de la umbría todavía puede encontrar tímidas manchas de nieve, los ombligos de Venus colonizan los huecos de las rocas, y la tierra, húmeda, se hace resbaladiza. El sendero comienza a ascender y a unos pocos cientos de metros (a la altura de un mojón medio derruido, a la derecha) hay que dirigirse hacia la pared para subir por una fractura de la roca hasta la repisa bajo la que nace la cascada. Un desfiladero profundo que, una vez arriba, puede explorar hasta el fondo. Si continúa subiendo, pegado al arroyo y por su margen izquierda y, si camina en silencio, durante el trayecto escuchará cantar a las ranas o verán unas perdices emprender su escandaloso vuelo cuando le sientan cerca. Ya a un tiro de piedra del cortijo de Hondares de Abajo, crucen el arroyo para subir, atravesando junto al abandonado edificio, hasta un ancho camino que debe seguir hacia la derecha.

Ahora el objetivo es encontrar El Toril y la referencia es el dedo calizo que hay junto a la pared, como una especie de totem gigante y coronado por una cabeza. Por el camino, tras una curva pronunciada y una pequeña rampa, debe salirse del camino hacia las paredes, siguiendo los senderos dibujados por las cabras monteses y el ganado que pasta en este paraíso particular. Luego, por el diluido firme empedrado, debe continuar pegado a la base del muro de piedra y dejándolo a su derecha, llegar, calzada arriba, hasta el lugar donde comenzó la ruta: las tierras aledañas a las Casicas del Portal.

Para regresar, hágalo por Benizar. Allí podrá comer, antes de dar por finalizada esta sorprendente aventura.