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NI HUERTA NI CANTÓN

16.07.09 -

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Me blogueo
FOTOLIA
Lo he intentado, pero me blogueo, me quedo ciberparalizado, se me escurren las ideas, se me enredan los argumentos. No hay nada que hacer. Me blogueo. Es la artrosis temporal del cibernauta, me explican. No me convence mucho la explicación. Lo vuelvo a intentar. El mundo está repleto de blogs, pero yo no puedo. Algo no funciona correctamente, algún mecanismo se ha averiado, ¿será ciberpudor? Nunca la gente ha escrito tanto... sobre literatura, perros, armadillos, trasvases, asesinatos, macramé, películas de plastilina, la cría de chinchillas a domicilio y hotel, gastronomía alternativa, pilates, música sincopada, sexo tántrico, sexo digital, sexo sin fronteras, alienígenas sin fronteras... Ese es el problema, ¿sobre qué escribir?
El personal escribe sobre sus musarañas (lo siento por los perros, pero la musaraña ha sido, es y será siempre el mejor amigo del hombre; se han encontrado musarañas gigantes en Atapuerca) personales y con ellas va tejiendo enredos e hilando experiencias que narra como si fueran hitos históricos y memorables momentos y quizá lo sean. El personal incluso se wikipersonaliza. Y yo no puedo. Me emboto, me achato, me aplano, me blogueo. Miedo al ciberescenario, me explican. Hay terapias, me aconsejan; busca en un blog especializado soluciones, me sugieren.
Lo vuelvo a intentar y los dedos se me hacen huéspedes -que es una frase que siempre he querido escribir y nunca he tenido oportunidad para hacerlo (quizá ahora tampoco, pero no importa)-. Recorro la bloguería y descubro que hay muchos blogs fallecidos, abandonados como perros estivales en las autopistas de la comunicación; cadáveres y cadáveres de blog que han muerto jóvenes y no son especialmente bellos, aunque quizá lo fueran un día. Sus dueños se han aburrido de ellos. Un ciberfrío me recorre la espina dorsal. Es el ciberdestino, me explican como si no me hubiese enterado de los rudimentos básicos de la cibervida y la cibermuerte. Eso aún me bloguea más.
Los blogs son como tamagotchis que hay que alimentar con palabras, día sí y noche también, para que crezcan y críen. Así que me voy a comprar un tamagotchi. Por algo hay que empezar. Me explica el de la tienda que los tamagotchis murieron hace mucho tiempo. Me blogueo de nuevo.
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