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Crónica de urgencia desde el Pabellón de la Urgencia de la Región de Murcia en la Bienal de Venecia
08.06.09 -

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Tania Bruguera y su Autosabotaje están en una Venecia de impactos artísticos. Continuos impactos en todas direcciones. Mucho que ver, mucho que andar, mucho de lo que asombrarse -también mucho de tedio en algunos rincones- y muchas ganas de cruzar fronteras. Horas antes de la performance de Tania Bruguera en el Pabellón de la Urgencia de la Región de Murcia, una artista sueca, Jan Halstrum, había protagonizado otra acción en uno de los pabellones del Arsenal. Un cortejo fúnebre de cuatro nazarenos de negro, una odalisca con movimientos de cyborg y un ataúd en el que era arrastrada la artista portando unos platos. En el momento que llegan a una plataforma negra repleta de añicos de platos comienza un baile delirante, dulce en ocasiones, epiléptico en otras, los platos se van rompiendo, ella está a punto de llorar, se arrastra entre los trozos de vajilla blanca, intenta escribir algo en el suelo, se revuelca, rompe más platos, se queda dormida, con heridas en las piernas, en una cama de platos rotos. La sensación que tiene el espectador es de impotencia, de ese desconsuelo que se llama angustia.
Cerca están los enormes espejos rotos con marcos dorados de Pistoletto. Espejos rotos quiere decir espejos rotos, ficciones rotas, realidades quebradas. Más allá hay una especie de poblado africano con un supuesto nido de termitas y un basurero. Hay un dirigible encallado en uno de los pasillos del Arsenal, Richard Westworth, de Oceanía, muestra una muy sobria instalación realizada con bastones; en el Pabellón de Hong Kong se expone un círculo de monedas en el suelo y ropa tendida de los vecinos -que no es una instalación sino ropa al sol-, además de un espacio repleto de bolsas transparentes llenas de aire. Unos metros antes un muñeco vestido de albañil está tirado en el suelo y, de cuando en vez, hay quien se acerca para ver si le pasa algo.
Islandia está en un hermoso palacio junto al Gran Canal, cerca del puente Rialto. Dentro hay un artista con su estudio de artista, su joven modelo, que lee tranquilamente el periódico en batín azul, botellas de cerveza vacías, tubos de pintura abiertos, un tocadiscos en el que sueña un vinilo de Nico y multitud de lienzos en blanco. Hoy el artista no parece muy inspirado. Uno puede saludar al artista e incluso tocarle. La propuesta es de Ragnar Kjartansson, que se define como «un romántico incurable». Todo ello bajo el título de The End. ¿Ha muerto el arte, ha muerto la pintura? De momento, Kjartansson se pasará seis meses allí pintando a su modelo -guapo modelo, todo hay que decirlo- y dice que ese pabellón-palacio-estudio es «un faro en el fin del mundo».
En pabellón de Singapur está en un antiguo cine que conserva aún rótulos y taquilla. Muestra vídeos de actores maquillados hasta el relieve y grandes cartelones de películas asiáticas sobre mujeres que sueñan con ser blancas algún día.
Salir corriendo
Impactante es la propuesta de Jean Fabre, From the feet to the brain, muy cerca del Pabellón de Murcia. Realmente inquietante. A una de las instalaciones se entra por un calurosísimo pasillo. En una habitación hay frascos con cerebros de diferentes tamaños, en la siguiente unas bañeras negras, en la última a la que uno sólo puede asomarse por una puerta entreabierta, se vislumbra un verdadero arsenal y más frascos con cerebros; mejor salir de allí cuanto antes. Otra de las piezas está formada por más de un centenar de lápidas derrumbadas con sus respectivas inscripciones y fechas de nacimiento y muerte. Un ser, vestido, desbraguetado y en plena erección, yace sobre ellas. Una colosal pieza es un hombre que desentierra una inmensa cabeza humana: tendones. Escarba en los tendones.
Por las calles de Venecia uno se puede topar con pequeños carteles: Necrophobia, Noeophobia, Androphobia, Clasytophobia, Paraskavedekatriaphobia (que por si no lo sabe es miedo al viernes 13), que son -hasta 74 diferentes clases de miedo- otra curiosa aportación al paisaje de encrucijadas y recovecos venecianos del Pabellón de Murcia. Marruecos está en una iglesia. Junto a los angelotes dorados hay unos lienzos de hombres y mujeres en peculiares posturas. El país, el lugar, la temática... realmente osado.
Y más, mucho más. 77 países y más de un centenar de artistas. Todo ello bajo el epígrafe de Making worlds -Haciendo Mundos-. Fare Mondi. Extraños muchos, seductores mundos. Esto acaba de empezar. La más inverosímil de las ciudades, dijo de ella Thomas Mann. Lo pintoresco, esa palabra saltimbanqui parece creada especialmente para este lugar. Una ciudad inverosímilmente limpia. Todas las ciudades con mar respiran, jadean, bostezan. Venecia además tose. Yo, al menos, de noche, la he escuchado toser.
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