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Magistral, de inspiración, rotunda y redonda, tal vez la mejor del largo historial del torero de Alicante
06.06.09 -

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La despedida de Esplá fue épica. Por todo. Por su carga y su rito ceremoniales: una ovación crujida al verlo asomar maravillosamente bien vestido de bermellón o carmín, soberbios los golpes macizos de oro en hombreras, pechera, espalda, bocamangas y machos; todavía más rota la ovación al final del paseo, y tanto que no pudo resistirse Esplá a salir para corresponder, y sacar de paso con él a Morante, que, destocado, se sumó al coro de palmas de ley.
Por la ceremonia, primero; por las circunstancias enseguida y también: una tarde de enredadísimo viento que sólo vino a aplacarse a capricho durante la lidia del cuarto de corrida, el último que iba a matar Esplá en sus casi cien tardes de toros en Madrid. Con éste sumaba su octogésima octava salida. Ochenta y ocho. Una cifra memorable. Y épica, en fin, porque la última faena fue seguramente la mejor de las muchas buenas que en tantas tardes haya firmado en Madrid de su mano, su música y su letra al cabo de casi treinta años.
La más redonda y lograda, la más inspirada pero la más sencilla también, la más cabal, sutil, medida y completa. A un toro Beato extraordinario, de Victoriano del Río, para el que el propio Esplá pidió sin celos ni impostura la vuelta al ruedo. Y que se arrastró sin orejas y en medio de un clamor descomunal. El mismo con que se estuvo subrayando la faena entera de Esplá, que fue un hilo seguido de toreo mayor. No sólo del llamado de repertorio, cuyo dominio tan bien interpretado ha hecho de Esplá un singular torero tan distinto, y tan capítulo aparte; sino del que vino a ser en su día la clave y el fondo inexcusables de los repertorios: el toreo encajado y firme, de mano baja, ligado, ajustado, ceñido, bien rematado, grácil y grave, en función del toro y no impuesto a él.
La faena, decantada por sí sola, fluyó sin pausas ni dudas. Una apertura de rabioso y rancio clasicismo: tres pases por alto agarrado Esplá a la barrera y otros tres ya fuera de ella porque el toro se le había estrellado, y asustado, y convino tirar de él al tercio y afuera, y resolver ese tanteo tan de trompeta con un cambio de mano por detrás y al paso del todo genial porque no lo abrochó Esplá con el de pecho convencional sino con un mero irse.
En la segunda raya, donde más al abrigo del viento se sintió, Esplá siguió con tres tandas en redondo, igual de abundantes las tres, de llegar hasta el quinto muletazo ligado sin perder pasos; igual de embraguetadas, enganchadas por delante, rematadas por abajo en toques tan certeros como los de los enganches y abrochadas según quiso y dispuso Esplá: o con el de pecho, o con un simple cambio de mano con desplante o cortando tanda sin más.
El chorro fue espléndido, el toro agradeció el ritmo y el trato, no contó que algún muletazo se saldara con enganchón porque vino toreado el toro siempre, ganado por la mano. En pleno clamor se sentía a Esplá respirar por la obra, tan de maestro. Faltaba como prueba de fuego la tanda con la izquierda, que se debía, y llegó: cinco a puro pelo, de soberbia desnudez, ligazón insuperable. Se dejó ir Esplá.
En pie
La gente se puso de pie, se entonó el coro mexicano del «¡Torero, torero¡» y, en fin, dueño del circo todo y de la escena entera, rebosante de ilusión, Esplá cuadró al toro y buscó un ataque de largo, en la suerte contraria pero dando al toro salida a toriles, para provocar la estocada al encuentro o recibiendo. Fue más lo primero que lo segundo. Cayó tendida y trasera la espada, por bravo no rodó el toro, sino que tomó la ruta de los medios cuesta arriba y, cuesta abajo, las de las tablas de sol, donde Esplá tuvo que descabellar. Se vino abajo la plaza al caer el toro.
Dos orejas, casi el rabo. Era indescriptible el gesto de felicidad de Esplá durante la vuelta al ruedo, que acabaron siendo dos por plebiscito popular. Sombreros, prendas, flores, cigarros. Como en los días de oro.
Antes de la faena, Esplá había lidiado con cabeza el toro y, en detalle grande, lo había quitado él mismo del caballo tras la segunda vara, y lo sacó toreando. Y detalle generoso: a ese toro le puso tres pares de banderillas de mucho poder porque el toro apretó de bravo, y entró por los dos pitones. Y hasta cambiando el viaje antes de embroque como en los días recientes aún en que Esplá era un banderillero de piernas como de atlante. Fue su día. Por todo eso y más: por llevarle el toro y el lote, aunque el viento no dejó confiarse con el noble primero, que se iba al suelo en los viajes de vuelta, pero en claudicaciones menores de toro entregado.
Morante le brindó a Esplá el quinto de la tarde con sencillez precisamente. Y cariñosamente. Pero Morante se llevó el lote endiablado de la tarde y, pese a su firmeza en el quinto toro, no pudo ser el Morante que quería ver la gente. Castella estuvo hecho un jabato formidable.
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